martes, 6 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXVII


XXVII

         Cuando consiguieron los tres caminantes y la perrilla llegar a la playa, aún a pesar de que el descenso fue cómodo y rápido, ya estaba la lancha fuera del agua, los dos submarinistas se habían despojado de sus trajes isotérmicos y los otros dos nautas vestían sus bañadores y unas camisolas playeras de vivos colores.
         -¿Habéis encontrado alguna caracola? –preguntó Mairim, cuando se reunieron los dos grupos.
         -Intenté coger un trozo de bello coral púrpura para regalártelo, pero Tuba me lo impidió –se disculpó Miles.
         - Así es, no hemos recogido nada de los fondos marinos, lo que la mar nos quiere regalar ya lo van depositando las mareas en las playas –explicó Tuba -¡Bastante depredadores somos ya los humanos, como colectivo, de las riquezas del mar como para que también los submarinistas nos comportemos como aviesos ladrones con el auxilio de nuestros sofisticados equipos! Mira, Mairim, imagínate un hermoso jardín situado en el centro de una ciudad, una rosaleda, por ejemplo, en donde cada uno de los habitantes que pasara por allí arrancara una flor para prenderla en su traje, en poco tiempo acabaría por quedarse sin una sola flor y ya nadie podría disfrutar de la contemplación del jardín.
         - Pero las flores del mar son infinitas –se apresuró a responder la niña rechazando el razonamiento.
         - Eso es lo que piensan la mayoría de las personas –se dispuso a refutar la aseveración de la niña la bella aquanauta -, y se equivocan por completo. No existe nada infinito, ni tan siquiera la extensión del cosmos lo es, si hemos de hacer caso y respetar las teorías relativistas, pues para Einstein el Universo el ilimitado, pero no infinito, y cada nuevo hallazgo que se hace en los campos científicos consigue que se corrobore más esta opinión… Volviendo al tema que nos ocupa, a consecuencia de esa errónea e infundamentada creencia sobre lo inabarcable e inagotable de la grandiosidad de las riquezas de los océanos el hombre se dedica, con irresponsable y desmedida avidez, a extraer y extraer de ellos cuanto le parece útil o apetecible, aunque una buena parte de ello después no sea de ninguna utilidad, y de esta manera el mar se empobrece cada día más, de modo que de no cesar esta alienada tendencia llegará el día, no muy lejano, en que la vida acabará por desaparecer del seno de los océanos.
         - Sin considerar, además, que se está empleando a los mares como la gran cloaca de la humanidad, y en ellos se arroja cuanto desperdicio y basura produce el hombre. ¡Hasta los mismísimos residuos químicos y nucleares! –apoyó Max los argumentos de la joven.
         - Yo quiero mucho a la mar, y sería la cosa más horrible que pudiera suceder que ella se muriera –susurró Mairim, hipando, pues de sus bonitos ojos habían comenzado a manar unos gruesos lagrimones.
         - No seas tonta, niña –la consoló el padre estrechando su menudo cuerpecillo contra el suyo -, la mar no se morirá jamás, antes de que tal desastre sucediera tendría que haber desaparecido ya toda la especie humana de la faz del planeta.
         - ¡Hay que ser más valiente, pequeña! –dijo Miles, frotando la palma de su gran mano contra la cabecita de la niña, lo que produjo que Mairim reaccionase.
         - Entonces, ¿pensáis que la mar no se morirá nunca? –preguntó mientras que se separaba de su padre y comenzaba a sonreír secándose los churretones producidos por las lágrimas con el envés de la mano.


       - Te lo aseguro –dijo Miles con convicción -. Cualquiera de nosotros daríamos nuestra vida porque continuara haciéndonos compañía.
         - No te quepa la menor duda –se adhirió Max.
      Y todos se pusieron a jugar al corro con las manos unidas mientras cantaban: “¡Lará, lará, que la mar no se morirá; larí, larí, que la mar siempre ha de existir!”.
         Las risas y el bullicio que formaron los amigos provocaron que se les acercaran un nutrido grupo de bañistas que estaban tomando el sol por los alrededores de la lancha, y contagiados por la alegría de lo que cantaban y por lo pegadizo del estribillo se unieron al corro, que fue ensanchándose cada vez más, Miles soltó las manos del círculo y se convirtió en la espontánea locomotora de un tren humano que se puso a recorrer toda la playa cantando al ritmo de la canción.
         La cadena de los danzantes era de lo más diverso y variopinto, Tuba seguía a Miles, Max a ésta, Xana a Max. Doña Lola seguía las maravillosas caderas de su hija, y Mairim el ampuloso trasero de la respetable señora, Marcelo seguía a su hija, a las espaldas del pintor se enganchó una hermosa cincuentona, toda encremada y pintarrajeada, y a ella un septuagenario cubierto con traje y sombrero, ambos de color gris y tela de lino, que apenas si podía llevar la marcha, los siguientes eslabones estaban formados por media docena de mozalbetes de ambos sexos a los que seguía un señor calvo que lucía un poblado mostacho de aquellos que solían engalanar el sobrelabio de los componentes del extinto cuerpo de los carabineros; tras de él iban unos bulliciosos jóvenes que le daban al estribillo una letra un tanto procaz, hasta el punto que una anciana que continuaba la cadena detrás de ellos no entendía ni palabra del sentido de la canción, pesé a lo cual también se puso a entonar: “Lará, lará, qué mi vaina nunca morirá; larí, larí, que mi vaina siempre a de cumplir”. Con toda esta serie de variaciones e interpretaciones diversas que se le iban dando al tema original no es nada de extrañar que el camarero Alberto se quedara absolutamente estupefacto cuando escucho lo que cantaba la cola del tren, unos treinta eslabones por detrás de la anciana, cuando el convoy se puso a circular por entre las mesas del chirinquito. “Nunca lo hubiera imaginado de Diego”, pensó, “y menos yendo con la niña”.
         Por fortuna la cabeza del tren se detuvo delante de Alberto entonando el estribillo primitivo y el honor de su amigo dejó de estar en entredicho. Parada y fonda. ¡Puuuub!. ¡puuuuuuuubbb!. La sed de Miles le había llevado de una forma inconsciente hasta el lugar más apropiado para satisfacer su deseo. Con tres hurras por la mar, sonora y estruendosamente coreadas por el ajetreado tren humano, y por los que merodeaban por sus entornos, se suspendió la función y cada vagón se desparramó por su lado, unos en busca de sillas, otros de unos palmos de terreno en donde poder tender su rendido cuerpo, y los más animosos a seguir por otros lugares la juerga y la diversión. Algunos, que habían estirado de sus posibilidades orgiásticas de su edad más de lo que la inelasticidad de los años que habían ido acumulando sobre sus personas, tuvieron que ser atendidas de síncopes agudos y de incipientes infartos de miocardio durante los tres cuartos de hora posteriores a la conclusión del evento. Pero, los más disfrutaban, reían y bebían, comentando la exuberancia de la euforia alcanzada, mientras aplicaban las mascarillas de oxígeno a los desfallecidos o se afanaban por darles masajes directos al corazón presionándoles a dos manos con rudeza sobre la punta del esternón.

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