miércoles, 29 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XXII


XXII

         -Supongo que ya tendréis suficiente por el momento, y que habréis satisfecho vuestra curiosidad –dijo Diego a sus amigos después de llevar casi una hora ocupado en su paciente labor.
         -Aún tienes vueltos contra las paredes docenas de cuadros que no nos has mostrado –apreció Max, a quien todavía le quedaba hambre de contemplar más obras del artista.
         - Otro día os los mostraré, os lo prometo. Hace un día maravilloso y es una auténtica pena que lo malgastemos encerrados aquí dentro.
         - Por mi parte, me encuentro encantada contemplando estas pinturas, y no veo que esto suponga ninguna pérdida de tiempo -afirmó Xana.
         - A mí me apetecería seguir viendo más cuadros -dijo Tuba.
         - Os agradezco, en lo que vale, la inmerecida abnegación que me mostráis, pero… ¡no! La sesión pictórica ha terminado por hoy, nos aguardan el sol y el mar, y sería una lamentable ingratitud hacer esperar por más tiempo a tan nobles benefactores -pronunció Diego, con una entonación tan teatral que casi rayaba en lo cómico, y que no dejaba lugar a nuevos alegatos.
         Así pues, se aceptó por unanimidad la opinión del artista, porque la tentación de las diversiones playeras también constituía una magnífica alternativa.
         La blanca arena era un hormiguero de bulliciosa gente que jugaba, reía, corría, retozaba o descansaba, mientras se tostaba bajo los rayos del ardiente sol. Era también una explosión multicolor de bañadores, toallas, sombrillas y albornoces de fuertes tonos que abarcaban todo el espectro del arco iris, lo que era una demostración palpable de cuál era el lugar de donde extraía Diego la inspiración para los colores que se distribuían en su paleta. Pero no era aquel el momento más oportuno para entregarse al trabajo o la mentalización de las observaciones, era la hora de la diversión y de gozar de la alegría de vivir.


         Habían trascurrido varias horas de algazara, cuyo paso transcurrió sin sentir su duración, cuando Mairim bajo desde la cabaña a advertirles que el almuerzo ya se encontraba dispuesto sobre la mesa, y la alegre comitiva emprendió el regreso al hogar. Max arrebató a la niña una pelota de goma, que ésta había venido botando para amenizar el camino, y comenzó a jugar arrojándosela a la chica, y viceversa, Xana intervino también en los pases, y pronto se vio mezclada en el lúdico entretenimiento hasta doña Lola.
          Durante la comida se trazaron planes de actividad vespertina. Tuba ardía en deseos de introducirse en las profundidades del mar, pues parecía evidente por las características del lugar que tanto la flora coma la fauna submarinas serían riquísimas, sobre todo en los lugares rocosos, cono era el caso del cercano peñón. Miles demostró también gran entusiasmo por esta idea, sorprendiendo a Max, quien tenía la plena seguridad de que su amigo fingía aquel repentino apasionamiento por la vida existente bajo las aguas, y que la única razón de su deseo estaba en la atracción que le producía la joven submarinista.
         No obstante también le parecía agradable al rubio Max una excursión marina, aunque fuera más partidario de disfrutarla sobre y no bajo las aguas, y pidió información a Diego respecto al lugar en que se podría alquilar una lancha fueraborda.
         El pintor le dio cumplidos informes y se adhirió también al proyecto de excursión marina. Pero doña Lola se negó en rotundo a embarcarse en la aventura de embarcarse, a pesar de los muchos esfuerzos que hizo Xana para torcer su opinión, pues también agradaba a la muchacha la perspectiva de balancearse sobre las olas. La actitud de su madre era como torpedear la barca antes de que se hubiera botado, y hasta un bombardeo con napalm en la línea de flotación de la felicidad que prometía el resto de la jornada.
         Por fin se pudo llegar a una componenda que a todos complaciera después de un escabroso debate que estuvo a punto de arruinar la dulzura de las confituras preparadas por la Abuela como postre. Los cuatro jóvenes se harían a la mar y alcanzarían la punta del peñón por el agua, al tiempo que dando un paseo por tierra llegarían hasta ella doña Lola, la niña y Diego. La chiquilla hubiera preferido correr también la aventura náutica, pero la madre de Xana no estaba dispuesta a caminar sola al lado de un varón, ¡faltaría más!, y la Abuela prefería la charleta con alguna vecina a cualquier tipo de paseos y demás zarandajas.

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