domingo, 4 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXV


XXV

         Ajenos a la maraña filosófica que en la superficie se entretenían en tejer y destejer sus amigos, Tuba y Miles disfrutaban del silencio abisal de su paseo submarino. La muchacha dirigía la inmersión y conducía con complacencia a su amigo a través de las hermosas praderas del mar.
         Miles tuvo al principio un conato de pánico, provocado por el temor a que pudiera quedarse sin aire que respirar, y hasta estuvo tentado de volver a subir a la superficie y dar término a la aventura antes de haberla comenzado. Era un sentimiento muy lógico y que suele ser común a todos los principiantes, pero al poco de comprobar como con una simple aspiración de la boquilla se saciaban con creces las necesidades de oxígeno de su organismo llegó a olvidarse del medio extraño en que se encontraba, y pudo disfrutar del paisaje que se presentaba ante el cristal templado de sus gafas de buceo.
         Se encontraban sobre un fondo arenoso rico en algas verdes, ovas, lechugas de mar, bryopsis plumosas, entre las que se podían distinguir los bellos penachos de la doble corona de tentáculos branquiales de las sabellas pavoninas y las multicolores conchas de diversos tipos de moluscos bivalvos.
         Empezaron a descender y Miles sentía un fuerte y creciente dolor en sus oídos, agarró un brazo de su compañera para recabar su atención e intentó explicarle por señas las molestias auditivas que sufría. Ella pinzó sus dos propias fosas nasales con dos dedos haciendo ademanes de intentar estornudar y así Miles recordó que había olvidado realizar una maniobra necesaria para restablecer la presión en sus tímpanos, con lo que no se habían adaptado a la fuerza cada vez más potente ejercida por el agua sobre ellos. Un débil zumbido en cada oído le hicieron recobrar el bienestar.
         El descenso continuó sin más contratiempos hasta que llegaron al arenoso fondo y avanzaron von lentitud pegados a él, observando el maravilloso mundo que palpitaba junto a ellos. Bandadas de pececillos plateados los rodeaban y sobre sus escamas producían mil reflejos asombrosos los rayos del sol que tamizaba la masa del agua.


         Así continuaron su marcha hasta que el paisaje cambió por completo pues el fondo se hizo rocoso y variaron la flora y la fauna. Actinias y anémonas daban la nota colorista con los brillantes tonos de sus tentáculos, rivalizando en belleza con los frágiles spirografos. Los oscuros erizos levantaban sus aguzadas púas y un enjambre de cangrejos correteaban entre las piedras. Miles se encontraba alucinado por la cantidad de diferentes y variadas formas de vida que por allí pululaban.
         Un gran bulto rosado que se movía con lentitud les hizo detenerse entre sorprendidos y asustados. Se trataba de un pulpo adulto que se merendaba con placidez algunas docenas de almejas. Se apartaron con prudencia del territorio que dominaba el octópodo, no por miedo al peligro que pudiera representar un encuentro con el animal, ya que estos monstruos formales son en realidad inofensivos moluscos de gran timidez, que si alguna vez enganchan sus succionadoras sobre el cuerpo de un bañista lo hacen sólo por jugar con él, sino que más bien le evitaron por respetar la tranquilidad de su hábitat y porque no tenía ningún sentido malgastar sus reservas de aire comprimido en pueriles bromas con un vulgar cefalópodo cuando tanto les quedaba aún por ver y observar allí abajo.
         Prosiguieron su paseo y poco después una abrupta pared vertical les cortó el camino. Se apercibieron que hacia la derecha se pronunciaba la sombría profundidad y Tuba se dirigía hacia allá, arrastrando con ella a su compañero. Se trataba de una horadación en la roca del acantilado que se adentraba varios metros bajo la masa del peñón, era una gruta natural excavada en la dura piedra por la continua erosión de las olas marinas. Huidizos bancos de pequeños y alargados pececillos plateados escaparon raudos y asustados al descubrir la presencia de los dos grandes intrusos invasores que perturbaban la serenidad de su refugio. Al resguardo de las tempestades había proliferado sobre los submarinos paramentos de la caverna una exuberante vida vegetal y animal, desarrollándose miles de diferentes especies a cual más extraña, y en tales cantidades que daban al acantilado un aspecto de abigarrada pared rococó. Desde su umbría morada observaban a los amigos los redondos y atentos ojos de un majestuoso mero de grandes proporciones. Un poco más allá toparon en una oquedad con los afilados colmillos de un feroz congrio; la pareja se apartó con presteza del desapacible lugar, pues este voraz tragón no es saludable compañía para nadie, y se encontraron con una nutrida colonia de hermosos y brillantes corales rojos, que dejó deslumbrados con su belleza a Tuba y Miles. El tuvo la tentación de echar mano a una artística falsa rama cuya conformación le atraía en particular, pero su compañera, con razonable opinión, se lo impidió, pues conocía muy bien como la sobrepesca de estos preciosos octocoralarios para su utilización en joyería ha puesto a la especie en un grave peligro de extinción. Más tarde ya habría tiempo y ocasión para poder explicar al amigo los motivos que le impulsaban a impedirle llevar a cabo su deseo, y que él los comprendería, ahora se limitaba a apartarle con amabilidad de los tentadores esqueletos calcáreos que lucían in brillante carmín.
         Descendieron todavía un poco más y descubrieron entre las rocas del fondo un pequeño lecho arenoso producto de los sedimentos, sobre el que ejercía sus dominios una voluminosa langosta de largas antenas, que corrió con sus articuladas patas a esconderse entre las piedras cuando se apercibió de la llegada de los visitantes.
         Éstos tomaron asiento sobre las finas arenas y se pusieron a jugar a acariciarse las yemas de los dedos en una suave y plácida delectación táctil. Después Tuba se apartó la boquilla de aire de los labios y se la ofreció a su compañero. Miles se resistió, en principio, a desprenderse de la suya para chupar de la que le entregaba su adorable amiga. Apretaba la goma de la propia boquilla con firmeza y Tuba, que se estaba quedando ya sin respiración, tuvo que volver a inhalar una bocanada de aire, y se la volvió a ofrecer. Por fin fue más fuerte el deseo de tener entre sus dientes un objeto que ya había estado en la boca de ella que el temor a perder para siempre su biberón de oxígeno y aceptó el intercambio.
         Quiso el muchacho aspirar antes de haber expulsado el aire que tenía en sus pulmones y se tomó un buen trago de agua salada, lo que le provocó una convulsa tos que obligó a reír a Tuba, hasta el punto que ella también probó la amarga salobridad de las aguas marinas. Pero pudieron serenarse y repitieron el intercambio de las boquillas varias veces, encontrando su entretenimiento divertido y placentero. Luego, abrazados y chupando cada cual del aire comprimido de la botella que cargaba el otro, emprendieron el lento ascenso hacia la superficie, dichosos y contemplando como los tonos del agua iban variando progresivamente de luminosidad según se aproximaban al sol directo de la tarde.
         La violenta irrupción de los submarinistas al espacio exterior asustó a una bandada de gaviotas, que en los recovecos de la gruta se protegían de los rigores del calor, provocando que levantaran su vuelo todas a la vez, produciendo un gran estruendo con el rápido batir de las blancas alas y el agudo chillido de las alarmadas gargantas.

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