XLVII
Nadia tenía muy claro que su destino estaba unido al de Vanesa, por lo que se quedaría a compartir suerte con ella. A Xana y Tuba, con tal de estar junto a sus amigos, les daba un poco lo mismo que fuera en una discoteca o una barricada. Pero ni doña Lola ni Mairim estaban muy decididas a partir. La niña quería regresar a la casa de las rocas para estar de nuevo junto a su Abuela, pues, a pesar de conocer el óbito de ésta, no tenía una apreciación muy tangible de cómo la muerte imposibilita cualquier tipo de comunicación entre dos seres queridos, y aún esperaba que entre la anciana y ella habría alguna suerte de lazo escondido por los rincones que habían habitado y entre los muebles y utensilios que habían compartido que le permitiera prolongar su hermosa relación.
Y a doña Lola le aterraba la idea de aventurarse en las aguas del turbulento océano a bordo de una frágil barquichuela. Pero la realidad tenía que imponerse una vez más a las voluntades, y tanto Tuba como Xana pusieron todo su empeño en hacer comprender a la niña y a la mujer que los rumbos del mar se encontraba el único camino posible a tomar después de los hechos acaecidos.
Nadia y Alberto despidieron desde la pequeña cala a la abarrotada y diminuta embarcación. El camarero había prometido a su buen amigo hacerse cargo de la casa de las rocas y de los cuadros del artista durante todo el tiempo que durase su ausencia, y Diego había subido a la nave un poco más animado, con la seguridad de que dejaba sus bienes y pertenencias en buenas manos. Y Nadia que haría todo lo posible por dar con el paradero de Mimi y enviarla al continente, y como si respondiera a su nombre unos ladridos cercanos anunciaron que la perrilla había dado con el paradero de su dueña.
Conforme iba adentrándose la barca en la tenebrosa mar podían distinguir sus ocupantes como varios lugares de la costa se encontraban iluminados por las llamas de incendios que elevaban hacia el oscuro cielo un penacho de humo negro. Al resplandor de las terribles hogueras era la arena de las playas más blanca que nunca, y semejaba en mayor medida que se trataba de nieve pura, que corría el peligro de ser fundida por el calor del fuego.
- La isla acabará por desleírse con tantas llamas -apreció Mairim con inocencia.
- No, hija mía -le dijo doña Lola, estrechando a la pequeña contra su regazo, conmovida por la triste expresión de la niña -, esta isla resistirá todos los incendios y todas las bombas que las mentes enfermas le quieran arrojar, y su vegetación volverá a renacer de entre las cenizas, y sus laboriosos pobladores levantarán de nuevo las casas destruidas. La vida volverá a florecer y algún día regresaremos todos juntos a la casa de las rocas y seremos felices.
- Papá, ¿me prometes que regresaremos a la isla? -preguntó la chiquilla mirando con fijeza y seriedad a Diego.
- Sí, hija, todo sucederá según dice Lola -y agarró con firmeza la mano de la mujer-, si ella quiere podremos aprovechar nuestra estancia en el continente, esta especie de vacaciones forzosas, que puede que sean más largas que lo que todos deseamos, para arreglar los trámites de un divorcio que tiene pendiente.
La señora se ruborizó a causa de la encubierta proposición que le estaban planteando, y su evidente azoramiento hizo que se dibujara una sonrisa en el rostro del resto de los tripulantes, rompiendo por un momento el velo de la tristeza que les sojuzgaba.
Los penosos acontecimientos se olvidarían, a la trágica jornada la sustituirían otros días más luminosos, que volverían a estar presididos por el amor y la alegría de vivir, y en un mañana no muy lejano todos los amigos podrían volver a pisar aquella hermosa y feraz tierra, y la infundible nieve de sus playas. La puerta del futuro estaba abierta a la esperanza.
- ¿Qué es esta cosa tan dura sobre la que estoy sentada? -se quejó Tuba.
- Déjame comprobar -dijo Miles, mientras tanteaba con la mano-, ¡ah!, es el estuche de la trompeta de Max, y el de mi saxo también debe de estar por aquí…, sí, ya lo encontré.
- Están en la lancha porque tras de la excursión teníamos intención de ir al chiringuito a tocar con los muchachos de la orquestina para celebrar la recuperación de Diego -explicó Max.
- Podíais improvisar algo ahora para amenizar la travesía -propuso Xana.
- No me parece que sea este un momento muy apropiado para músicas -se disculpó Miles, sacando, no obstante, el saxo de su estuche.
- Cada momento de nuestras vidas puede tener su música idónea, aunque no se me ocurre cual puede ser la más apropiada para uno tan luctuoso como éste -dijo Diego.
- Alguna composición que sea a la vez una despedida de la isla y de la Abuela -sugirió Mairim, obsesionada por el recuerdo de su querida anciana.
- Sí, un Réquiem por la nieve de sus cabellos de la plata y las arenas que abandonamos -dijo Tuba, acercando el estuche de la trompeta a Max.
Y, al poco, las notas surgieron vibrantes y pujantes hacia la inmensidad de la negra noche, y su sonido hizo que se tambaleara la poderosa rotundidad de las lóbregas sombras de los buques de guerra, que permanecían anclados no muy lejos de las aguas que atravesaba la frágil barquilla. Como queriendo asistir al concierto, surgió de entre las nubes una fulgurante luna llena, que allá arriba, desde su dosel de terciopelo tachonado de estrellas, había presenciado, a través de los tiempos, la desaparición en el océano de flotas más grandiosas y soberbias por causa de sonidos mucho menos contundentes y desgarrados.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario