lunes, 26 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XLVII y ÚLTIMO


XLVII

         Nadia tenía muy claro que su destino estaba unido al de Vanesa, por lo que se quedaría a compartir suerte con ella. A Xana y Tuba, con tal de estar junto a sus amigos, les daba un poco lo mismo que fuera en una discoteca o una barricada. Pero ni doña Lola ni Mairim estaban muy decididas a partir. La niña quería regresar a la casa de las rocas para estar de nuevo junto a su Abuela, pues, a pesar de conocer el óbito de ésta, no tenía una apreciación muy tangible de cómo la muerte imposibilita cualquier tipo de comunicación entre dos seres queridos, y aún esperaba que entre la anciana y ella habría alguna suerte de lazo escondido por los rincones que habían habitado y entre los muebles y utensilios que habían compartido que le permitiera prolongar su hermosa relación.
         Y a doña Lola le aterraba la idea de aventurarse en las aguas del turbulento océano a bordo de una frágil barquichuela. Pero la realidad tenía que imponerse una vez más a las voluntades, y tanto Tuba como Xana pusieron todo su empeño en hacer comprender a la niña y a la mujer que los rumbos del mar se encontraba el único camino posible a tomar después de los hechos acaecidos.
         Nadia y Alberto despidieron desde la pequeña cala a la abarrotada y diminuta embarcación. El camarero había prometido a su buen amigo hacerse cargo de la casa de las rocas y de los cuadros del artista durante todo el tiempo que durase su ausencia, y Diego había subido a la nave un poco más animado, con la seguridad de que dejaba sus bienes y pertenencias en buenas manos. Y Nadia que haría todo lo posible por dar con el paradero de Mimi y enviarla al continente, y como si respondiera a su nombre unos ladridos cercanos anunciaron que la perrilla había dado con el paradero de su dueña.
         Conforme iba adentrándose la barca en la tenebrosa mar podían distinguir sus ocupantes como varios lugares de la costa se encontraban iluminados por las llamas de incendios que elevaban hacia el oscuro cielo un penacho de humo negro. Al resplandor de las terribles hogueras era la arena de las playas más blanca que nunca, y semejaba en mayor medida que se trataba de nieve pura, que corría el peligro de ser fundida por el calor del fuego.
         - La isla acabará por desleírse con tantas llamas -apreció Mairim con inocencia.


         - No, hija mía -le dijo doña Lola, estrechando a la pequeña contra su regazo, conmovida por la triste expresión de la niña -, esta isla resistirá todos los incendios y todas las bombas que las mentes enfermas le quieran arrojar, y su vegetación volverá a renacer de entre las cenizas, y sus laboriosos pobladores levantarán de nuevo las casas destruidas. La vida volverá a florecer y algún día regresaremos todos juntos a la casa de las rocas y seremos felices.
         - Papá, ¿me prometes que regresaremos a la isla? -preguntó la chiquilla mirando con fijeza y seriedad a Diego.
         - Sí, hija, todo sucederá según dice Lola -y agarró con firmeza la mano de la mujer-, si ella quiere podremos aprovechar nuestra estancia en el continente, esta especie de vacaciones forzosas, que puede que sean más largas que lo que todos deseamos, para arreglar los trámites de un divorcio que tiene pendiente.
         La señora se ruborizó a causa de la encubierta proposición que le estaban planteando, y su evidente azoramiento hizo que se dibujara una sonrisa en el rostro del resto de los tripulantes, rompiendo por un momento el velo de la tristeza que les sojuzgaba.
         Los penosos acontecimientos se olvidarían, a la trágica jornada la sustituirían otros días más luminosos, que volverían a estar presididos por el amor y la alegría de vivir, y en un mañana no muy lejano todos los amigos podrían volver a pisar aquella hermosa y feraz tierra, y la infundible nieve de sus playas. La puerta del futuro estaba abierta a la esperanza.
         - ¿Qué es esta cosa tan dura sobre la que estoy sentada? -se quejó Tuba.
         - Déjame comprobar -dijo Miles, mientras tanteaba con la mano-, ¡ah!, es el estuche de la trompeta de Max, y el de mi saxo también debe de estar por aquí…, sí, ya lo encontré.
         - Están en la lancha porque tras de la excursión teníamos intención de ir al chiringuito a tocar con los muchachos de la orquestina para celebrar la recuperación de Diego -explicó Max.
         - Podíais improvisar algo ahora para amenizar la travesía -propuso Xana.
         - No me parece que sea este un momento muy apropiado para músicas -se disculpó Miles, sacando, no obstante, el saxo de su estuche.
         - Cada momento de nuestras vidas puede tener su música idónea, aunque no se me ocurre cual puede ser la más apropiada para uno tan luctuoso como éste -dijo Diego.
         - Alguna composición que sea a la vez una despedida de la isla y de la Abuela -sugirió Mairim, obsesionada por el recuerdo de su querida anciana.
         - Sí, un Réquiem por la nieve de sus cabellos de la plata y las arenas que abandonamos -dijo Tuba, acercando el estuche de la trompeta a Max.
         Y, al poco, las notas surgieron vibrantes y pujantes hacia la inmensidad de la negra noche, y su sonido hizo que se tambaleara la poderosa rotundidad de las lóbregas sombras de los buques de guerra, que permanecían anclados no muy lejos de las aguas que atravesaba la frágil barquilla. Como queriendo asistir al concierto, surgió de entre las nubes una fulgurante luna llena, que allá arriba, desde su dosel de terciopelo tachonado de estrellas, había presenciado, a través de los tiempos, la desaparición en el océano de flotas más grandiosas y soberbias por causa de sonidos mucho menos contundentes y desgarrados. 
FIN

