jueves, 22 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XLII


XLII

         Los muchachos se embarcaron en la playa occidental, pues era allí donde estaba emplazado el alquiler de las lanchas. Desde la playa irían bordeando la costa hasta traspasar la punta del peñón y llegar a los roquedos de levante, donde procederían a comenzar la inmersión los submarinistas, señalizando el lugar exacto por medio de una boya.
         Luego Max pondría la proa de la nave rumbo a las obras del aeropuerto para visitarlas en compañía de Diego, que se dirigía por tierra hacia el mismo enclave junto con Alberto, que se había ofrecido para acompañar al artista en previsión de que pudiera acaecer una posible recaída de la enfermedad, pues las relaciones entre doña Lola y el pintor continuaban atravesando un profundo bache sentimental provocado por el modo excesivo con que las circunstancias les habían obligado a exteriorizar sus más íntimas pasiones.
         Así que la mujer había procurado mantenerse al margen de la excursión, pretextando cansancio y deseos de ayudar a la Abuela a poner la casa en orden después de todo el revuelo de los últimos días, y Diego había acogido con agradecimiento sus falsos reparos, pues sabía bien que el largo paseo juntos hubiera estado tan lleno de reparos y prevenciones que lo hubieran convertido en un trayecto áspero y desagradable-
         Mairim y Felipe el Cuarto correteaban por delante de Alberto y Diego, que conversaban sobre mil temas diferentes, referentes a la isla y sus respectivas ocupaciones y preocupaciones, mientras caminaban con lentitud, para que no se cansara en exceso el convaleciente, por las veredas arboladas que conducían desde la playa cercana al chiringuito, en donde se habían despedido de los navegantes, a las obras del aeropuerto, donde aguardarían su llegada.


