XXVI
En lo alto del peñón, a la sombra de la gran roca que lo coronaba, doña Lola, la niña y Diego habían dado buena cuenta de la abundante merienda que les había preparado la Abuela, y de cuyas sobras también había disfrutado Mimi, que todavía se entretenía relamiendo algún hueso.
Cuando el hidroavión pilotado por Vanesa pasó sobre sus cabezas la trivial charla con la que amenizaban la merienda volvió a recaer sobre el pájaro motorizado y su conductora…
- Así que sus afectos tienen a veces altos vuelos -ironizó doña Lola.
- Una cosa son los afectos y otra son los amores, jajajaja -rió él con franqueza-, a Vanesa no le gustan los hombres, y vive muy feliz con su pareja, Nadia, otra bella mujer que tiene un gran parecido con Ava Gardner, y que es de origen eslavo. Se complementan a la perfección, también en lo laboral, la una trae y lleva los correos y la otra los reparte y recoge… pero siga disfrutando de esta apacible tarde y de los postres que nos preparó la Abuela, que ya habrá ocasión de tratar con ambas.
- Habla usted de ciertas cuestiones con una frivolidad que espanta…
- Muchas relaciones entre las personas son fáciles de entender e interpretar si se tiene la mente desentrabada de prejuicios, ¿quiere un poco más de tarta de manzana? -cambio de tercio Diego, y no se volvió a aludir al tema.
Mairim jugaba dando saltos entre los peñascos de los acantilados y los mayores reposaban de la fatigosa ascensión y de la comida. Se entretenían en charlar amistosamente, pues con el estómago satisfecho es muy difícil tratar a los que te rodean como a rivales o enemigos, y los banquetes, que han sido capaces de que se firmaran armisticios entre países litigantes, como no iban a conseguir que entre doña Lola y el artista no surgiera un atisbo de alto el fuego, aunque la conversación tuviera su principio en una dura andanada que lanzó la mujer:
- ¿Pero como deja usted que la niña brinque por esas rocas tan peligrosas, no se da cuenta que si por casualidad se le desliza un pie corre el riego de romperse la crisma?
- Mairim está acostumbrada, creció entre estos riscos, arrullada por las brisas del océano y el rugido de las galernas, que también las suele haber por estas zonas, aunque hoy la mar se encuentre tan calmada –respondió él, afable.
- Pero la costumbre no hace desaparecer el peligro, tal vez pueda hacerle menos probable, aunque la confianza no deja de ser un riesgo en sí misma –insistió la dama-, ¡miedo me da mirar los saltos que pega!
- Si la chiquilla tuviera ese temor que usted tiene no podría dar esos saltos con tanta facilidad y desenvoltura. Es su carencia de miedo su mejor aliado para no accidentarse. Cuando uno se pone a pensar y se obsesiona con que va a tropezar está avocado a una fatalidad que le ayuda a consumar la predicción, condicionando su caída.
- Tiene usted mucha razón –concedió ella-, también sucede algo parecido cuando una persona teme enamorarse de otra. Al menos eso me sucedió a mí con mi ex marido. Un ser absurdo en su totalidad y lo más incongruente que cualquiera pueda imaginar, por esa razón nada más conocerle me puse en guardia contra él. Fue en la universidad, ¿sabe? –pregunta retórica que no necesitaba contestación, y continúo -, porque fui universitaria, sí señor, aunque parezca mentira estudiaba medicina. El también estudiaba en el mismo campus, pero, claro, en la escuela Politécnica, era el empolloncete de su curso, un tipo mediocre, aunque estudioso y atrevido… Creo que le estoy aburriendo con mis historias –se interrumpió.
- En absoluto, señora –negó Diego -, sepa usted que la considero una persona muy interesante y dotada de un gran carácter, me atrevería a afirmar que de un carácter excesivo, si a usted no le molesta que me exprese de este modo, y me resulta instructivo y ameno conocer los factores que han forjado su manera de ser y de comportarse.
- Pienso que soy así desde que nací –aseguró ella-, lo que me produce todavía más extrañeza de que me dejara atrapar por un hombre insulso. Era por aquellos tiempos una de las presas más codiciadas por los varones en todo el campus universitario, si es que me tolera la inmodestia en aras de hacer honor a la verdad…
- A la vista está que los años no han hecho mella en su belleza, mi distinguida señora –le animó Diego, galante.
- No es necesario que se ponga usted a alagar mi vanidad, sé muy bien que mis mejores años pasaron ya –pronunció doña Lola con melancólico acento.
- El tiempo transforma en vinagre a los malos vinos, pero aumenta la solera y calidad de los buenos caldos.
- Lo mismo se va a poner usted ahora a cortejarme –dijo ella empleando un tono de reproche que no consiguió impedir que los colores subieran a sus mejillas.
