XXXVI
Pero no dejaba de ser un síntoma evidente de su regreso al mundo de los vivos, de capacidad para realizar movimientos autónomos, de que el corazón aún latía con fuerza dentro del pecho del artista venciendo la opresora resistencia de la maldita madreselva.
Doña Lola se puso a hablarle con la entonación y con las frases con que tan sólo se hubiera dirigido sin avergonzarse a un bebé de meses. En sus palabras se fundían la tristeza, el entusiasmo y el temor, y por sus todavía tersas mejillas se deslizaban unas lágrimas que eran también producto de esos sentimientos que embargaban su espíritu.
Felipe el Cuarto, notando al instante que la situación había cambiado, dejó su somnolencia, se puso a ladrar y salió corriendo de la habitación en busca del aire limpio que le reclamaba su instinto.
La Abuela también acudió junto a la cabecera de la cama y colocó su rugosa mano sobre la frente del pintor. Ésta ardía.
- Tiene una fiebre muy alta -rompió su mutismo la anciana-, buena señal, eso es que su organismo ha conseguido entrar en reacción y comienza a estar en condiciones de entablar combate con la pérfida planta.
- ¡Hola, Abuela! -musitó el enfermo con voz débil, pero jovial, aunque en un tono tan bajo que casi no se pudo apreciar su exclamación.
- La madreselva… otra vez -dijo la buena mujer, con pesadumbre.
- Comencé a sentir como comenzaba a bullir dentro de organismo allá arriba, en el peñón, pero pensé que está vez iba ser yo más fuerte que la planta -pronunció Diego haciendo un gran esfuerzo, que se hizo bien tangible en el copioso sudor que empezaba a orlar de brillantes perlas sus plateadas sienes.
- ¡Podía ser usted más explícito cuando tiene que comunicar sus íntimos sentimientos a una mujer, y participarle también de sus extrañas enfermedades! -exclamó doña Lola, empleando un tono maternal.
- Mis sentimientos traicionan con frecuencia mis deseos, o. quizá, son mis deseos los que traicionan mis íntimos sentimientos, que es probable que sea como apreciar dos facetas diferentes de una misma cosa -susurró él, logrando abrir un poco más los párpados.
- Ahora lo que te toca es descansar y no pensar en tonterías. -le aconsejó la Abuela-. La excitación no te va a favorecer para nada en la lucha contra la planta, sino, al contrario, te será muy perjudicial.
- Sí, vuelve a dormirte, que nosotras continuaremos velando tu sueño -le tuteó por primera vez doña Lola.
- ¿Dónde está Mairim? -preguntó Diego.
- Duerme plácidamente en compañía de Tuba y de mi hija -le informó ella.
- Son unas chicas guapísimas y atractivas, me gustaría tener veinte años menos para cortejarlas -bromeó él.
- Los hombres siempre igual, lo último que se les acaba es la malicia -comentó la Abuela.
- ¿Qué pretensiones tienes sobre Xana: de padre o de amante? -siguió la chanza doña Lola, y se humedecieron las mejillas del enfermo-. ¡Gran tonto! -exclamó ella con una entonación muy sentimental mientras le besaba en la frente, pudiendo comprobar que la fiebre la estaba convirtiendo la cabeza del artista en un lingote de acero al rojo vivo.
- Cesemos la chachara -propuso la anciana-, y no le dé usted más motivo a la madreselva para seguir creciendo.
- Las plantas acaban por agostarse cuando las abrasa un sol potente -repuso doña Lola, sin amilanarse, y dejó un beso en los ardientes labios del paciente.

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