         La niña se acercó a la pareja, seguida por los ladrillos del bello mastín, portando un ramillete de jaramagos en sus manos.
        - Es una pena que doña Lola no haya tenido ganas de venir con nosotros, entonces seriamos dos en recoger flores y podríamos hacer un ramo más grande -dijo la niña con la inocencia propia de su edad.
      - ¿Te hubiera gustado que la madre de Xana nos acompañara? -le preguntó Alberto.
         - Mucho -afirmó ella.
         - Parece que aprecias mucho a esa señora -evaluó el camarero, sin preocuparse del efecto que su conversación con la niña podía tener sobre Diego, que comenzaba a sudar y se le iba demudando el color del rostro.
         - Sí, a ella, a su hija, y a los demás visitantes. Se les nota que quieren mucho a mi papá, y que por ello se ocupan de mí con mucha amabilidad.
         - Sí simpatizan contigo es por tu buen carácter y porque te comportas muy bien, y no por mi causa -le corrigió la opinión el padre.
         - Sí, y no -evaluó la niña, que ahora acompasaba su paso al de los adultos-. Doña Lola hubiera simpatizado conmigo de todas las formas, porque ella es una señora muy maternal y yo soy huérfana, y su hija también, porque es una chica a la que se le nota que le gustan mucho los niños, pero con los demás hubiera sido distinto… tienen otras preocupaciones en sus cabezas.
         En este punto tuvo que interrumpir la chiquilla su plática porque dos aviones supersónicos que volaban a muy baja altura llenaron con su ruido ensordecedor toda la atmósfera.
         - Estos locos se van a estrellar cualquier día contra las rocas del peñón -comentó Alberto, cuando les vio alejarse dejando pintadas en el límpido azul cielo sus humeantes características estelas.
         - Estarán de maniobras -especuló Diego, sin dar mayor importancia al asunto, y los dos amigos continuaron su lenta marcha, olvidando por completo el tema de la conversación que mantenían con la pequeña antes de la tumultuosa irrupción de las máquinas voladoras.
         Mairim, seguida por el mastín, volvió a los ribazos a recolectar más flores con las que agrandar su ramillete, y los mayores a charlar sobre los últimos eventos acaecidos en la bella y pequeña isla.
         - Aunque ya sé que tú no estás de acuerdo con esta opinión, Diego, sigo pensando que el turismo nos está trayendo un fuerte incremento de prosperidad, lo que redunda un mayor bienestar para todos.
         - También tiene sus aspectos negativos. Es posible que la alimentación de los nativos no fuera tan variada como ahora, y que se tuvieran menos medios para lograr una asistencia sanitaria rápida y eficaz. Ahora se disfruta de una dieta más rica en vitaminas y proteínas, y se ha conseguido construir el hospital, pero ¿qué se a perdido con el cambio? -Diego hizo una pausa, para proseguir-. Yo te lo diré en una sola palabra: la virtud. Sí, ya sé que objetarás que en estas cuestiones tengo un pensamiento retrógrado, en particular si las comparamos con lo liberales que son en otros aspectos, y que le doy a las cuestiones espirituales  una importancia mucho mayor de aquella que es norma habitual dentro de la civilización en que nos desenvolvemos., pero los valores se encuentran alterados, y la sociedad, en su conjunto, ha perdido su rumbo. Los desequilibrios síquicos y las frustraciones nos salpican a todos, y el consumismo tiene su base en la continua reproducción de un mecanismo que crea de continua falsas expectativas, espejismos de felicidad que nos van dejando cada vez más insatisfechos y más vacios. La necesidad de comprar objetos inútiles es como una droga, las propias drogas tienen las cualidades alienantes de cualquier objeto fútil sacado al alegre mercado de la compra-venta. Unas, como el tabaco y el alcohol, tienen el refrendo de la legislación, y las administraciones sacan con los impuestos sobre ellas unos buenos dividendos, otras, que no son ni mejores ni peores en sus nefastos efectos últimos, se trafican a escondidas, y son perseguidos en unos casos los distribuidores, y en otros también los consumidores, según las diferentes legislaciones. En todos los casos, el beneficio real y económico de la felicidad ficticia se encuentra en manos distintas a las del consumidor, lo mismo que en la compra de cambalaches.
         Con alguna frase Alberto respondía o pedía aclaraciones al largo parlamento del pintor, pero el fuerte ruido de una escuadrilla de aviones que pasó en vuelo raso sobre sus cabezas apagó el sonido de sus palabras.
         - ¡Qué porquería! -exclamó el camarero cuando se desvaneció en el aire el desagradable ruido.
         - El aeropuerto que estamos construyendo nos va a traer nuchos más problemas que ventajas -reanudó Diego su diatriba contra la civilización coétanea aprovechando el pie que le daba el circunstancial paso de los reactores-. Tendremos el beneficio de una más fácil y rápida comunicación con el continente, pero a cambio de ello, ya verás como en corto espacio de tiempo se multiplican los complejos turísticos y se superdensifica la población de la isla en las temporadas de buena climatología. A ti, y a  los que tenéis un negocio de venta directa, os vendrá bien la riada de veraneantes con los bolsillos llenos de dinero fresco, pero para el conjunto de los habitantes, entre los que me incluyo, que llevamos otros derroteros, será más lo que desbasten y mixtifiquen que la ganancia económica que pueda reportar la abundancia de forasteros…
         - Tendrás más posibles compradores de tus obras -le interrumpió Alberto-, tu actividad no deja de ser un comercio, si me permites que te lo diga.
         - Lo que no me cabe duda que tengamos es una añadida invasión de pintamonas, como está al uso en otros lugares turísticos, de paisajes fáciles y caricaturas, con bajos precios y seguras ventas, carroñeros del verdadero arte.
         - No todo el mundo tiene la capacidad para ser león -bromeó su amigo-, y cada cual tiene que buscarse la vida como puede…
         - Pero mejor que la encuentren en otro lugar, donde ya esté deteriorado el medio ambiente y no haya conciencia cívica ni administraciones capaces de invertir el rumbo que se ha tomado, encaminado a destruir los recursos naturales del planeta. ¿Quieres que por tengamos mayor contaminación, vertidos incontrolados de residuos al mar, deforestaciones…?
         - Puestos en tesituras de elegir entre alternativas tan opuestas, estoy más a favor de que no haya una explosión exuberante del turismo. Es cierto que en un negocio como el del chiringuito a mayor cantidad de posibles clientes mayor beneficio, pero no lo es menos que con la que tenemos en estos momentos nos basta y sobra para obtener unas ganancias  que nos permiten llevar una vida desahogada, al tiempo que disfrutamos de nuestro trabajo, con el valor añadido de que la mayoría de nuestros parroquianos son a la vez amigos.
         - Tu socio y tú los convertís en amigos, por el buen trato que dispensáis a todos en vuestros lares…

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