domingo, 18 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XXXVIII


XXXVIII

         El tal personaje era orondo y solía revestirte con estrafalarias vestimentas. Había dejado la capa decimonónica y el sombrero de ala ancha al calor del hogar de la cocina para que se secaran, y apareció con unas vestimentas de origen hindú, en las que predominaba el amarillo, cuando irrumpió en la habitación de Diego.
         - ¿Te dedicas a holgar, amigo? -le saludó.
         - Qué grato volver a verte, Eduardo.
         - Rodeado de ninfas y adonis como corresponde a un artista, jajajaja
         La habitación se había abarrotado siguiendo al espectáculo, incluidos los canes.
         La Abuela, que había seguido al esperpéntico personaje desde la cocina rehízo la calma con la autoridad que le daba el ser la llave de la casa.
         - ¡Lo que más necesita Diego en estos momentos es tranquilidad, ya le mostraste tu afecto, Eduardo, así que mejor nos vamos todos a la antecámara y le dejamos que descanse y se recupere!
         - Gracias por la visita -musitó Diego-, tenemos mucho que hablar…
         - Pero este no es el momento -insistió la Abuela, que se quedó con la plaza, y, mientras los demás salían, acomodó al enfermo para que continuara su reposo.
         - ¡Qué suerte tiene Diego, estar rodeado de tanta belleza y tanta juventud! -exclamó Eduardo en un tono lo suficientemente alto como para que lo oyera el aludido, y, ya bajando la voz, se presentó mientras alzaba en brazos a Mairim-: Soy el concejal de turismo, y además el padrino de esta rapaciña…
         - ¡Déjame, Eduardo, ya no soy tan niña! - se desasió la pequeña y buscó refugio entre las muchachas, mientras que el hombre seguía hablando.
         - Espero que la estancia en la isla les esté siendo grata, aparte de el percance que ha tenido nuestro común amigo y la está cayendo, jajajaja… Me gustaría tener también en nómina a la climatología pero no consigo que pase por mi oficina…
         - Siempre con tus chistes fáciles -le interrumpió la Abuela, mientras cerraba la puerta de la habitación de Diego-, y con tu verborrea imparable.


         - Cada día está usted más joven -continuó Eduardo su locución.
         - Y tú más loco, querido -respondió al alago la anciana, y, aprovechando que Eduardo había cerrado la boca un instante se constituyó Max en maestro de ceremonias para presentar a los amigos, y cada uno tuvo un afecto y un comentario hacia su persona por parte del funcionario, que parecía ocupar el puesto idóneo a su carácter extrovertido.
         - Es muy agradable, pero me pone la cabeza como un bombo -comentó la Abuela cuando tras de una media hora de monólogo, aliñado con triviales chistes, se decidió Eduardo a volver a sus ocupaciones habituales dando por terminada la visita.
         - Parece del tipo de personas capaces de apuntarse a un bombardeo con tal de no perder comba… -especuló Miles.  

         A pesar de la tristeza y melancolía que producía en el ánimo de los jóvenes tanto el ambiente plomizo de la climatología como el pesar por el mal que aquejaba a su anfitrión, la naciente afinidad que había nacido entre ellos se afianzaba, y aprovechaban la menor oportunidad que se les presentaba para hacer patentes sus mutuos sentimientos amorosos, burlando cuantas veces podían la tenaz vigilancia de doña Lola, que se negaba a entrar en la habitación de Diego ahora que ya sabía que el artista había recobrado un poco la salud, y la consciencia por completo, pues se avergonzaba en extremo del apasionado comportamiento de la noche anterior, al tiempo que continuaba punzante y amargo el sentimiento de culpabilidad. El resultado de los combates que se fraguaban en interior de su alma la llevaba a buscar de una forma casi agobiante la compañía de su hija y de Tuba. Estas, para entretener el tedio se habían puesto a tejer cestos de mimbre en la cocina-recibidor, dirigidas por las expertas y afables instrucciones de la Abuela, ocupación con la que la mujer además de entretener sus ocios sacaba un dinero complementario para el mantenimiento de la casa vendiéndolas a nativos y turistas.
         Los mimbres abundaban en los ribazos de los arroyuelos que bajaban mansamente camino del mar, y, después de secados, se podían teñir en variados colores, y con algunos diseños que la proporcionaba Diego se llegaban a obtener algunos resultados deslumbrantes.
         La ocupación era arto absorbente, pues si bien es cierto que quien hace un cesto hace ciento, según reza en conocido refrán, no lo es menos que la fabricación del primero tiene sus dificultades, sus trucos, sus mañas, y el consiguiente apasionamiento por una nueva labor.
         Doña Lola, sosteniendo en su regazo a Mimi, observaba como las manos de las muchachas iban consiguiendo cada vez una agilidad y una habilidad mayor, pero se le escapaban de la atención de sus ojos los jugueteos de los pies bajo la mesa de la cocina, y los besos furtivos en la penumbra de los pasillos, cada vez que alguna de las muchachas abandonaba por un momento su laboriosa ocupación. Ni Max, ni Miles tenían una actividad concreta que realizar, aparte de seguir espigando libros en la nutrida biblioteca del artista y de hacer comentarios sobre sus nuevos descubrimientos.
         - ¡La célebre edición de las obras completas de Michelangelo!, ¡cómo pesa el condenado volumen! -exclamaba Miles.
         - Ésta debe de ser una de las primeras ediciones de los cuentos de Edgar Allan Poe -mostraba a su amigo un libro medio apolillado Max.
         Diego en los espacios entre visita y visita parecía dormitar, lo que sin duda era lo más apropiado de cara a su recuperación. Y los dos jóvenes aprovechaban este tiempo para idear complicadas estratagemas que les permitieran gozar de unos instantes de soledad al lado de sus respectivas adoradas.
         Mairim acabó por darse cuenta del oculto juego que se estaba practicando de una forma tan subterránea como agradable, y tardó poco en adherirse a él en funciones de cómplice y mensajera. Además, entre la chiquilla y Xana había surgido un extraño cariño fraternal, sin necesidad de que hubiera habido motivo ni ocasión para conocer lo acertadas que estaban sus aficiones con las inclinaciones que se debatían en el pecho de los adultos. La mansión llena de laberintos de pasillos y habitaciones se estaba convirtiendo también en un intrincado dédalo de pasiones y afectos, y la llave y clave de su salida estaba en la inocente mente de una niña huérfana.


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