martes, 13 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXXIII


XXXIII

         Los esfuerzos de las chicas por entretener a Mairim resultaron vanos. Y mohína y triste acabó por encontrar en el calor de Mimi, que se acurrucó junto a ella sobre la cama de Xana, el bálsamo para quedarse dormida.
         El silencio se fue apoderando poco a poco de la casa. Los jóvenes estaban poco ocurrentes aquella triste velada, y doña Lola bastante pendiente de sus propios pensamientos. Tenía una punzante duda que no la dejaba alcanzar el sosiego y que le provocaba un sufrimiento tenue pero constante. Después de un rato de callado combate espiritual se decidió a encaminarse hasta la cocina en busca de la Abuela, donde la mujer se aprestaba a preparar un sustancioso caldo de carne y verduras con intención de reanimar el abatimiento de los sanos, y en cantidad suficiente para que quedara una reserva para reconfortar al enfermo cuando despertase, ya que la buena mujer tenía absoluta confianza en que Diego se recobraría de su postración.


         La Abuela estaba enredada con los aliños de su olla cuando doña Lola entró en la cocina, y no dio la menor muestra de advertir la presencia de la dama. Las palabras arañaban la garganta de doña Lola como si una miríada de inquietos crustáceos atrapados en una hoya se tratase, pero se negaban a llegar hasta su boca y alcanzar la liberación. Estaba convencida de que la respuesta de la anciana a la pregunta que no se atrevía a formular no haría sino aumentar sus propios temores y acrecentar el sentimiento de culpabilidad que la atenazaba.
         - Perdone, señora -balbució al fin, y la aludida abandonó el fogón para atenderla, y notando el abrumado gesto que presentaba su cara no hizo necesario que se formulara la pregunta para exponer la respuesta.
         - La anterior crisis le cogió al Diego a poco de enamorarse de mi hija -dijo la anciana con voz serena, mientras se secaba las manos en el delantal, y prosiguió-, no sé ni cómo, ni dónde, ni cuándo se le colaría la madreselva dentro del organismo. Es un hombre muy trabajado, ha viajado por lejanas regiones y ha soportado muchos percances y aventuras…
         - Entonces, ¿usted me cree responsable del reverdecimiento de su enfermedad? -la interrumpió doña Lola, poniendo en la pregunta toda su alma.
         - …Ha conocido mucho mundo, y a muchas personas diferentes y extrañas, a demasiadas. La isla se ha convertido en un refugio para su espíritu agitado. Cuando llegó aquí huía de algo, o de alguien, o tal vez tan sólo de su propia vida pasada, pero estaba fuerte como un roble. Entonces conoció a mi hija, que a la sazón comenzaba a ayudar a dar los primeros pasos a Mairim…
         - Pero, ¿la niña no es hija natural de Diego? -preguntó en vano doña Lola, porque la Abuela continuó con el tema que había comenzado.
         - …Y a los pocos días le dio un ataque similar al que le ha arreado hoy. No se enamora con frecuencia, pero cuando lo hace esa pérfida planta causa estragos en su organismo. No, no tiene usted ninguna razón para atormentarse, ni a usted le cabe ninguna responsabilidad sobre su mal ni a ninguna otra persona que conozcamos. Con cierta frecuencia me recita Diego un pasaje de un libro, creo que se llama “La Odisea”, un texto que hace referencia a una bruja que hechizaba a los navegantes enamorándoles con su belleza y sus malas artes mágicas. Pudiera ser que la maldita enfermedad tuviera un origen de parecida naturaleza.
         - Le aseguro que yo no hice nada de una forma consciente por que Diego se enamorara de mi. Tal vez admiré su fuerte personalidad desde el primer momento en que le conocí, pero procuré que nadie, y menos él, lo advirtiera. Hasta en algún momento me llegué a comportar de una forma un tanto desagradable en un intento de no dejarme llevar por los sentimientos.
         - Diego no necesita que nadie le indique nada, ya habrá oído usted en a menudo que la intuición es una cualidad primordial en los artistas. Mi hija con todo el asunto del embarazo y el parto de la niña se desmejoró mucho, y cuando la conoció Diego estaba escuálida y ojerosa, pero él no se enamora de un cuerpo magnífico o de una fisonomía agraciada, sino que se siente atraído por algo que le magnetiza desde el interior de la persona, se enamora de un carácter y de unas cualidades morales.
         - Y, ya ve usted lo mal que le sientan este tipo de enamoramientos. Siempre había pensado que era una broma cursi esa costumbre que hay de decir que una persona se moría de amor…

No hay comentarios:

Publicar un comentario