lunes, 19 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXXIX


XXXIX

         Los exotéricos remedios puestos en práctica dieron en breve tiempo el fruto apetecido venciendo a la exótica enfermedad, y pronto pudo Diego ponerse en pie y pisar con sus pantuflas los avioncitos de papel que Mairim se había entretenido en construir con las recetas de los costosos medicamentos que nunca se llegaron a comprar.
         Las nubes se vaciaron de su carga húmeda y acabaron por desaparecer más allá del horizonte los últimos fragmentos que quedaban de ellas, y el acostumbrado sol radiante volvía a embellecer con su fulgor la vida diurna de la isla al amanecer del día siguiente.
         Un buen montón de cestos, que fueron apilados en la cabaña recibidor-cocina, quedaba como muestra de la buena y productiva labor en que se habían entretenido los dos jóvenes, y algún que otro corazón grabado a punta de navaja en la madera de los postes que sostenían la techumbre daban fehacientes muestras de los pensamientos y ocupaciones que habían tenido sus dos amigos.
         Todo regresaba al alegre cauce que había dinamitado el inoportuno mal del artista. Se volvían a planificar excursiones y actividades lúdicas. Los de la orquestina, cada vez que les visitaban, renovaban sus fervientes deseos de tocar de nuevo con los forasteros en el hotel turístico, mientras que Alberto les rogaba a ambos grupos que repitieran su actuación en el chiringuito.


         Las chicas fueron invitadas por el concejo municipal para presidir como “reinas” las cercanas fiestas mayores de la comunidad, la chusma de amiguetes venía a buscar a Mairim para que volviera a participar en sus aventuras, y ella corría con ellos en compañía de Mimi y Felipe el Cuarto, formando un bullicioso conjunto.
         Diego era agasajado a cada paso que daba fuera de la casa por los convecinos, por la fortaleza que había demostrado y la prontitud con que consiguió dominar a la planta. Doña Lola era relegada de nuevo a su papel secundario de madre de una chica estupenda y la Abuela conservaba su posición institucional inamovible.
         Entre doña Lola y Diego se había abierto un profundo abismo de prejuicios sociales. El pintor, acostumbrado a la forma inocente que se practicaba en la isla de exponer directamente los sentimientos más íntimos sin mayores ambages, había abierto su corazón a la dama con una premura que contravenía cuanto marcaban al respecto las buenas normas de comportamiento occidentales, y la señora también había desatendido el cuidado de sus inhibiciones, desafiando, disculpada por el dolor y el sentimiento de culpabilidad, la moral establecida. Pero ahora todo debía regresar al orden y a las leyes, y llevar cada cual la máscara de indiferencia aparente de la que les proveían los hábitos y costumbres a que obligaba la sociedad. Aunque ellos sabían muy bien en el fondo de sus corazones que una cosa era la norma, y otra muy distinta el deseo. Y si este último había sido capaz de romper, bajo la disculpa de una situación límite, con la otra podía significar que aún era posible que se llegase a alcanzar algún día una síntesis feliz para la pareja. Pero, por el momento, no se vislumbraba cual podía ser el reactivo o detonante capaz de hacer tangible la ansiada y silenciada culminación.

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