sábado, 24 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XLV


XLV

         Las primeras sombras de la noche teñían ya el cielo de negrura y la blanca espuma que saltaba entre las rocas contrastaba su luminosidad con el oscuro tono azul Prusia del mar cuando dentro de la cueva se escucharon gritos cercanos. En un primer momento hubo una convulsión de temor entre los escondidos, pero, al poco, se dieron cuenta de que no existía ninguna causa profunda que justificara su miedo: no habían hecho ningún mal a nadie y en modo alguno se podían considerar a si mismos como fugitivos.
         El lugar donde se encontraban era tan sólo un resguardo espontáneo que les había proporcionado una cierta seguridad en aquellos momentos en que el fragor de la batalla lanzaba su maldita garra asesina sobre cualquier objeto, planta, animal o persona que se encontrara a su alcance. Así Max y Diego salieron al exterior para enterarse de donde procedían aquellas grandes voces y cuál era la fuente emisora.


         Sobre unos riscos, a una treintena de metros por encima de la entrada a la cueva, vieron dos siluetas humanas recortadas sobre la negrura del firmamento, que proseguían sus exasperados gritos.
         En el silencio casi nocturnal Diego pudo escuchar su propio nombre repetido por el eco que producían las rocas, y logró reconocer que una de las voces que lo emitían era la de su amigo Alberto.
         - ¡Alberto! -gritó el artista, con alegría, entusiasmo y regocijo, al comprender que su buen amigo había salido indemne del ataque al aeropuerto en construcción.
         - ¡¿Cómo se puede bajar hasta ahí?! -preguntó a gritos el camarero al reconocer la voz de su amigo.
         - ¡Subiré y os indicaré el camino! -voceó Max-. ¿Quién te acompaña? -preguntó después.
         - ¡Doña Lola y Nadia, ya os explicamos luego!
         Miles también había dejado la concavidad de la gruta y emprendió la ascensión tras de su compañero, mientras que Diego maldecía que su convalecencia le impidiera acompañarlos.
         Cuando la pareja llegó hasta la cumbre pudieron advertir que Alberto llevaba uno de sus brazos puesto en cabestrillo y que las vestimentas de las mujeres se encontraban hechas jirones.
         - ¡Ha sido horrible, horrible! -sollozaba doña Lola-, ¿dónde está mi hija?
         - Xana está ahí abajo, al resguardo de una gruta, sana y salva, en ningún momento hemos corrido peligro -le explicó Max, con brevedad.
         - Nosotras no hemos tenido tanta suerte -comentó Nadia -, a Vanesa la han incautado el hidroavión y se encuentra retenida en el hotel, que han transformado los invasores en una especie de jefatura de mando y prisión…
         - Estos paquetes es cuánto hemos podido coger con la precipitación, ayudadnos a bajarlos -la interrumpió Alberto-, ya habrá tiempo para explicaciones más tarde.
         - Tienes razón amigo, aquí estamos muy al descubierto -aceptó Max, tomando uno de los paquetes.
         - El camino es bastante sinuoso así que deberán poner mucho cuidado en donde ponen los pies -les indicó Miles, cogiendo otro de los bultos y comenzando el descenso.
         - ¡¿Está todo bien?! -voceó Diego, que comenzaba a impacientarse, situado en el comienzo del empinado sendero.
         - ¡Más o menos! -le contestó Alberto-, ¡ya bajamos!
         Y no tardaron mucho en llegar hasta donde se encontraba el artista.
         Doña Lola se arrojó a sus brazos, rompiendo con todas sus inhibiciones, mientras no cesaba de repetir:
         - ¡Ha sido horrible, horrible!
          Diego estrechaba a la mujer con todas sus fuerzas tratando de comunicarle, a través del abrazo, su entereza de ánimo y su valor. Un último rayo anaranjado de un sol que ya se hundía por el horizonte opuesto iluminó sus emocionados rostros por un momento.
         - Temí tanto por tu vida -decía él, mientras ella repetía la misma frase angustiada, pues no era capaz de encontrar otras palabras con que expresar los sentimientos que embargaban su espíritu.
         Alberto apoyó con firmeza su mano sana sobre el hombro de Diego y dijo con gran tristeza:
         - La Abuela murió durante el bombardeo… Siento tener que ser yo quien te comunique la triste noticia…
         El artista se tambaleó como si le hubieran golpeado con una maza en la nuca.
         - ¡Pobre mujer! -sollozó doña Lola.
         - Una de las granadas que tiraban desde los helicópteros explotó sobre la cabaña y se derrumbó la techumbre de madera sobre la anciana, debió de tener una muerte instantánea… -explicó Alberto.
         - Yo me sentí lanzada por los aires y debí de perder el conocimiento. Cuando lo recobré, me atendían algunos vecinos mientras que otros trataban de sacar el cuerpo sin vida de la Abuela de entre los escombros -concluyó el relato doña Lola, y hundió su cabeza, convulsionada por el llanto y el espanto que le procuraba el recuerdo de los hechos, en el viril pecho de Diego.
         - ¡Maldita miseria! ¡Maldita violencia! -exclamó éste.
         - Será mejor que nos calmemos y tratemos de buscar refugio en la gruta -sugirió Miles.
         - ¡Los sarnosos perros de la guerra! -seguía gritando Diego, ausente a cualquier razonamiento prudente.   
        

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