domingo, 11 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXXI


XXXI

         Apenas hacía unos minutos que habían acomodado a Diego en su lecho cuando regresaron Max y el músico acompañando al doctor. El todoterreno había literalmente volado sobre los angostos caminos como lancha que se desliza sobre las olas del mar.
         Era el matasanos un hombrecillo enclenque y diminuto de unos cincuenta años, con unas gruesas gafas doradas y un ridículo bigotillo blanco. Llevaba calado hasta las cejas un elegante sombrero de fieltro negro del que se empeñó en no desasirse ni siquiera para poder auscultar con mayor comodidad al enfermo, con lo que dejó a toda la concurrencia con las ganas de saber de color era su cabello o si era calvo, y de tenerlo si coincidiría con el de su bigote o con el de sus cejas, de un rojizo muy subido de tono para ser natural.
         Las palabras que pronunció con mucha seriedad, tras de una atenta y prolongada observación del paciente, no hicieron sino confirmar la predicción vaticinada por la Abuela nada más verle aparecer tumbado sobre la improvisada camilla.
         - Este hombre tiene una espléndida madreselva en sus pulmones –afirmó el sabio.


         - ¡¿Cómo?! -se admiró a coro toda la reunión, aún los que ya habían escuchado el mismo veredicto en los labios de la Abuela, pues no habían tenido en cuenta para nada las palabras de la buena mujer, achacando la chocante opinión a problemas de senectud.
         - Lo que ustedes han oído: se trata de una madreselva. Si les produce una mayor ilusión científica se lo puedo repetir con su nombre latino: una Lonicera periclymenun, hermoso arbusto trepador de hojas ovales y flores amarillas con corola resupinada. Una planta muy común en estas latitudes, y muy bella, que en estos momentos rodea el corazón del paciente y no permite que se realicen las funciones propias de esta víscera maravillosa con toda la intensidad que sería menester.
         - ¡Es la primera vez que oigo una cosa así! -exclamó doña Lola sin poder reprimir su estupefacción.
         - No es una enfermedad muy corriente, desde luego -explicó el médico-, pero puedo asegurarle, distinguida señora, que las conozco mucho más extrañas.
         - Y, ¡cómo habrá podido llegar la madreselva hasta el pecho de nuestro amigo?, si me permite la pregunta, señor doctor -interrogó Miles, que no acababa tampoco de dar crédito a lo que había escuchado.
         - Desde luego que dentro de una maceta -dijo el interpelado empleando un tono sarcástico bastante desagradable, pero al notar la actitud agresiva con que se dirigía Miles hacia él dispuesto a echarle las manos a la garganta para obligarle a tragar unas gracias tan fuera de lugar, cambió con presteza de tono y se dispuso a dar una explicación más seria y científica-. Lo normal es que se introduzca dentro del organismo en forma de semilla, bien a través del torrente sanguíneo o bien por las vías respiratorias, al ser inhalada junto con el aire.
         - ¡Qué curioso! -exclamó Max.
         - ¿Es una enfermedad peligrosa? -preguntó Xana.
         - En extremo -respondió el médico sin pararse a medir el rotundo y terrible alcance de sus palabras, que hicieron demudar la color del rostro de cuantos estaban en la habitación-. Pero la señorita no tiene nada que temer, porque está enfermedad, por sus propias características, no es contagiosa en absoluto -prosiguió el sabio con amable expresión.
         - Ah, sí! -se irritó Xana-, ¡pequeño piojo con gafas! Me dice usted tan tranquilo que no tengo nada que temer cuando un buen amigo nuestro está al borde de la muerte por culpa de una asquerosa planta.
         - Disculpe usted sus palabras -creyó conveniente interrumpir Max-, querido doctor, son las típicas exaltaciones que acompañan a estos sucesos tan enervantes. La crisis de Diego ha tenido un desarrollo tan imprevisto y rápido que estamos todos profundamente afectados. Pero, ¿es cierto que su estado es tan grave?
