XXIII
La mar estaba tranquila y la felicidad acompañaba a los muchachos como si se tratara de un pasajero más a bordo de la embarcación hinchable.
Habían conseguido alquilar dos trajes isotérmicos de submarinismo y botellas de aire comprimido en la misma tienda que les proporcionaron la barca. Fue divertido contemplar los apuros que pasó Miles probándose los trajes de neopreno, pues jamás antes había tenido ocasión de enfundarse uno, ya que todas sus experiencias sobre el tema se limitaban a su participación en un cursillo acelerado en una piscina climatizada de la ciudad, y allí, claro, no era necesario llevar ningún traje especial. Además ya hacía de aquello bastantes años y los parcos conocimientos que adquirió en aquella ocasión ya habían caído en la sima del olvido, aquel lugar donde se acostumbra a arrojar todas aquellas experiencias vitales a las que no se las vislumbra una inmediata utilidad.
Pero, allí estaba Tuba para ponerle al corriente con presteza, paciencia y animosidad, y, sobre todo, con extrema prudencia, para no herir la susceptibilidad de Miles, quien juraba y perjuraba que se encontraba al cabo de la calle sobre todo lo relacionado con el tema, y antes de dar su brazo a torcer en aquella cuestión hubiera sido capaz de consentir que se lo arrebatara un jaquetón. Quien no haya sido una mujer enamorada no será capaz de saber hasta qué punto se puede ser capaz de seguirle la corriente en todo al objeto de tus sueños.
Xana y Max se divertían a conciencia con las espontáneas escena cómicas que les iban representando sus dos compañeros, pero procurando exteriorizar lo menos posible sus jocosas sensaciones, tanto por respeto a la fraternal amistad que les unía con ellos como por no alterar tan hilarante situación. Los dos metros cuadrados de la nave se deslizaban suavemente sobre las olas conducidos por la mano firme de Max, que se había hecho cargo del timón. Tuba y Miles se habían dejado puestos los trajes de neopreno y Xana lucía un pequeño bikini blanco. En el fondo de la barca reposaban las amarillas botellas de aire comprimido, los dos pares de aletas, el resto de los utensilios subacuáticos y una cesta repleta de comida y bebida que les había preparado la Abuela, pues la anciana no podía soportar que que la gente se dispusiera a emprender aventuras, por muy triviales que éstas fueran, sin ir bien provistos de de una abundante reserva de vituallas a las que poder recurrir si los avatares del incierto destino lo hacían necesario.
- Nadie sabe lo que puede acaecer cuando se va por despoblado -les había advertido la prudente mujer-, y se tengan buenas o malas venturas siempre es mejor ir bien provistos de alimentos con que llenar la andorga, bien sea para soportar loa inclemencias adversas u, óptimo, para disfrutar de los escasos momentos agradables que de cuando en cuando nos depara la existencia.
Ninguno había sido capaz de replicar tan correctos razonamientos y cargaron con la cesta, del mismo modo que otra de similares hechuras y contenido tenían que soportar los nervudos hombros de Diego. Lo que le causaba no poca fatiga en la continua y prolongada ascensión al peñón, aunque caminaba dichoso al comprobar que doña Lola y Mairim habían conseguido forjar entre ellas una buena relación y disfrutaban de un paseo sazonado por las inocentes preguntas y locuciones de la niña y las grandilocuentes frivolidades con que le respondía la mujer. Mimi troteaba detrás de ellos entreteniéndose en olisquear alguna rama caída o perseguir a una revoloteante mariposa. Para la perrilla urbana cualquier cosa constituía una novedad, y a veces era necesario que doña Lola la llamase si notaba que se quedaba demasiado rezagada. El incesante cri-cri de los grillos era la música de fondo que les acompañaba en el paseo.
Los flancos del sendero estaban poblados por robles y acebuches, que filtraban con sus tupidas ramas llenas de pequeñas hojas el paso de los ardientes rayos del astro rey, que en aquellas primeras horas de la tarde se comportaba con un rigor propio de dictador absolutista más que como monarca constitucional. A pesar de todo, el calor era soportable, y la alegría se imponía en el estado de ánimo de los caminantes a cualquier atisbo de agotamiento que pudiera haberles traído la empinada cuesta a su conciencia o a sus pulmones. Contribuí no poco a mantener este estado eufórico la pureza del aire, muy rico en oxígeno a aquellas alturas. Para doña Lola, que seguro que tenía sus alveolos pulmonares tan ennegrecidos por el humo y la contaminación atmosférica como los de cualquier habitante de una populosa ciudad, respirar aquel céfiro era inhalar un tónico depurador y reconfortante.
