XXXII
Junto con el pintoresco doctor partieron los músicos de la orquestina y Alberto, camino de continuar sus respectivos trabajos, y en la mansión de las rocas se quedaron tan solo nuestros desconsolados amigos haciendo compañía a Diego y aventurando conjeturas sobre las posibles causas que habían provocado el reverdecimiento de su adormecida enfermedad.
El artista continuaba sin recobrar el conocimiento y doña Lola hacia culpable de su malestar al frío champán, los más a la agitación con que habían transcurrido los dos últimos días, y hubo hasta quien aventuró que se debía a la pureza del aire que había respirado a raudales en la cima del peñón.
Mimi no dio la suya, pero permanecía quieta y acurrucada en el suelo a los pies de la cama, participando del dolor reinante. Estaba pegada a Felipe el Cuarto, pues el mastín en cuanto olfateó que algo no marchaba como era lo habitual, y que su dueño se encontraba en algún peligro, no quiso apartarse de su lado.
Como la inactividad les exasperaba, de la discreta expresión de los pareceres se paso a una acalorada controversia entre los que opinaban que había que seguir las indicaciones del médico a pie juntillas, y dejar bien ventilada la habitación, y los que, por el contrario, mantenían que los criterios del doctor estaban por completo equivocados, y que lo más conveniente era suprimir en todo lo posible el aire de la estancia.
Entre quienes mantenían con mayor ardor esta última tesis estaba Xana que se obstinaba en seguir denominando al médico como “piojo con gafas y sombrero”.
- Pero, ¿cómo puede ninguna persona sensata hacer caso de las prescripciones de “un pequeño piojo con gafas”, que habla de una enfermedad que puede ser mortal para un amigo estimado por todos con la relajación de un locutor de radio dando el parte meteorológico?- argumentaba la muchacha.
Tuba la contradecía, defendiendo la causa de la ciencia, y Miles, claro, aún siendo partidario de la opinión de Xana, se adhería al parecer que defendía la mujer que le tenía prendado como a un tortolito. Y el debate no avanzaba, hasta que a Max se le ocurrió, recordando las asambleas universitarias, que el destino del amigo común se decidiera de una forma democrática por votación a mano alzada. Miles objetó que el artista enfermo nunca había sido partidario de votaciones, sino de acuerdos consensuados por todos los participantes mediante el convencimiento a los adversarios, y se volvió a caer en un impás del que nadie sabía cómo salir.
A Xana se le ocurrió una forma que posibilitando lo propuesto por su enamorado tampoco contradijera las opiniones contrarias.
- Nadie tiene por qué acatar la dictadura de la mayoría, pero sólo si se lleva a cabo la votación podremos llegar a saber de alguna forma cual es la opinión de cada uno.
- Por votar tampoco se pierde nada y es necesario que la decisión se tome con premura en beneficio de la salud de nuestro amigo -aceptó Miles.
El silencio de los demás fue suficiente para que se diera por aceptada la votación. El resultado del comicio se decantó de parte de los que se inclinaban por la rescisión del oxígeno, más por la mala opinión que había causado el estrambótico doctor que por poseer ninguno un criterio fundamentado científicamente sobre el particular, lo que no deja de ser una característica típica de los resultados de cualquier proyecto asambleario, en el que se suele considerar más las personalidades de quienes defienden una tesis que la sustancia de la cuestión tratada.
Miles, libre ya de seguir su propia opinión contraria a la de su amada, gracias al resultado de la votación, acabó por convencerla de que puestos a correr riesgos y responsabilidades mejor permanecer todos unidos en la opinión mayoritaria.
La noche había cerrado ya en el exterior, y en la habitación donde dormía, o agonizaba, Diego reinaba la más completa oscuridad, por lo que Miles se vio obligado a encender un fósforo para poderse alumbrar mientras caminaba hacia la salida. La pálida luz de la cerilla le iluminó el cerebro, y se detuvo para contar a los demás la idea que se le acababa de ocurrir mientras soplaba los dedos que le habían comenzado a quemar los restos del mixto.
- ¡La combustión necesita un gran caudal de oxígeno para que se pueda llevar a cabo! -anunció maravillado a los otros, que consideraron la apreciación elemental y no acababan de comprender por qué asombraba tanto al amigo aquella trivialidad.
Pero Miles les alumbró con una somera explicación de lo que se le acababa de ocurrir, y pronto se movilizaron todos con la esperanza renacida. ¡Más temprano que tarde acabarían para siempre con el maldito vegetal que estaba acabando con la vida de su amigo!
La vela de cera era el artilugio perfecto: quemaba oxígeno y proporcionaba una débil iluminación. Así que se proveyeron de cuanto cirio encontraron por la casa y algún otro que la Abuela pidió a las vecinas, y formaron en torno a la cama un bosque de oscilantes llamas. ¡La fementida enredadera no podría resistir por mucho tiempo aquella atmósfera enrarecida y atufante que olía a celebración funeraria!
La cuestión trascendental consistía en saber si la podría resistir el pintor enfermo, pues si, en verdad, el ambiente pestífero del cuarto clausurado era capaz de marear a sanos cuanto más no podría aturdir el cerebro del doliente.
Las chicas convencieron a Mairim, que ya comenzaba a marearse, para que las acompañara a su dormitorio, y al fin obedeció tomando en sus brazos a Mimi. Así que quedaron solos Diego y su fiel perro, pues fue vano cuanto esfuerza hicieron para que les acompañara fuera de la estancia. Cuando los canes se ponen tozudos no hay animal que les iguale…
Diego persistía en su profunda somnolencia, con una beatífica sonrisa pintada en el rostro. Es posible que en medio de la laguna Estigia la nave de su pensamiento enfilara hacia un mundo magnífico y lleno de colorido donde todos los humanos disfrutaran de un amor sin medida bajo el sol radiante de la libertad.
La Abuela quiso ponerse a preparar cena para reconfortar a los viajeros, pero intentaron convencerla de la inutilidad de sus propósitos. El apetito se debía de haber marchado a hacer compañía al astro que deambulaba por el hemisferio terrestre opuesto al de aquella entristecida residencia. Y la espléndida alegría que enseñoreó la cueva se había marchado de contubernio con la esfera dorada. Pero no el afán de la buena mujer.
- Es que no sé estar mano sobre mano, me disculparán pero subo a la cocina a preparar una buena olla, si no se cena esta noche se puede desayunar mañana…

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