         - A pesar de todo la señorita podía cuidar un poco su lenguaje, parecen tan finas y luego te salen por peteneras -dijo el médico sin atender las palabras de Max, todavía dolido por el insulto, que no debía de ser la primera vez que había escuchado, ya que su cabeza tenía una forma un tanto apepinada hacia arriba, tipo bala de cañón, y sus incisivos superiores se adelantaban sobre el labio inferior cuando hablaba.
         - Le ruego en nombre de todos que sepa que sepa disculpar y olvidar el incidente, y tenga a bien responder a mi pregunta, por favor -rogó Max.
         - La enfermedad que nos ocupa no es mortal en todos los casos, pero para conseguir sanarla sin que queden lacras se requiere que se la preste mucha atención y que el afectado tenga una estricta disciplina. Reposo, buenos alimentos, costosas medicinas…
         - ¡Este hombre se cuida tan poco! -se dolió la Abuela.
         - Permítame una pregunta, buena mujer, ¿por casualidad no conocería ya el paciente que se encontraba atacado por este mal? -preguntó el doctor a la Abuela.
         - Claro que sí. hace algunos años que le dio un arrechucho parecido, y tuvieron que venir también los doctores a atenderle. Todavía vivía mi querida hija. Le pusieron a Diego un tratamiento y le recetaron muchos medicamentos… pero en el momento en que se sintió un poco mejorado dejó de tomar los fármacos y se olvidó de llevar el régimen. Como desde entonces no había vuelto a sentir ninguna molestia pensamos que la enfermedad había curado por completo, y ya ve usted…
         - Naturalmente que veo muy bien, mi buen dinero me han costado esta antiparras que llevo puestas, y hasta tuve que viajar hasta el continente para mercarlas, pero creo que está fuera de lugar parlotear sobre mis problemas visuales. Centrémonos en el enfermo, que es el objeto de mi visita. Les extenderé dos o tres recetas de costosísimos medicamentos, y no es que tenga un carajo de fe en la bondad de estas sustancias químicas, pero siempre tienen una magnífica utilidad indirecta, pues cuando el paciente se da cuenta de lo caro que le sale seguir manteniendo su enfermedad pone de su parte todo lo posible para acabar con un mal que tiene que costear a un precio tan elevado -explicó, mientras todos atendían sus extrañas y variopintas expresiones, y continúo-: Bien, lo más importante es que el enfermo se mantenga en un reposo absoluto y que la habitación en que descanse este muy bien ventilada y oxigenada, así la planta acabara por comprender que es una tontería por su parte obcecarse en seguir generando oxígeno mediante la función clorofílica y llevará una vida mucho menos agitada. Luego una abundante alimentación muy rica en cal, como ustedes saben en los terrenos yesíferos no crece ninguna planta, completará el tratamiento. ¿De acuerdo? -preguntó dando por terminada su disertación.
         - Todas sus sabias indicaciones serán cumplidas punto por punto, señor doctor -respondió Max haciéndose portavoz de todos.
         - Allá ustedes con su responsabilidad si no lo hacen así, servidor con dar el diagnóstico y poner el tratamiento adecuado ya pongo a salvo mi conciencia profesional y humana. Y, sobre todo, que la habitación tenga la menor luz posible. Una madreselva no es un champiñón, y si la planta no tiene la suficiente luz para poder desarrollar sus funciones vitales ya hará por emigrar hacia regiones más luminosas. Ahora háganme el favor de prestarme una buena pluma y poner a mi disposición una mesa bien plana.
         - ¿Para extender las recetas? -preguntó Tuba con inocencia.
       - Eso después, primero tengo que presentar la minuta con mis honorarios. Hay veces que con tanta receta y otras zarandajas al final se me olvida cobrar mi trabajo durante la visita, y luego cuesta un triunfo que te lo coticen, en particular si se tiene la desgracia irreparable de que en este lapso de tiempo fallezca el paciente…

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