jueves, 15 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXXV


XXXV
         Y seguían con sus disquisiciones literarias cuando entraron la Abuela y doña Lola portando sendas bandejas con humeantes tazones de caldo.
         - Aunque no se tenga apetito una buena taza de consomé siempre puede reconfortar un estómago -afirmó la anciana-. En el mueble-bar guarda Diego una botella de Jerez, si quieren echar un chorrito…
         Se distribuyeron los tazones y Miles se encargó de buscar la botella.
         -Está noche, con la que está cayendo, habrá poca animación en el chiringuito –estimó Max, por construir un tono sonoro que diera la posibilidad de construir una nueva conversación.
         -La jornada ha terminado mal para todos –comentó Tuba, intentando proseguirla.
         -Esta lluvia es magnífica para los campos –contradijo su opinión la Abuela-, seguro que Agamenón se encuentra ahora mismo dando saltos de alegría bajo el orvallo. Bueno –recapacitó -, si no es que ya le han enterado del mal que ha postrado en el lecho a su buen amigo. Porque los paisanos de esta isla, aunque demos una primera impresión de ser gente zafia y ruda, tenemos un fondo muy sensible y nos conmueve hasta los tuétanos cualquier desgracia que sufra algún conocido.
         - Le ha salido un caldo magnífico -apreció Doña Lola.
         - Está muy sabroso, gracias Abuela -le quitó las palabras de la boca Max a Xana, que lo cambió por un:
         - De veras -y una amplia sonrisa.
         Terminado el condumio, y las apreciaciones referentes a él, el silencio volvió a cristalizar la sala.
         Que al poco rompió Miles con una apreciación bastante lógica.
         - Bien, no tiene mucho sentido que prolonguemos por más tiempo esta velada. Podríamos hacer turnos para vigilar el sueño de Diego, y que el resto se retire a descansar, me propongo para la primera imaginaria.
         - Yo me pienso quedar al lado del enfermo toda la noche -anunció doña Lola, liberándose de cualquier prejuicio.
         - No está la situación para que cada cual quiera andarse por su lado con protagonismos y sensiblerías. Opino que el muchacho ha hablado con mucho sentido y que es lo mejor para todos. Lo mismo con la falta de descanso, y tras los agitados sucesos que nos ha deparado la jornada, le da a cualquier otro por caer también enfermo. Me subo a la cocina a preparar un puchero de café para que el que vele no se quede dormido -y, sin más, la Abuela se dio la vuelta y salió de la estancia.
         - Mira que ojeras más pronunciadas tienes, mamá, necesitas dormir con más urgencia que los demás -aconsejó Xana a su madre.
         - En el estado de agitación en que me encuentro sería incapaz de pegar un ojo en toda la noche -sentenció ella.
         - La situación en que se encuentra Diego no parece ser tan delicada como para que se tenga una alarma extrema. Tal vez todo lo que padezca sea un estrés, y lo de la madreselva sea tan sólo una metáfora que se ha inventado nuestro estrambótico doctor para justificar su abultada minuta -se le ocurrió decir a Max para serenar los ánimos.
         - Hay enfermedades tropicales de muy rara factura, mejor no hagamos conjeturas frívolas -pronunció Tuba, muy seria.


         - Sólo intentaba quitarle hierro al asunto -se disculpó Max.
         - En cualquier caso no tengo intención de irme a acostar hasta que le haya visto abrir los ojos de nuevo -pronunció con tozudez doña Lola.
         - Si su deseo es tan ferviente consentiremos en que le vele durante el primer turno. Pero después de dos horas deberá dejar que otros la sustituyan.
         - Luego ya veré lo que hago, de momento me quedo, esperaré a que la Abuela baje con el café, os podéis retira a descansar.
         - ¡Estamos tontos! -le recriminó Miles a Max-. La Abuela debe estar rendida de cansancio y nosotros aquí holgando, ¡vayamos a ayudarla!- y dando un furtivo beso en los labios a Tuba salió de la estancia.
         - Tienes razón, hermano, te acompaño- y sus labios rozaron los carnosos labios de Xana, en un amoroso buenas noches.
         - Niñas: ¡pórtense bien y descansen! -despidió doña Lola a las muchachas.
         No se quedó mucho espacio sola, porque casi no habían salido las chicas cuando entraban portando sendas bandejas Max y Miles seguidos por la Abuela, que traía un infiernillo eléctrico para que el café se pudiera calentar en tiempo a gusto de los velantes.
         - Nos tienen a su plena disposición para cualquier novedad o evento que pueda surgir- se despidieron los muchachos.
         La viejuca y doña Lola dispusieron un par de sillas junto a la cabecera de la cama del enfermo y se sentaron en silencio. La atmósfera de la cerrada habitación era absolutamente irrespirable. Felipe el Cuarto de vez en cuanto levantaba la cabeza y daba un bufido como si estuviera sufriendo una pesadilla, para serenarse después y rebobinarse sobre sí mismo. El profundo olor de la cera quemada se agarraba a las gargantas de las dos mujeres, pero lo aguantaban con resignación, sin la menor queja, pues estaban convencidas de que aquello sólo era un pequeño sacrificio para ellas que resultaba muy beneficioso para la salud de aquel hombre, tendido e inmóvil, al que cada una de ellas estimaba de una manera muy particular. Diego permanecía enclaustrado dentro de su impenetrable y prolongado sueño.
         La tensión dentro del enrarecido ambiente de la habitación humeante aumentaba según iban transcurriendo los minutos con una insoportable y pertinaz lentitud. La Abuela parecía obstinarse en no abrir la boca, y doña Lola traducía este pronunciado silencio en un reproche dirigido hacia su persona, lo que la imposibilitaba tener ánimos para comenzar cualquier tipo de conversación. Sentía que se comenzaba a marear y que un solloza seco se le apelotonaba en la laringe.
         Sin poder aguantar su lucha interior por más tiempo, en un arrebato de impotencia, se arrojó sobre el cuerpo petrificado del yacente y lo zarandeó con convulsa violencia. Los ojos de Diego se entreabrieron. Su mirada era lejana y opaca, sin ningún brillo ni fijeza: era una mirada que no veía.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario