viernes, 9 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXIX


XXIX

         Seguía el grupo de amigos haciendo comentarios sobre las aventuras vividas aquella tarde cuando aparecieron los muchachos de la orquestina por el chiringuito. Venían formando un risueño bloque compacto de seres felices,  y la alegría interior se les desparramaba por los rostros y en los gestos que hacían. Diego recabó su atención y les invitó a que compartieran con ellos la emoción que radiaban y les dieran cumplida información sobre la causa que la producía.
         Por palabras sueltas y frases inconexas de unos y de otros, que por momentos parecían metralletas parlantes, llegaron a columbrar los amigos que los músicos estaban por conseguir un magnífico contrato para trabajar en el mejor hotel de la isla.
         - ¡Esta buena noticia hay que regarla con champán! -se exaltó Diego.
       - Max y Miles también están incluidos en la contratación -soltó el que tocaba el contrabajo, pues parecía ser el que llevaba la voz cantante en las cuestiones burocráticas y económicas.
         - ¡¿Cómo?! -interrogaron a dúo los aludidos.
        - El gerente del hotel estaba por aquí anoche y nos escucho tocar juntos, parece ser que le gustó mucho la forma en que lo hicimos y ha pensado que seriamos una buena atracción para su sala de fiestas.


         - Y, ¿a vosotros cuatro solos no os contrata? -preguntó Max.
        - Ya le hemos explicado que la actuación de anoche fue casual y que solo podíamos hablar y comprometernos como la orquestina que formamos los cuatro, y en principio aceptó nuestra proposición, pero insistió mucho en que os hiciéramos llegar sus intenciones de contar también con vosotros. A nosotros también nos encantaría que tocáramos todos juntos, y la oferta económica es bastante tentadora -aclaró el contrabajo.
        - Pero mi amigo y yo no tocamos por dinero, ya hablamos al respecto después de la actuación -dijo Miles.
         - Tocamos por puro placer -añadió Max.
        - Puedo asegurarles la veracidad de sus palabras, al menos en lo que respecta a Max sólo toca por placer -corroboró Xana llena de candor.
         - No digas impertinencias, niña -le amonestó la madre, provocando que la muchacha se ruborizase entre las sonrisas y guiños de complicidad de los demás.
         - El placer no disminuye cuando viene acompañado de una buena bolsa de monedas -apuntó el batería con la intención de que cambiaran de parecer.
         - Sería muy lindo que pudiéramos hacer música todos juntos de nuevo -añadió el de los teclados.
         - Aquí, en el chiringuito, podemos hacerlo perfectamente cuando nos plazca -dijo Max.
         - Además, no debéis olvidar que estamos de vacaciones, y que sería poco escrupuloso trabajar fuera de horario -apuntó medio en broma Miles.
         - Eso es cierto, ¿qué dirían los del sindicato del espectáculo si se enteraran que unos ingenieros ocupan el puesto de sus profesionales? -remató Max, más en serio.
         Los integrantes de la orquestina hicieron visibles gestos que indicaban su desaliento mientras maginaban que nuevos argumentos podrían emplear para intentar cambiar la firme voluntad de los muchachos. Se preparaba un contraataque, y fue doña Lola la que tomó la licencia de abrir el fuego.
         - Todo el mundo tiene dos empleos, si no fuera de esta manera con la miseria de sueldo que se gana, por lo común, no habría familia que pudiera llegar a fin de mes. Yo les conozco que tienen hasta tres y cuatro sueldos de diferentes actividades: jueces que dan conferencias, miembros de la realeza que dirigen fundaciones…
         - Por eso hay tanto paro en nuestra sociedad. Unos pocos lo acaparan todo y los más se quedan a verlas venir -salió Xana en defensa de la opinión de sus amigos.
         - tampoco es necesario que se extremen tanto las cosas -soltó Diego la segunda andanada-, el trabajo supone una continuidad y una dedicación total en la ocupación, y lo que aquí se cuestiona es de hacer música durante un rato; ¿cuánto tiempo os va a llevar?, un par de horas a lo sumo -se respondió su propia pregunta. Vamos… no es que yo tenga un interés particular en que aceptéis ese contrato o rechacéis la oferta, mi opinión es como simple espectador que quiere beneficiarse auditivamente. Ya sabéis que desde que os escuché tocar la primera vez os animé a dedicaros en firme a la música.
         - Y tal nos decidamos algún día a seguir tus consejos, querido amigo, pero por el momento preferimos que la situación se mantenga como hasta ahora, como simples aficionados -aseguró Max con tal convencimiento en su postura que hacía vano cualquier nuevo ataque.
          - Mientras dure nuestra estancia en la isla, siempre que paséis por aquí nos encontraréis a vuestra plena disposición para que juntos improvisemos música. No toméis a mal nuestra obstinación en rechazar la oferta del hotel, os aseguro que se trata de una cuestión de principios -explicó Miles.
         - Claro que seguirán viniendo por aquí -intervino Alberto, que acababa de llegar hasta el velador portando una bandeja con la típica cubeta plateada para mantener frío el champán-, porque también tienen que mantener su compromiso con nuestro local. Es cierto que aquí cobran muy poco por sus actuaciones, pero este negocio no da para más, y también es verdad que son muy queridos, y tratados como parte de la empresa tanto por mi socio como por mí.
         - En ningún momento se nos había pasado por la cabeza a ninguno el incumplir nuestro contrato con vosotros, Alberto -se volvió a hacer el contrabajo portavoz de la opinión de los cuatro-, sería como golpear una mano que nos acaricia. En el hotel tocaremos para amenizar las meriendas-cenas y después nos vendremos para acá. Tal vez resulte un poco duro tanto trabajo, pero ya sabes que en nuestro oficio hay que aprovechar el verano. Cuando empiezan a aparecer las lluvias el turismo desaparece.
         - Sí, porque cuando acaba la temporada esival, ya hay poco que hacer en la isla, y tú lo sabes mejor que nadie -completo el discurso de su compañero el batería.
         - De poco vale el dinero si se pierde la salud tratando de conseguirlo -sentenció Alberto-. Pero cada cual sabe muy bien lo que debe hacer con su vida, y si os hace felices está oportunidad que se os presenta brindaremos por ella y por vosotros, y ¡a divertirse todos! -invitó, mientras se disponía a descorchar una de las botellas de champán.

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