domingo, 25 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XLVI


XLVI

         En la boca de la cueva les aguardaban Tuba y Xana, y se fundieron en un cálido abrazo madre e hija.
         - Mimi desapareció durante el bombardeo, pero es posible que el ruido la asustara y se escondiese -decía doña Lola, con voz entrecortada.
         En tanto, Diego trataba de encontrar las palabras más oportunas y más sencillas con que dar a Mairim la noticia del trágico fallecimiento de la Abuela, causando el menor daño posible al sensible corazoncito de la chiquilla. Pero, a pesar de los esfuerzos que hizo el padre, era imposible que fuera de otro modo, nada pudo impedir que la niña se pusiera a sollozar con una ilimitada congoja, capaz de conmover al más firme y templado carácter. Nadia, Tuba, Xana y doña Lola se unieron a su llanto apenado y los varones tuvieron que salir a escape de la cueva temiendo verse también convertidos en lacrimosas fuentes por los efectos del contagio, pues las lágrimas tienen la propiedad común también a la risa y la dinamita de explosionar por simpatía.
         Ya afuera dio Alberto extensa y cumplida información de las razones que alegaban los invasores para disculpar su irracional agresión, y de cómo se habían ido desenvolviendo los acontecimientos desde que las explosiones en las obras del aeropuerto separaron a los dos amigos.
        - Pretenden que el fin por el que se estaba construyendo era convertirlo en una base militar al servicio de una potencia extraña, y que el telón sobre el que se representa la falsa playa es una poderosa arma estratégica del enemigo; se fundan para verter estas ilógicas afirmaciones en que la maquinaría que mueve el telón ha sido fabricada en dicho país, que ellos consideran enemigo del suyo y de la civilización, y que entre los técnicos ingenieros que colaboran en la obra del aeropuerto hay varios procedentes de dicha nación. Otro argumento es que nuestros artilugios solares y eólicos mediante los que nos proveemos de una energía barata y no contaminante han sido fabricados con el propósito de lograr una total independencia energética y económica del continente. Pero no es necesario escarbar demasiado para deducir que lo que se esconde entre toda esa sarta de mentiras es un deseo de prevalencia y de monopolizar ellos nuestras relaciones económicas y de que el aeropuerto sea una base militar suya. Y para conseguir estos propósitos no han dudado ni un momento en romper con todos los lazos de amistad que existían entre nuestros respectivos países…
        - Corrían algunos rumores al respecto -le interrumpió Diego-, pero siempre pensamos que las diplomacias conseguirían encauzar la situación.