- Creo que tal cuestión estaría bastante fuera de lugar –observó él, pero apercibiéndose de que su aseveración dibujo un gesto de ofuscación en el rostro de la dama, se sintió obligado a matizar y diluir su afirmación-. No es que pretenda decir que una persona tan respetable como usted no merezca ser cortejada por cualquier varón que esté en sus cabales, pero pienso que sería irrespetuoso por mi parte tratar de merecer de su digna persona cualquier afecto que estuviera más lejos del común de una bella y serena amistad.
- A veces es usted amable y humilde en exceso.
- No, y siento contradecir su opinión, no se trata de una cuestión de humildad o de arrogancia. Me hallo en ese punto de la existencia en que ya tiene uno su camino trazado, su entorno configurado. Me reconozco como parte integrante de esta isla, tengo una obligación moral con Mairim, me debo a la Abuela, a mi trabajo creativo… Usted tal vez no sepa comprender toda la enjundia de mis motivaciones, es una mujer cosmopolita, ha conocido mucho mundo, se ha movido en esferas mucho más abiertas y civilizadas… Me atrevería a asegurar que le hubiera complacido mucho más residir en un hotel turístico que en mi casa, sé que si no ha obrado de esa manera ha sido por no defraudar a su hija y a la muchacha que la acompaña, haciendo agostar la ilusión que acababa de brotar entre ellas y mis jóvenes amigos.
- Usted lo decide todo y opina por los demás… Aunque le deba confesar que esa era mi inicial intención y que me desagradó no poco tener que trastocar mis primitivos planes cuando el azar nos hizo entrar en relación con esa par de truculentos pillastres… Las descripciones que nos dieron ellos de la forma en que usted se desenvolvía por la vida tampoco hacían nada halagüeño el trabar relaciones con su persona… Pero en estos momentos no me arrepiento en absoluto del cariz que han tomado los acontecimientos: su hija es una criatura angelical y encantadora, la Abuela es una cocinera maravillosa y una cordial anciana digna de los mayores respetos y consideraciones, nunca había visto a mi hija y a su amiga tan felices y radiantes como en las breves horas que han pasado aquí, y la aspereza y virginidad de esta zona de la isla producen en mi alma un efecto sedante lleno de gratificación y bienestar. ¡De no haber variado mis planes en estos momentos me estaría achicharrando tumbada sobre una mecedora de lona aguantando los imbéciles circunloquios de algún vejete millonario!
- Ni soy ya un mozalbete ni creo que mi conversación sea demasiado amena –apuntó Diego.
- Me pone usted en el trance de no saber que opinar –rió ella, con una risa tan fresca que obraba la maravilla de quitarle de encima por lo menos diez años.
- No le había visto a usted nunca reír así. ¡Vuelva a hacerlo, por favor! –rogó Diego.
- Ve como tengo mucha razón en lo que dije: ya no sé quién es más crío, si Mairim o usted –y repitió su fresca carcajada. Los rostros de los dos se habían ido juntando durante el transcurso de la conversación y ya se encontraban a pocos centímetros de distancia.
Cuando cesó en su risa se quedó con la mirada clavada en la de Diego, y sintió como los labios del pintor rozaban los suyos, Cerró los ojos dispuestos a dejarse arrastrar por el vértigo.
- Perdón –se disculpó Diego, avergonzado -, ha sido una tonta inconveniencia…
Se encontraba sorprendida, pero no era capaz de saber si estaba enfadada o sorprendida. En su fuero interno había deseado la dulzura de aquel beso desde hacía largo rato, pero también comprendía que debía haber impedido que se consumase.
Se produjo un silencio tenso, frío y desapacible, que ninguno se sentía capaz de romper, y que se hubiera transformado en un sólido bloque de hielo interpuesto entre ellos de no haber regresado a fundirlo la candorosa Mairim.
- Ya han salido a la superficie los buceadores y les acompañaba una bandada de gaviotas –anunció la niña con su fresca e inocente vocecilla, dando a su expresión una trastoque de términos que la convertían en suprarrealista.
- Deberemos ponernos inmediatamente en marcha si es que queremos llegar a la playa a tiempo de recibir a los navegantes –sugirió Diego, poniéndose en pie -¿Me permite que la ayude, señora?
Doña Lola volvió a sentir la firmeza del brazo del artista cuando accedió a dejarse auxiliar, pues no hubiera tenido sentido negarse a ello. Cuando ya estuvo vertical susurró al oído del pintor:
- Mire usted, ¡qué vergüenza si nos llega a ver la niña!
- El artista se encogió de hombros por toda respuesta y acarició con ternura los rubios cabellos de Mairim.

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