XL
La mañana discurría plácida a la sombra de las frescas vegetaciones que cubrían los farallones del patio interior de la mansión, estaban sentados alrededor de la mesa de roble reposando el desayuno, y comentando sobre las posibles actividades en que podían entretener el resto de la jornada, cuando el hidroavión pilotado por Vanesa, rumbo al continente, sobrevoló sus cabezas, haciéndoles recordar a la singular pareja, que les había visitado días antes.
- ¿Supongo que eso de que las conociste en Samarkanda sería fruto del estado febril en que todavía te encontrabas? -preguntó Max, sin necesidad de tener que decir a quien se refería.
- Para nada, aunque todavía estaba un poco delirante en aquellos momentos recuerdo perfectamente su visita y la corta conversación que mantuvimos…
- ¡Samarkanda está muy lejos de casi todo, en sus tiempos fue el centro neurálgico de la “ruta de la seda”! -exclamó Tuba, un poco desconcertada.
- ¿Qué hacías tú por allá? -preguntó Miles siguiendo el hilo del asombro de la muchacha.
- Fue a causa de toda una serie de circunstancias, y como creo que también os prometí que os contaría esa aventura… si no tenéis nada mejor que hacer en estos momentos os la relato, y así también tendréis una más cumplida información sobre el carácter de mis amigas.
-¡Somos todo oídos! -canturreó Xana, poniendo los codos sobre la mesa y adoptando una actitud expectante.
- Hoy no estoy para cuentos -comentó doña Lola-, y la Abuela me dijo que me enseñaría a hacer el cocido en una modalidad que denominan “madrileña”, así que me voy a ayudarla en las tareas domésticas… -y sin mayores despedidas abandonó el patio.
- Me ha sonado a disculpa demasiado traída por los pelos -dijo Xana, una vez que hubo salido su madre-, pero ¡allá ella y lo que os traéis entre los dos!
- Debe estar molesta por algo -se le ocurrió decir a Diego, y se encogió de hombros.
- Esperamos tu relato -dijo Max palmeándole con cariño en un hombro y sentándose al lado del artista.
- Como os decía, fueron toda una serie de circunstancias las que me llevaron hasta Samarkanda y a conocer a Nadia, pues entable relación con ella antes de que Vanesa nos salvara la vida a los dos… Y comenzó su relato:
“Fui a Moscú contratado para pintar unos murales en el Metropolitano, que como todo el mundo sabe es uno de los más hermosos del mundo, pues está decorado con piezas sacadas de los palacios por la Revolución y conjuntadas con obras de arte modernas. Alejandro, el hermano de Nadia, era el encargado de asistir y servir de Cicerone a los artistas llegados de lejos.
Me pareció una ciudad muy interesante, unas veces en grupo, y otras sólo acompañado por Alex, recorrimos lo más notorio y notable de la ciudad, y, por supuesto que no faltó degustar un delicioso chocolate en el café Pushkin, cerca de la Plaza Roja, popularizado internacionalmente por Gilbert Bécaud en su canción Nathalie. Para resumir, que intimamos bastante y compartimos algunas confidencias.
Alex descendía de una familia que había pertenecido a la aristocracia zarista, pero en una línea más bien emprendedora y liberal, a la manera de León Tolstoi, y, desde tiempos que se perdían en la memoria, dirigían la fábrica de papel de Samarkanda, la primera fábrica de papel que se había creado fuera de la frontera China, allá por la Edad Media. De alguna manera era fácil intuir que su presencia en la capital, amparada por su amplio conocimiento de las más diversas lenguas, era una forma de estar cerca de los centros de poder para proteger los propios intereses. La empresa la dirigía en aquellos momentos, en una forma un tanto peculiar, pues era también autogestionada por los propios trabajadores, su hermana Nadia, y se quedó corto en los elogios que prodigó sobre su belleza, aunque en un principio pensé que su cariño fraterno le hacía exagerar, pues ya habéis tenido ocasión de conocerla.
El caso es que, como en todo estado regido por la burocracia las decisiones se alargan hasta términos insospechados, no acaban nunca de asignarme la bóveda donde debía pintar mi mural, y aproveché la invitación de Alex, que debía ayudar a su hermana en unas gestiones, para acompañarle, conocer la mítica ciudad, y de paso a Nadia…
…Gracias a la avioneta de Vanesa, y a su pericia como piloto, no sin muchas vicisitudes, sobrevolando el Himalaya, conseguimos llegar a La India, y ponernos a salvo los tres. De Alex no volvimos a tener noticia alguna, pero es seguro que en su amplio repertorio de recursos consiguiera salvarse y cambiar de personalidad, y no sería de extrañar que en un momento dado apareciera por la isla a visitarnos, la esperanza es lo último que se pierde.”

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