         - Es una forma clásica de actuación de los imperialismos -medio Miles en la conversación-, bajo el pretexto de que el imperio enemigo trata de adueñarse de tu país te invade el imperio opuesto, y así se van repartiendo el planeta entre ellos ante la mirada asombrada e impotente del resto de los pueblos, que no hacen nada para impedir estas alevosas agresiones a la soberanía de los demás, y que en cualquier momento están expuestos a seguir la misma suerte…
         - Y, ¿cómo te hirieron en el brazo? -se interesó Max por Alberto.
         - Aunque tal y como afirmaban en su discurso desde los helicópteros sólo tenían intención de asustar, y las granadas no llevaban metralla, la onda expansiva de una de ellas debió de levantar alguna de las herramientas de la obra y me produjo un corte. No me apercibí, en un primer momento, sólo sentí un calor muy intenso en el brazo, pero encontraba bastante ocupada mi atención en correr y alejarme dl lugar lo más rápido posible, como los demás que estaban allí, una autentica desbandada -hizo una pausa para tomar aliento-. Cuando pasé cerca de la casa de Diego, vi como la cabaña se encontraba hundida y como ardía la paja de la derrumbada techumbre, y me acerqué a prestar la ayuda que pudiera. Algunos vecinos atendían ya a doña Lola, y otros se ocupaban de sacar de entre el envigado el infortunado cuerpo de la Abuela. Al disponerme a echarles una mano, y retirar un pesado madero, me di cuenta de que este brazo no me respondía y que la sangre descendía a todo lo largo de él.
         - Y, ¿luego? -preguntó Miles.
         - Los helicópteros de habían retirado hacia el sur de la isla sin dejar de radiar la misma proclama, que trataba de ser tranquilizadora, a la asombrada y atemorizada población, que se afanaba en reparar los destrozos causados por el sorpresivo, alevoso y criminal ataque. Entonces apareció Nadia, que venía en busca de Diego. En el hotel, han establecido los invasores su cuartel general para, por una parte, proteger a los turistas de su país y, por otra, mantener bajo vigilancia a los ingenieros del aeropuerto y demás extranjeros que consideran “peligrosos”, entre otros nuestra amiga Vanesa, y también tú, amigo, por tu colaboración en los proyectos medioambientales.
         - ¡Es ridículo! -exclamó Max.
         - Todo este asunto lo es, si no le cuadraran mejor los calificativos de trágico y patético -afirmó Alberto, que continuó-: el caso es que nos decidimos a venir en tu busca. Mientras doña Lola bajaba a recoger algunas pertenencias, Nadia me vendó la herida y me anudó un pañuelo al cuello para que llevara el brazo en cabestrillo…
         - Son todo un temperamento -suspiró Diego.
      - …Luego llenamos otra bolsa con algunos alimentos que se habían salvado del siniestro, y, un poco por intuición y otro tanto por casualidad, hemos conseguido dar con vuestro paradero. ¿Qué hacemos ahora?
         - No tengo ni la menor idea -musitó Diego, profundamente abatido por el cariz que estaban tomando los acontecimientos, y, de pronto, se acordó de otro amigo-. Quien también estará en una situación bastante complicada es Eduardo…
         - No lo creas, según Nadia parece que ha confraternizado bastante con las fuerzas ocupantes, como si ya tuviera relaciones con ellos desde tiempo atrás…
         - Eduardo, ¿un traidor? -se sorprendió Diego.
         - No diría tanto, más bien un jugador a varias barajas, facilitó que Nadia pudiera salir del hotel para advertirte del peligro…
         - Lo más oportuno sería abandonar la isla por el momento, hasta que la situación se encalme -sugirió Miles-, disponemos de una lancha y de bastante gasolina, y el continente no queda demasiado lejos como para intentarlo, aún a pesar de la fragilidad de la nave.
         - Sería muy duro para mi apartarme de estas tierras a las que tanto amo, y tantos recuerdos gratos y tristes guardan de mi pasado -dijo Diego, muy afectado por la sola idea de tener que abandonar su querida isla.
         - Pero, en tanto que regresa la tranquilidad y las aguas vuelven a su cauce, esto puede convertirse en un infierno. Es de suponer que el ejército de nuestro país se esté ya aprestando para contraatacar en el caso de que no se llegue a un acuerdo negociado de tipo político, y los invasores se pondrán a fortificar la isla sin tardanza, con objeto de repeler cualquier posible agresión, y este hermoso paraíso natural puede acabar por convertirse en un mugriento polvorín con la mecha encendida. No se trata de dejar estas tierras para siempre, Diego, hazte a la idea de que vas a pasar unas cortas vacaciones en el continente -animaba Max al artista para que les acompañase, en una huida que para ellos no era necesaria, sino sólo fruto de la amistad y de su amor a la libertad y la aventura.
         - Tienen mucha razón los muchachos, amigo, yo lo único que poseo en este mundo es la mitad del chiringuito junto a la playa, y eso, si no ha ardido ya con las explosiones, y desde luego que no pienso moverme de esta isla, y si es preciso lo reconstruiré… pero tu situación es muy distinta: tienes una hija por la que velar y todos sabemos que doña Lola no te es indiferente, ¿por qué no comenzar una nueva vida?
         - Sean, pues, ellas quienes decidan -accedió Diego.