Más arriba desaparecieron los árboles de las lindes del sendero, y tan sólo altos brezos y jaras de blanca flor flanqueaban su camino. Algunos amarillos jaramagos y esparragueras crecían sobre los ribazos, y Mairim se entretenía en recoger las pequeñas florecillas y entregárselas a doña Lola, que iba haciendo un bello ramillete con ellas. Después llegaron hasta un terreno rocoso en el que desaparecía el camino y la ascensión se hizo más lenta y laboriosa, pues había que ir rodeando las grandes peñas graníticas que, como inmensos gigantes mudos y caídos, se oponían a su paso. Y la señora tuvo que coger en brazos a Mimi, pues sus delicadas patitas no estaban preparadas para la aspereza y los desniveles de aquel suelo, y al poco comenzó a cansarse de subir tanta cuesta y dar tantos rodeos, pero Diego consiguió levantar su ánimo con la promesa de la inminente llegada al destino. La mar se divisaba en la lejanía, casi sólo en la línea donde el horizonte separaba los dos distintos tonos de azul. Una suave brisa salina les refrescaba el rostro y obligaba a doña Lola a llevar de continuo una mano puesta en la cabeza para impedir que se le volara el amplio sombrero de raso blanco con que se cubría de los rayos del sol.
Al contornear un gran peñasco aparecieron tanto a su frente como a izquierda y derecha profundos acantiladas que les cerraban el paso. Pero no era necesario proseguir más adelante, puesto que ya habían coronado el peñón y allí podrían disfrutar ya a sus anchas del majestuoso panorama que se ofrecía a su mirada. El inmenso mar, adornado con las velas de pequeñas embarcaciones que semejaban sueltas pinceladas de color sobre un uniforme fondo de azul ultramar, la embravecida espuma rebotando contra y sobre los abruptos farallones, la pintoresca ubicación de alguna de las rocas, que parecían apoyarse tan sólo en un ápice y que se iban a poner a rodar de un momento a otro.
- ¡Mirad! -señaló Mairim-, allá abajo esta la lancha.
- Era de esperar que consiguieran llegar hasta aquí mucho antes que nosotros, y además sin ninguna fatiga, dejando todo el trabajo al motor de gasolina -afirmó Diego, empleando un tono que contenía un cierto reproche dirigido contra doña Lola.
- Pero con mucho mayor riesgo -repuso la dama, entendiendo el sentido de la frase-: una gran ola que vuelca la frágil embarcación, un temporal que aparece de improviso…
- Bien, bien, no siga usted, por favor, no es necesario que se ponga a enumerar todas las posibles catástrofes habidas y por haber -la interrumpió el pintor-. Sopla una ligera brisa y en el firmamento no se vislumbra ni una sola nube.
Los tres miraron hacia el firmamento para constatar la veracidad de la afirmación de Diego. Y, en efecto, era todo un continuo y límpido azul. Sólo la aguda mirada de la niña fue capaz de descubrir una mancha que desde el horizonte se desplazaba hacia la isla.
-¡Mirad, parece un pájaro de fuego! - exclamó Mairim, señalando hacia un punto distante.
Diego concentró su vista hacia donde indicaba la niña y, al fin, pudo percibirlo.
- Sin duda se trata del hidroavión de nuestra amiga Vanesa, nuestra particular “mensajera de los dioses”, es la hora a que nos suele traer el correo -explicó Diego -, y cuanto más se vaya acercando más se parecerá al pájaro de fuego que mencionaste, porque yo mismo lo pinté en colores claros y brillantes por si algún día se veía obligada a hacer un amerizaje forzoso fuera más fácil encontrar el aparato.
- Parece que le une una buena relación con la piloto -dijo doña Lola con una cierta sorna.
- Es una señora muy buena y, a veces, además de las cartas a papá, me trae regalos -medió Mairim en la conversación.
- Es nuestro nexo de unión inmediato con el continente, llega por las tardes con la correspondencia que nos viene, y parte por las mañanas para realizar la operación recíproca… y es una mujer muy bella y afable, ya habrá ocasión de presentársela.
- Y no sería de extrañar que usted haya llegado a ciertas intimidades con ella…
Sin que hubiera lugar a más explicaciones por parte de Diego, la niña se desentendió del avión y, al poner su atención sobre el esquife, apreció:
- Solo se ven dos cuerpos sobre la barca.
- Serán Xana y Max, sin duda, los otros dos ya se habrán sumergido -evaluó Diego, variando también el centro de su discurso.
- Ellos no nos han visto todavía, ¿por qué no le hacemos señales para que noten que ya llegamos hasta aquí? -también cambió el tema doña Lola, y se puso a agitar su blanca pamela.
- Con ese procedimiento pueden pasar horas antes de que se aperciban de nuestra presencia, lo mejor será lanzarles algunas piedrecillas para que al percibir el chapoteo levanten la cabeza -sugirió Diego mientras se agachaba a recoger algunos pequeños guijarros, y Mimi se ponía a ladrar con alborozo.

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