jueves, 8 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXVIII


XXVIII

         A doña Lola le habían dado unas fuertes palpitaciones y tenía el rostro congestionado y encarnado. Sudaba copiosamente, y el que los demás la vieran en tan lamentable estado producía que se acelerara todavía más su encabritado pulso.
         -Lo mejor en estas situaciones es tomar un vaso de agua de selz, si hemos de hacer caso de los prudentes consejos del “Pichi” de la Celia Gámez –se le ocurrió soltar a Diego, sin pararse a medir las posibles consecuencias de su socarrona ingeniosidad, tal vez a causa de que el bullicioso ejercicio le había fatigado más de lo que el mismo pensaba.
         - Usted siempre tan ocurrente -balbució ella con un hilo de voz entrecortada.
         - Lo único que necesita doña Lola es aire puro y refrescar su torrente sanguíneo -afirmó Tuba, que no en vano había realizado algunos estudios generales de medicina antes de especializarse en la biología marina.
         Alberto trajo una jarra con cubitos de hielo, y Tuba frotó con algunos de los helados paralelepípedos envueltos en un pañuelo las sienes y muñecas de la mujer, mientras que Mairim le daba aire sirviéndose del amplio sombrero de blanco raso. El resto de los amigos observaban con atención la elemental terapia, fascinados por la seriedad con que la estaban llevando a cabo las espontáneas enfermeras.
         - Lo peor, cuando una persona está sudorosa, es que tome bebidas frías -sentenció Tuba, y mencionó después el nombre de un rey de las Españas que, según había leído en algún libro hacía tiempo, había muerto como consecuencia de una pulmonía, que le produjo el beber agua helada después de jugar un partido de tenis. Pero no había que hacer demasiado caso a la memoria histórica de la muchacha, pues nadie se imaginaba al anciano don Felipe el Segundo, a quien ella hacía protagonista del suceso, en pantalón corto y con una raqueta en la mano. A pesar de ello nadie la contradijo y sí, por el contrario, miraron con una cierta aversión los refrescos que les acababa de traer Alberto.


         Poco a poco fueron los ánimos regresando a su cauce habitual, y las fisiologías recobraron, al menos en su aspecto exterior, su acostumbrado estado saludable.
         Y restablecida la calma volvió a fluir la animada conversación, explicando cada uno las diferentes impresiones que habían tenido durante el transcurso de las diversas excursiones que se habían disfrutado, y es correcto escribir este último calificativo si hay que ser coherentes con la opinión consensuada por todo el grupo de amigos. Aparte de la unidad en el disfrute había diferentes variaciones según el particular carácter y estado anímico de cada cual. Tuba había unido al goce la constatación de la veracidad sobre sus especulaciones en lo referente a la riqueza y variedad de las floras y faunas submarinas de la costa de la isla, Miles le adjuntaba el descubrimiento de un mundo desconocido y maravilloso, pues después de la conjunción a que había llegado con tuba ya no le era necesario seguir empecinándose en afirmar que era un acuanauta consumado; Xana y Max le daban al disfrute tintes de sosiego, relajación y profundización en el mutuo conocimiento; doña Lola le añadía una tranquilidad de espíritu y una larga serie de sensaciones que el contacto con la naturaleza habían provocado en su alma, y Diego tuvo el valor de referirse a una risa que había tenido la facultad de conmover su anquilosado corazón, mas no llego a especificar cuál había sido la fuente motor de donde procedía la expresión que tanto le había afectado, con lo que quedó flotando en el aire, para algunos, la duda sobre si la conmoción tendría matices filiares o eróticos, impidiendo la prudencia y la amistad que se indagara más sobre la cuestión.
         Las impresiones que Mairim hubiera tenido con respecto a la excursión no pudieron conocerse, puesto que cuando los mayores se pusieron a conversar la niña decidió enajenarse de sus actividades y temáticas y corrió, acompañada por los ladridos de Mimi, a reunirse con sus compañeros de juegos. Para sus pocos años la vida era todo actividad, y si sus amigos mayores no eran capaces de mantener de continuo ese ritmo tumultuoso y se veían obligados a realizar detenciones y amenizarlas creando bosques de palabras era su problema, ella podía y debía seguir el camino que le señalaban sus energías vitales, y mantener el pulso de su existencia isócrono con el del resto de los componentes de su generación. Seguro que la mente virginal de la niña no era capaz de analizar de una forma tan desmenuzada su propio comportamiento, pero tampoco necesitaba para nada fabricarse una maraña de explicaciones y de tesis en la que apoyarse para poder justificar el conducirse siguiendo sólo sus propios deseos. La educación y la experiencia ya harían todo lo posible por coartar en el futuro está sana y espontánea libertad.
        

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