sábado, 24 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XLV


XLV

         Las primeras sombras de la noche teñían ya el cielo de negrura y la blanca espuma que saltaba entre las rocas contrastaba su luminosidad con el oscuro tono azul Prusia del mar cuando dentro de la cueva se escucharon gritos cercanos. En un primer momento hubo una convulsión de temor entre los escondidos, pero, al poco, se dieron cuenta de que no existía ninguna causa profunda que justificara su miedo: no habían hecho ningún mal a nadie y en modo alguno se podían considerar a si mismos como fugitivos.
         El lugar donde se encontraban era tan sólo un resguardo espontáneo que les había proporcionado una cierta seguridad en aquellos momentos en que el fragor de la batalla lanzaba su maldita garra asesina sobre cualquier objeto, planta, animal o persona que se encontrara a su alcance. Así Max y Diego salieron al exterior para enterarse de donde procedían aquellas grandes voces y cuál era la fuente emisora.


         Sobre unos riscos, a una treintena de metros por encima de la entrada a la cueva, vieron dos siluetas humanas recortadas sobre la negrura del firmamento, que proseguían sus exasperados gritos.
         En el silencio casi nocturnal Diego pudo escuchar su propio nombre repetido por el eco que producían las rocas, y logró reconocer que una de las voces que lo emitían era la de su amigo Alberto.
         - ¡Alberto! -gritó el artista, con alegría, entusiasmo y regocijo, al comprender que su buen amigo había salido indemne del ataque al aeropuerto en construcción.
         - ¡¿Cómo se puede bajar hasta ahí?! -preguntó a gritos el camarero al reconocer la voz de su amigo.
         - ¡Subiré y os indicaré el camino! -voceó Max-. ¿Quién te acompaña? -preguntó después.
         - ¡Doña Lola y Nadia, ya os explicamos luego!
         Miles también había dejado la concavidad de la gruta y emprendió la ascensión tras de su compañero, mientras que Diego maldecía que su convalecencia le impidiera acompañarlos.
         Cuando la pareja llegó hasta la cumbre pudieron advertir que Alberto llevaba uno de sus brazos puesto en cabestrillo y que las vestimentas de las mujeres se encontraban hechas jirones.
         - ¡Ha sido horrible, horrible! -sollozaba doña Lola-, ¿dónde está mi hija?
         - Xana está ahí abajo, al resguardo de una gruta, sana y salva, en ningún momento hemos corrido peligro -le explicó Max, con brevedad.
         - Nosotras no hemos tenido tanta suerte -comentó Nadia -, a Vanesa la han incautado el hidroavión y se encuentra retenida en el hotel, que han transformado los invasores en una especie de jefatura de mando y prisión…
         - Estos paquetes es cuánto hemos podido coger con la precipitación, ayudadnos a bajarlos -la interrumpió Alberto-, ya habrá tiempo para explicaciones más tarde.
         - Tienes razón amigo, aquí estamos muy al descubierto -aceptó Max, tomando uno de los paquetes.
         - El camino es bastante sinuoso así que deberán poner mucho cuidado en donde ponen los pies -les indicó Miles, cogiendo otro de los bultos y comenzando el descenso.
         - ¡¿Está todo bien?! -voceó Diego, que comenzaba a impacientarse, situado en el comienzo del empinado sendero.
         - ¡Más o menos! -le contestó Alberto-, ¡ya bajamos!
         Y no tardaron mucho en llegar hasta donde se encontraba el artista.
         Doña Lola se arrojó a sus brazos, rompiendo con todas sus inhibiciones, mientras no cesaba de repetir:
         - ¡Ha sido horrible, horrible!
          Diego estrechaba a la mujer con todas sus fuerzas tratando de comunicarle, a través del abrazo, su entereza de ánimo y su valor. Un último rayo anaranjado de un sol que ya se hundía por el horizonte opuesto iluminó sus emocionados rostros por un momento.
         - Temí tanto por tu vida -decía él, mientras ella repetía la misma frase angustiada, pues no era capaz de encontrar otras palabras con que expresar los sentimientos que embargaban su espíritu.
         Alberto apoyó con firmeza su mano sana sobre el hombro de Diego y dijo con gran tristeza:
         - La Abuela murió durante el bombardeo… Siento tener que ser yo quien te comunique la triste noticia…
         El artista se tambaleó como si le hubieran golpeado con una maza en la nuca.
         - ¡Pobre mujer! -sollozó doña Lola.
         - Una de las granadas que tiraban desde los helicópteros explotó sobre la cabaña y se derrumbó la techumbre de madera sobre la anciana, debió de tener una muerte instantánea… -explicó Alberto.
         - Yo me sentí lanzada por los aires y debí de perder el conocimiento. Cuando lo recobré, me atendían algunos vecinos mientras que otros trataban de sacar el cuerpo sin vida de la Abuela de entre los escombros -concluyó el relato doña Lola, y hundió su cabeza, convulsionada por el llanto y el espanto que le procuraba el recuerdo de los hechos, en el viril pecho de Diego.
         - ¡Maldita miseria! ¡Maldita violencia! -exclamó éste.
         - Será mejor que nos calmemos y tratemos de buscar refugio en la gruta -sugirió Miles.
         - ¡Los sarnosos perros de la guerra! -seguía gritando Diego, ausente a cualquier razonamiento prudente.   
        

