sábado, 10 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXX

XXX

         Tras de brindar con el espumoso, a alguien se le ocurrió la idea de que todavía daba tiempo, antes de que el sol se pusiera del todo, de bajar a la playa a jugar un rato al peto. Y la ocurrencia cayó en terreno abonado pues los más la acogieron con entusiasmo y salieron en estampida a marcar las líneas y las cruces sobre la nieve.
         Max y Miles se autonombraron capitanes de los dos equipos que iban a litigar, y echaron a pies para ver quien sería el primero en elegir a los componentes del suyo.
         - ¡Pisa y pasa! -gritó Miles con la alegría que le proporcionaba el haber obtenido la prioridad en elegir, al tiempo que sus pies demostraban la veracidad de sus palabras. Y comenzó su elección de una forma práctica al escoger en primer lugar para su equipo al fornido batería.


         Max se decidió por lo romántico, y se decidió por Xana. Miles optó después por la cortesía y eligió para su bando a doña Lola. Max se hizo con Diego y su amigo se decidió por fin a tomar a Tuba, que ya empezaba a dar muestras de una cierta ofuscación por la tardanza en ser escogida. Los tres músicos restantes completaron los equipos y se pasó, sin más dilación a comenzar el juego. Que fue movido, interesante y competido desde el primer momento. Iban ganando los de Miles por tres anticipaciones a dos, a pesar de que la salida había correspondido al bando de Max. Pero doña Lola había sabido mostrarse dotada de una agilidad inusual tanto para sus kilos como para su edad, y había sabido elegir la ocupación de las cruces más perjudiciales para el equipo contrario.
         Diego, decidido a conseguir el empate, abandonó su aspa y cruzó con presteza las dos líneas que separaban los campos adversarios. Hubo el consabido movimiento browniano entre todos los jugadores que ocupaban las líneas enemigas, y fue el mismísimo Miles quien se arriesgó a pasar al campo opuesto con rapidez, pero los demás no tuvieron los reflejos suficientes para hacerse con la cruz que la muchacha había dejado libre y Diego ya estaba a punto de alcanzarla.
         Entonces sufrió un desvanecimiento, y rodó por tierra.
         En un primer momento se pensó que la caída había estado provocada por un mal paso sobre la resbaladiza arena, pero al comprobar que el artista permanecía tendido sin hacer ningún ademán de intentar incorporarse cundió la alarma y se interrumpió el juego para correr en su auxilio.
         El hombre se encontraba sin respiración, y su pulso era apenas perceptible. Debía tratarse de un infarto o se algún síncope de similar naturaleza. Se formó la típica escena histérica y turbulenta que suele acompañar a semejantes sucesos. Las mujeres gritaban y lloraban, los hombres meneaban al lesionado sin poner demasiada convicción en lo que estaban haciendo o daban vueltas sobre sí mismos sin sentido, víctimas de su propio anonadamiento.
         La gente que andaba por los alrededores contemplando el desarrollo del partido o, simplemente, disfrutando de la suave brisa de la tarde, se arremolinó entorno del accidentado contribuyendo a potenciar el caos creado.
         - ¡Hay que buscar con urgencia un médico! -atinó a pensar Tuba.
         La gente se miraba entre sí, interrogando con los ojos a los vecinos más próximos sobre si alguno de los presentes ejercía la profesión requerida. Pero ninguno de los congregados debía de ser facultativo en medicina, porque nadie se echó para delante a socorrer a Diego, que, bien por su propia cuenta o como consecuencia de los masajes que le daban por un lado y por otro, había recobrado ligeramente la respiración, aunque permanecía inconsciente.
         Alberto se acercó al corro para intentar averiguar cuáles habían sido los motivos que habían provocado aquel alboroto, y al tener conocimiento de de su lamentable causa se puso con presteza a dar órdenes encaminadas a favorecer la salud de su amigo. El hospital más cercano se encontraba bastante lejos y, además, no parecía demasiado conveniente mover mucho al enfermo, así que lo más oportuno sería llevar a Diego a su cercana vivienda, y que alguien partiera raudo en busca de uno de los doctores del hospital. Max se ofreció voluntario para llevar a cabo esta última misión, y el contrabajo, que decía conocer muy bien el camino al centro médico, se le unió, saliendo los dos al galope en busca del todoterreno. Los otros improvisaron una rudimentaria parihuela con un par de las sombrillas del chiringuito y con unas toallas de los que tomaban los últimos rayos del sol vespertino. Miles y el batería se habilitaron de porteadores mientras que Alberto despedía con cajas destempladas a los inútiles curiosos.
         - Ya se acabó la función, puede cada cual volver a sus habituales quehaceres -y alguno que se sentía remiso a seguir sus indicaciones se llevó un sonoro bandejazo que lo acabó de poner al loro.
         En esto estaban cuando apareció por la playa Mairim, correteando a la cabeza de un grupo de chiquillos de su edad, y antes de que la pequeña pudiera enterarse de nada de lo que allí estaba sucediendo fue llevada en volandas por Xana y Tuba, que le repetían una y otra vez que allí no pasaba nada y que no tenía por qué preocuparse, habituales frases de consuelo que han adquirido, al estereotiparse, la facultad de poner sobre ascuas hasta a las personas de más templados nervios, pues sólo acostumbran a ser pronunciadas después de haber acaecido alguna tragedia. Así que la niña no pudo por menos que ponerse a sollozar con amargura, aún desconociendo las razones que motivaban su llanto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario