viernes, 24 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XVIII

XVIII

         No eran ellos los únicos que habían tenido la idea de acercarse hasta la playa, pues ésta, sin llegar a tener todo el bullicio característico de las horas soleadas, se hallaba bastante concurrida, y aquí y allá se veían grupos de personas alegres y divertidas, unos riendo y cantando alrededor de una reconfortante fogata, y otros jugando con las olas al borde del mar.
         Se acercaron hasta una de las hogueras más grandes y más rodeada de gente, pues les atrajo a ella el misterioso rasgueo de una guitarra.
         Cuando estuvieron cerca pudieron comprobar que la tañía una hermosa muchacha de largos cabellos rojizos recostada sobre la blanca arena. El batería del cuarteto medió dos botes de cerveza vacíos, que encontró en el suelo, con piedrecillas menudas y comenzó a moverlos como si fueran unas maracas que acompañaban con su ritmo la melodía de la canción que dirigía la guitarra. Algunos comenzaron a dar palmas y otros a corear el estribillo, que aparecía una y otra vez después de cada sentida estrofa que pronunciaban las cuerdas de la guitarra al ser golpeadas con maestría por los ágiles dedos de la chica de la cabellera caoba. Xana, que conocía bien la letra de la popular canción, se decidió a sustituir el punteo del instrumento por su voz, haciendo público que poseía una garganta rica en hermosos y agudos registros y la sensibilidad suficiente para hacer compartir mediante las diferentes conformaciones de su boca, convertida en caja de resonancia, sus profundos sentimientos a cuantos la escuchaban. La canción decía:

         El mundo debiera ser
Como lo veo cuando sueño,
Aunque esa imagen pienso que será
La pesadilla de más de un burgués.

         Hay verde hierba en ese mundo
Para que repose sobre ella
Todo aquel que lo desea.
         Hay fuentes de risa cantarina
Que se conjunta con la de los niños
Y la de nuestros adultos juegos
         Hay una eterna primavera
Con más flores y más cantos
Que el mejor mayo francés.
         Hay una gacela que corre a mi paso,
Una abeja que anida en mi cabello
Y tus ojos, que me aman como soy.

         El mundo debiera ser
Como lo ves cuando sueñas,
Aunque puedas pensar que será
La pesadilla de más de un burgués.

         Hay un carrusel de ciervos
Que comen de nuestra mano
Y se mueven sin temor.
         Hay un inmenso cielo
Preñado de garzas y cigüeñas
Volando hacia el horizonte.
         Hay un bosque sin final
Donde los racimos de miel
Penden como perezosas flores.
         Hay una luna llena perenne
Que nos guiña en el azul
Al pulso de nuestro amor.

         El mundo debiera ser
Como lo vemos soñando,
Aunque pensemos que su imagen será
La pesadilla de más de un burgués.

         Hay una paloma que revolotea,
Y al hechizo de sus alas
Nos sentimos morar en un remanso de paz.
         Hay una felicidad que lo impregna todo,
Nacida del sabernos parte de la naturaleza
El volcán, los compañeros, la mariposa y tú.
         Hay un profundo mar azul,
Lleno de anémonas y peces
Multicolores y retozones.
         Hay una Humanidad hermanada,
En donde todas las razas se funden
En un mismo ansia de libertad…

         Y terminaba en un estribillo:

         En nuestro sueño, en nuestro sueño,
En nuestro sueño: pesadilla para burgueses.
         En nuestro sueño, en nuestro sueño,
En nuestro sueño: pesadilla para los jefes.
         En nuestro sueño, en nuestro sueño,
En nuestro sueño: pesadilla para guerreros.
         En nuestro sueño, en nuestro sueño,
En nuestro sueño: pesadilla para dementes.

         Que todos los presentes acabaron por corear y palmear, excepto un pequeño mozalbete que se limitaba a menear con la cadencia de la música, mediante un cacillo de latón de larga empuñadura, el ardiente líquido de la queimada que preparaba afanosamente en una ancha cazuela de barro colocada sobre unos trébedes en la hoguera.


         Las risas y los autoaplausos explotaron con alboroto y alborozo cuando acabó la canción, y el de las pecas se dispuso a llenar con el candente brebaje que había preparado algunas taziñas de porcelana vitrificada, que fueron pasando de mano en mano entre la concurrencia. Aquello quemaba la garganta y bajaba como fuego por el esófago, pero estaba dulce y sabroso, y entre el soplido y el sorbo se podían percibir los aromas del azúcar, del café en grano y de la cáscara de naranja que habían acompañado al orujo en su elaboración. Doña Lola se atragantó con el primer trago y, cuando hubo terminado de toser, calificó a aquella bebida de licor infernal, pero cuando regresó la taziña a sus manos, después de haber abrasado con su contenido otros diversos gaznates, repitió de nuevo la experiencia, y su paladar, ya hecho a aquellos calores, pudo deleitarse esta vez saboreando el licor.
         Las gentes se bañaban a aquellas nocturnas horas desnudas por completo, pues se consideraba que la oscuridad del ambiente era velo suficiente para que quedasen resguardados el pudor y el recato de las personas. Miles y Max se dijeron que si habían bajado hasta la playa era para meterse en el agua, y animaron a las muchachas a que les acompañaran, también se les unió el cuarteto, a excepción del batería, que prefería seguir ritmando con sus improvisadas maracas, y varios de los jóvenes que se encontraban en la chusma que se había formado alrededor de la hoguera, y pudieron comprobar el gran placer que se produce cuando te dejas deslizar sobre el agua libre de todas trabas, apenas perceptibles, que producen las prendas de baño.
         El mozalbete pecoso escanciaba una nueva garrafa de aguardiente en la cazuela puesta al fuego y se disponía con ademanes de mago medieval a preparar una nueva mezcla y a recitar los conjuros necesarios para que el brebaje quedara en su perfecto punto tanto material como espiritual. Diego, que consideró que podía representar una grave descortesía dejar sola a su invitada yendo también a gozar de las olas, sacó de un bolsillo una pequeña libreta y un lápiz de plomo, y se puso a tomar apuntes de los que aún permanecían junto a la fogata. Era muy hábil y rápido en las acciones con que su mano transfería las imágenes al papel, y con un par de trazos era capaz de sintetizar los rasgos de una fisonomía o la expresión de un gesto. Doña Lola le contemplaba boquiabierta y loaba su maestría.

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