viernes, 23 de marzo de 2012

Un verano en la nieve - XLIII


XLIII

         En esto, la niña entretenida en su recolección de flores y los adultos en su amena conversación, no se habían dado cuenta de que habían llegado casi al final de su camino. Se encontraban frente a la explanada en donde se estaba llevando a cabo la construcción del aeropuerto y podían contemplar ya como las máquinas y los hombres se afanaban en su labor.
         Aquello semejaba un activo hormiguero en el que cada individuo seguía unos recorridos incomprensibles para quien observara su trabajo desde fuera, pero los esfuerzos y movimientos de todos y cada uno de los elementos, excavadoras, camiones y operarios, estaban medidos e interrelacionados en vías al logro de la mayor efectividad en el proyecto común.
         Mairim corrió con alegría hacia la orilla del mar, acompañada por los ladridos de Felipe el Cuarto, pues vio como se acercaba una barca y la niña pensó que sería la que pilotaba su amigo Max.
         Más lejos se podían apreciar, cercana a la línea del horizonte, toda una flotilla de grandes barcos que también enfilaban sus proas hacia aquella zona.
         Alberto y Diego se dirigieron hacia un grupo de ingenieros, que elucubraban sobre unos grandes planos situados sobre una mesa plegable. Fueron acogidos con mucha amabilidad por los técnicos, pues ya conocían a ambos amigos de tiempo atrás, cuando se comenzaron a diseñar los proyectos del aeropuerto, y como también habían tenido noticias de la enfermedad que había postrado a Diego en cama se interesaron vivamente por la salud del artista.


