viernes, 23 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XLIII


XLIII

         En esto, la niña entretenida en su recolección de flores y los adultos en su amena conversación, no se habían dado cuenta de que habían llegado casi al final de su camino. Se encontraban frente a la explanada en donde se estaba llevando a cabo la construcción del aeropuerto y podían contemplar ya como las máquinas y los hombres se afanaban en su labor.
         Aquello semejaba un activo hormiguero en el que cada individuo seguía unos recorridos incomprensibles para quien observara su trabajo desde fuera, pero los esfuerzos y movimientos de todos y cada uno de los elementos, excavadoras, camiones y operarios, estaban medidos e interrelacionados en vías al logro de la mayor efectividad en el proyecto común.
         Mairim corrió con alegría hacia la orilla del mar, acompañada por los ladridos de Felipe el Cuarto, pues vio como se acercaba una barca y la niña pensó que sería la que pilotaba su amigo Max.
         Más lejos se podían apreciar, cercana a la línea del horizonte, toda una flotilla de grandes barcos que también enfilaban sus proas hacia aquella zona.
         Alberto y Diego se dirigieron hacia un grupo de ingenieros, que elucubraban sobre unos grandes planos situados sobre una mesa plegable. Fueron acogidos con mucha amabilidad por los técnicos, pues ya conocían a ambos amigos de tiempo atrás, cuando se comenzaron a diseñar los proyectos del aeropuerto, y como también habían tenido noticias de la enfermedad que había postrado a Diego en cama se interesaron vivamente por la salud del artista.


         Mairim, desde el borde del agua, hacía señas con la manos a los que iban sobre la barca, pues como ya estaba bastante cerca de la playa se podían apreciar los rasgos fisonómicos de Xana y Max, y los gestos que hacían con sus brazos. Entonces vio la niña como un enjambre de ruidosos vehículos levantaban el vuelo en vertical desde los grandes barcos que avanzaban detrás de la lancha, y le asustó mucho el aspecto terrible de aquella formidable bandada de buitres metálicos que, en perfecta formación, se dirigía hacia el lugar donde ella se encontraba.
        Los técnicos junto a los recién llegados invitados también se apercibieron de la nube metálica y ululante que acababa de aparecer ensuciando el tranquilo horizonte de la isla, pero su aspecto amenazador no les produjo la menor inquietud.
         - Sin duda son aparatos de algún estado aliado de nuestro país como los aviones que nos sobrevolaron hace un rato. Debe de tratarse de una de esas maniobras conjuntas que se realizan con tanta frecuencia -especuló uno de los técnicos, que siempre que hablaba hacía resplandecer sobre su rostro una amplia sonrisa similar a la de Alberto.
         El ruido ensordecedor de los helicópteros, que ya casi se encontraban sobre sus cabezas, impidió a los demás la posibilidad de poder ofrecer sus particulares opiniones sobre la cuestión. La primera oleada de máquinas voladoras continuó su camino hacia el interior de la isla, mientras que una segunda, que había partido minutos después, se situaba sobre la vertical del inacabado aeropuerto. Los obreros habían interrumpido sus trabajos y miraban boquiabiertos las maravillosas libélulas mecánicas que daban vueltas sobre ellos, y algunos les hacían amistosas señales con las manos. Felipe el Cuarto ladraba hacia el vacio sonoro queriendo también participar en lo que parecía una fiesta.
         De pronto al fragor de las hélices que giraban se unió otro estruendo más terrible, luminoso y mortal, y los ojos de todos se llenaron de horror al ver como comenzaban a estallar granadas por todos los lados.
         Diego se sobrepuso con rapidez a un primer impulso de asombró que paralizó sus músculos, y corrió hacia donde se encontraba su hija, con intención de proteger su vida con la propia, pero cuando llegó a la orilla comprobó como Max ya se le había adelantado en esta función defensiva, y la niña se encontraba junto a Xana y el muchacho enganchada a los cordajes de la lancha neumática. El artista se zambuyó en el agua y nadó con habilidad y presteza los pocos metros que le separaban del bote, seguido por Felipe el Cuarto.
         - ¿Qué pasa? -le interrogaron los jóvenes a dúo cuando llegó junto a ellos.
         - ¡Cualquiera sabe! -exclamó Diego, jadeante y casi sin resuello por el esfuerzo realizado.
         Las explosiones habían cesado, y ahora se elevaba por encima del estruendo de las hélices de los aparatos el poderoso aullido de un altavoz instalado en el helicóptero que parecía ser el que capitaneaba la flotilla. Una voz, con marcado acento extranjero, repetía una y otra vez las mismas consignas:
         - ¡La población civil no tiene nada que temer… Estamos aquí para velar por sus vidas y por su seguridad. Que cada ciudadano regrese a su casa y permanezca encerrado en ella… La situación está bajo control…!
         - Pero, ¡esto es absurdo! -gritó Max.
         - ¡Si las relaciones entre nuestros respectivos países siempre han sido amistosas, y la isla está llena de turistas de la misma nacionalidad que los que hablan, si hacemos caso a las insignias que llevan pintadas los aparatos! -exclamó Xana.
         - ¡Tengo mucho miedo! -lloraba Mairim.
         - No te preocupes por nada, cariño, el mundo de los adultos es así de loco -intentó consolarla Diego, sonriente y estrechando a la niña contra su pecho-. Toda violencia es siempre absurda, y desde el momento en que hay mentes tan enfermas que dedican su tiempo a inventar esos mortíferos ingenios se puede esperar que ocurran cosas más extrañas y estrambóticas.
         Ahora que se había quedado la zona de playa en silencio, se podían escuchar explosiones procedentes del interior de la isla. El rostro de Xana se demudó:
         - ¡Mi madre! -exclamó la bella muchacha.
         - Es poco probable que le suceda nada malo, parece ser que sólo lanzan las granadas con intención de asustar a la gente y que se cumplan sus órdenes de recluirse en las casas -advirtió Diego-. Como podéis comprobar,  la explanada del aeropuerto ha quedado limpia de personal, sin que se vea ningún herido tendido en el suelo. Pero, aprovechando que estamos dentro del agua, lo más prudente sería que procuramos también alejarnos de esta zona lo más posible hasta que podamos escondernos entre las rocas del peñón.
         En efecto, los helicópteros sobrevolaban las obras abandonadas, en la que no se percibía ya ninguna presencia humana, asegurándose de que las órdenes dadas habían sido cumplidas.
         - Además, Tuba y Miles estarán esperando que les vayamos a recoger -se acordó Max de la cita pendiente.
         - Impulsaremos la barca lentamente con nuestros brazos y piernas hasta el lugar de encuentro con nuestros amigos, procurando no levantar espuma para no alertar de nuestra presencia a los volatineros, con todo el follón que tienen montado es posible que logremos pasar desapercibidos a su atención -propuso Diego, y se pusieron a ello.

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