sábado, 17 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXXVII


XXXVII

         No paró de llover en toda la noche, pero ahora el repiqueteo de las gotas de agua al chocar contra las aristas de las rocas parecía como un canto alegre sabiendo que Diego había recobrado por lo menos las fuerzas suficientes como para mantener una corta conversación.
         Ahora reposaba placidamente, con una respiración natural, aunque la fiebre no le bajó ni el turno de vela que siguieron las chicas ni cuando fueron relevadas por los muchachos.
         Del mismo modo le encontró Agamenón cuando vino a traerles la leche recién ordeñada de sus vacas poco después de amanecer, y en el mismo estado permanecía cuando vinieron a visitarle los músicos de la orquestina y Alberto, rayando ya el mediodía. Y se pasaron un buen rato entreteniendo a una inquieta Mairim que no acababa de quedar convencida de la mejoría de su padre.
         Como la cansina garúa continuaba cayendo impasible no era cuestión de salir de la mansión y, como para templar los nervios femeninos no hay invento mejor que la actividad, se dispusieron jóvenes y mayores a hacer un zafarrancho de limpieza, sin saberse muy bien de quien partió la idea.
         - El estudio de Diego: ¡ni tocarlo! -les advirtió la Abuela.
         El sol, oculto bajo un espeso telón de nubes grises lacrimosas, hacía ya algunas horas que había comenzado su declinación cotidiana hacia el horizonte cuando la Abuela consideró, por su cuenta y riesgo, que tanto dormir seguido sin tomar alimento no podía ser bueno, y se fue sin más hasta la cama del enfermo dispuesta a despertarle. Pero Miles, que a la sazón se estaba dedicando a sustituir los restos de unos cirios casi consumidos por otros nuevos, intentó impedírselo, y con el ruido de la soterrada discusión entre la anciana y el joven se despertó el enfermo, quejándose de lo mal que olía su habitación y de que estuvieran cerradas las puertas y ventanas.
         - Siempre me ha gustado dormir con las ventanas abiertas, aunque haga mucho frío, prefiero helarme a sentir el agobio de estar en un espacio clausurado -susurraba con ronca voz.
         Max trató de calmarle y explicarle, empleando el menor número de palabras posibles, las causas y motivos que habían provocado el que el dormitorio se encontrara en aquella situación. Pero Diego no atendía a los buenos razonamientos de de su joven amigo y pretendía levantarse de la cama y abrir el mismo las ventanas. La Abuela, que siempre había considerado más práctica la razón de la fuerza que la fuerza de la razón, le volvió a meter a empujones entre las sábanas sin atender las protestas del débil enfermo.
         - ¡Bastantes quebraderos de cabeza nos estás dando ya con tus enamoramientos y tus madreselvas para que además te empeñes en pillar ahora una neumonía! -refunfuñaba la viejuca.


         Al fin consiguieron sosegar a Diego y acondicionar su mente tumultuosa a la lamentable y apagada situación en que se encontraba su cuerpo. Miles pudo comprobar que le había bajado bastante la fiebre, y como su pulso iba alcanzando un ritmo normal, pero en la pronunciada opacidad de sus pupilas y en los demacrados y violáceos rasgos de su rostro se podía leer con claridad que la enfermedad se encontraba lejos de estar dominada.
         Mairim, al enterarse de que Diego había despertado, entró como un relámpago en la habitación y se lanzó de un salto sobre el pecho de aquel hombre a quien tanto quería, y al que consideraba su padre. Fue una escena tan espontánea y tan llena de ternura que produjo que se conmoviera hasta el corazón apergaminado de la Abuela.
         El cielo, por su parte había decidido no dejar de regar la isla en todo el día, y la lluvia proseguía cayendo sin cesar, tan menuda como al principio, pero ya mucho más cansina, como aburrida de su impasible continuidad.
         Las visitas al enfermo fueron un río durante toda la tarde, pues eran muchos y buenos los amigos que el pintor se había forjado entre los moradores de la isla gracias a su carácter amable, simpático y desprendido. Los visitantes entretenían con sus amenas charlas el descanso obligado del doliente, y también el encierro de los forasteros, que entre la enfermedad del amigo y el mal tiempo se encontraban también atrapados en el interior de la casa.
         También acudieron a visitarle Nadia y Vanesa, que de paso le trajeron el correo. Y así tuvo ocasión de presentar a los forasteros a la piloto y a su amiga, que no ocultaban para nada que eran pareja. Vanesa era rubia, de rasgos angulosos, piel curtida y ademanes recios, y presentaba el carácter de una persona que se había hecho a sí misma con grandes esfuerzos; Nadia, como ya le contara Diego a doña Lola en el peñón, tenía un gran parecido con Ava Gardner, con sus cabellos ébano y sus grandes ojos verdes.
         - Las conocí en Samarcanda, en una situación un tanto complicada que ya os contaré para amenizar alguna velada, en parte están en la isla por mi causa.
         - Ahora lo que tienes que hacer es descansar y reponer fuerzas -la voz de Vanesa siempre tenía un acento autoritario.
         - Sólo hemos pasado un momento a verte, tenemos que seguir repartiendo el correo -le dijo Nadia con dulzura, y le dio un beso en la frente-. ¡Cuídate!
         No había acabado de salir la pareja compañera de Mercurio cuando irrumpió como un estallido la gran humanidad de Eduardo, el concejal de Turismo.

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