         Mairim, desde el borde del agua, hacía señas con la manos a los que iban sobre la barca, pues como ya estaba bastante cerca de la playa se podían apreciar los rasgos fisonómicos de Xana y Max, y los gestos que hacían con sus brazos. Entonces vio la niña como un enjambre de ruidosos vehículos levantaban el vuelo en vertical desde los grandes barcos que avanzaban detrás de la lancha, y le asustó mucho el aspecto terrible de aquella formidable bandada de buitres metálicos que, en perfecta formación, se dirigía hacia el lugar donde ella se encontraba.
        Los técnicos junto a los recién llegados invitados también se apercibieron de la nube metálica y ululante que acababa de aparecer ensuciando el tranquilo horizonte de la isla, pero su aspecto amenazador no les produjo la menor inquietud.
         - Sin duda son aparatos de algún estado aliado de nuestro país como los aviones que nos sobrevolaron hace un rato. Debe de tratarse de una de esas maniobras conjuntas que se realizan con tanta frecuencia -especuló uno de los técnicos, que siempre que hablaba hacía resplandecer sobre su rostro una amplia sonrisa similar a la de Alberto.
         El ruido ensordecedor de los helicópteros, que ya casi se encontraban sobre sus cabezas, impidió a los demás la posibilidad de poder ofrecer sus particulares opiniones sobre la cuestión. La primera oleada de máquinas voladoras continuó su camino hacia el interior de la isla, mientras que una segunda, que había partido minutos después, se situaba sobre la vertical del inacabado aeropuerto. Los obreros habían interrumpido sus trabajos y miraban boquiabiertos las maravillosas libélulas mecánicas que daban vueltas sobre ellos, y algunos les hacían amistosas señales con las manos. Felipe el Cuarto ladraba hacia el vacio sonoro queriendo también participar en lo que parecía una fiesta.
         De pronto al fragor de las hélices que giraban se unió otro estruendo más terrible, luminoso y mortal, y los ojos de todos se llenaron de horror al ver como comenzaban a estallar granadas por todos los lados.
         Diego se sobrepuso con rapidez a un primer impulso de asombró que paralizó sus músculos, y corrió hacia donde se encontraba su hija, con intención de proteger su vida con la propia, pero cuando llegó a la orilla comprobó como Max ya se le había adelantado en esta función defensiva, y la niña se encontraba junto a Xana y el muchacho enganchada a los cordajes de la lancha neumática. El artista se zambuyó en el agua y nadó con habilidad y presteza los pocos metros que le separaban del bote, seguido por Felipe el Cuarto.
         - ¿Qué pasa? -le interrogaron los jóvenes a dúo cuando llegó junto a ellos.
         - ¡Cualquiera sabe! -exclamó Diego, jadeante y casi sin resuello por el esfuerzo realizado.
         Las explosiones habían cesado, y ahora se elevaba por encima del estruendo de las hélices de los aparatos el poderoso aullido de un altavoz instalado en el helicóptero que parecía ser el que capitaneaba la flotilla. Una voz, con marcado acento extranjero, repetía una y otra vez las mismas consignas:
         - ¡La población civil no tiene nada que temer… Estamos aquí para velar por sus vidas y por su seguridad. Que cada ciudadano regrese a su casa y permanezca encerrado en ella… La situación está bajo control…!
         - Pero, ¡esto es absurdo! -gritó Max.
         - ¡Si las relaciones entre nuestros respectivos países siempre han sido amistosas, y la isla está llena de turistas de la misma nacionalidad que los que hablan, si hacemos caso a las insignias que llevan pintadas los aparatos! -exclamó Xana.
         - ¡Tengo mucho miedo! -lloraba Mairim.
         - No te preocupes por nada, cariño, el mundo de los adultos es así de loco -intentó consolarla Diego, sonriente y estrechando a la niña contra su pecho-. Toda violencia es siempre absurda, y desde el momento en que hay mentes tan enfermas que dedican su tiempo a inventar esos mortíferos ingenios se puede esperar que ocurran cosas más extrañas y estrambóticas.
         Ahora que se había quedado la zona de playa en silencio, se podían escuchar explosiones procedentes del interior de la isla. El rostro de Xana se demudó:
         - ¡Mi madre! -exclamó la bella muchacha.
         - Es poco probable que le suceda nada malo, parece ser que sólo lanzan las granadas con intención de asustar a la gente y que se cumplan sus órdenes de recluirse en las casas -advirtió Diego-. Como podéis comprobar,  la explanada del aeropuerto ha quedado limpia de personal, sin que se vea ningún herido tendido en el suelo. Pero, aprovechando que estamos dentro del agua, lo más prudente sería que procuramos también alejarnos de esta zona lo más posible hasta que podamos escondernos entre las rocas del peñón.
         En efecto, los helicópteros sobrevolaban las obras abandonadas, en la que no se percibía ya ninguna presencia humana, asegurándose de que las órdenes dadas habían sido cumplidas.
         - Además, Tuba y Miles estarán esperando que les vayamos a recoger -se acordó Max de la cita pendiente.
         - Impulsaremos la barca lentamente con nuestros brazos y piernas hasta el lugar de encuentro con nuestros amigos, procurando no levantar espuma para no alertar de nuestra presencia a los volatineros, con todo el follón que tienen montado es posible que logremos pasar desapercibidos a su atención -propuso Diego, y se pusieron a ello.