XXXIV
Los elementos climáticos parecieron querer ponerse a tono con la tristeza que impregnaba el ambiente de la casa de las rocas pues, tras del luminoso día, con las primeras sombras de la noche unas inquietantes y negras nubes se habían ido concentrando sobre la isla traídas por la brisa marina, y al poco de anochecer tras de unos relámpagos que iluminaron el interior de la mansión y unos rotundos truenos comenzó a caer una buena cortina de agua. Luego se transformó en una lluvia menuda y continua, en una lluvia triste.
Los jóvenes se habían refugiado en la antecámara de la habitación de Diego, una sala que hacía las veces de biblioteca, con varias estanterías abarrotadas de libros de todo tipo, lo que les dio una buena oportunidad para que la recurrente conversación sobre la salud del amigo y si habían hecho bien en tomar una decisión opuesta a las decisiones del doctor virara hacia otros derroteros.
- En la biblioteca de un pintor no podían faltar los “Cuadernos de Notas” de Leonardo da Vinci -apuntó Miles, tomando el libro entre sus manos.
- Tampoco en la de un ingeniero -sonrió Max-, me apuesto doble contra sencillo en que también figura en la tuya.
- Eres un apostador de ventaja, a veces hemos comentado alguno de sus textos en mi estudio…
- Porque los tiene para todos los conocimientos. ¡Me pillaste!
- También hay libros de teatro, aquí tenemos el “Romeo y Julieta” -enseñó Xana un libro muy bien encuadernado de la obra de Chéspir.
- ¡Qué cosa más romántica! -suspiró Tuba.
- Pero no exenta de tragedia, como la vida misma -quiso puntualizar Miles.
- No todos los amores tienen por qué ser desgraciados - puntualizó Xana.
- Pero en literatura venden más -dijo Max, que, mientras seguía observando y mirando títulos, se tiró una poesía:
“Los instantes más dulces del existir,
Los momentos que le dan razón a la vida,
Han transcurrido espontáneos, sin sentido.
Una mirada, un imán,
Unos labios, un silencio,
La razón en blanco,
La pasión en negro:
No hay mañana.
¿Por qué ese afán de perdurar
Si todo pasa y nada queda?
Desertización de las ideas:
Me traerás nuevas palabras,
Te ofreceré un paisaje diferente
Del que formen parte tus ojos negros
Clavados sobre el azul de los sueños.
En la calma de la tarde
Una paloma flotando
Bajo la densidad del verano.
Unos suaves dedos arañan
La palma de mi mano
Y siento el placer
De tus venas bajo mis yemas.
En remolinos los peces
Atraviesan despacio mi cerebro:
Ninguna voluntad de sobrevivir para mí,
Ser la compañía de tu fiebre, débil pesadilla,
Aferrarme a una flor de granada,
Quedar unidos en una filmina transparente,
Ambicionar un tiempo que no nos pertenece,
Descalzarnos para pisar la hierba de la mañana,
Ver temblar el espejo en que no quedarán nuestras huellas,
Calentar unas sábanas que no conservarán el calor de tu cuerpo,
Y ser felices sin final
Porque nos deseamos,
Y nos estamos esperando
En cada voz que nos habla,
En cada silencio que nos cubre,
En la tormenta desatada,
En la ola que lame la arena,
En la brasa que me deja su marca,
En la que desaparecerá de tu cuello.
Naranja y limón flotando,
Lilas, siemprevivas, dalias,
Rosas rojas, un millón,
Gacela desbocada
¡Cómete mi corazón!
Plegarias al turbulento vacío,
Rezos a la diosa del mar:
Ojos perdidos,
Hombros bajo mis manos,
Cintura partida,
Senos contra mi pecho.
Absorción de la conciencia:
De nuevo tu risa,
Águilas sobre las torres,
Rompen el azul campanas,
Brisa de tus dientes.
¡Arráncame el silencio de los mares!
¡Ruédame por una ladera alfombrada de jabalíes!
¡Lacérame por las agujas de los relojes sin hora!
¡Átame a la rueda de las mil navajas del amor!
Mansos ojos
Todo el mundo habla a mi alrededor,
Me aturden,
Pasan.”
- ¿Es tuya? -preguntó Tuba, un tanto admirada.
- No, ni recuerdo de quien es ni donde la leí, pero me gustó y la memoricé -negó Max.
- En realidad toda literatura es anónima o producto de las Musas -filosofó Miles.
Xana, que de alguna manera había sentido que el recitativo se le había regalado a ella, quiso corresponder a su enamorado con un hallazgo que estaba segura que sería de su agrado.
- Este libro te interesará y está lleno de ilustraciones: “La Arquitectura Orgánica”
- Muy bueno, es de Frank Lloyd Wright, y seguro que le ha ayudado no poco a nuestro amigo Diego para elaborar estos espacios en que nos encontramos -dijo Max, mientras tomaba el grueso volumen de manos de su amada.
- Nada aparece por azar, todo es continua evolución de pensamientos y formas precedentes - apuntó Tuba, que continuaba escarbando en libros y ojeando títulos- . Este se intitula de una forma extraña: “Un verano en la nieve”.
- ¿Qué es?- preguntó Miles.
- Parece una novela, oíd como comienza: “La nave se deslizaba sobre una balsa de aceite teñido de azul ultramar purísimo, que estaba festoneado por un encaje de puntillas de hilo blanco que semejaban el revoloteo de la espuma oceánica” -leyó, y exclamó- : ¡qué inicio tan cursi!
- “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” no deja de ser un principio bastante retórico -comentó Max.
- Los comienzos de algunas novelas no dejan de tener lo suyo, una de las principales obras de la literatura en inglés tiene en latín su primer ¿recitativo?: “Introibo ad altere Dei”-especuló Miles.
- El Ulysses de Joys, llevo años intentando leerlo- Xana, decit.
- Cada tranco está escrito en un estilo de lenguaje diferente: narrativa, prosa poética, epistolar, teatro…, así que no es necesario leerlo de la página primera hasta la última página, se puede leer a saltos -la animó Miles.
- Como jugando a una rayuela -fantaseó Max.
- Tampoco le falta la música -añadió Miles.
- Ni las matemáticas- readitó Max.
- Más bien la contabilidad -puntualizó Miles, esbozando una sonrisa.
- En este también aparece un poema -anunció Tuba, que seguía hojeando el libro-, pero muy avanzado el texto, en el capítulo treinta y cuatro.

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