XII
-¡Buena caza habéis conseguido, pillines! –comentó Diego a sus amigos-. No había visto chicas tan hermosas en la isla desde hacía años, sólo la madre de Mairim se les podría comparar en belleza y galanura y, por desgracia, ella ya dejó de consolar con sus gracias y venturas sin fin este mundo de llanto y desconsuelo.
-Lo de las muchachas ha sido una cuestión de azar, pero ¿nunca nos contaste que eras padre? –aprovechó Miles la primera oportunidad que se le presentaba para realizar la pregunta que le quemaba dentro desde que el amigo les presentara a la chiquilla como a su hija.
- Yo tampoco sabía que lo era hasta que me instalé en la isla –sorprendió Diego con su respuesta a los muchachos.
- ¡¿Cómo?! –le interrogaron a dúo dejando por un momento la tarea de bajar los equipajes del todoterreno.
- Mairim tendría ya casi unos dos años cuando conocí a su madre. Debió de ser el fruto de un corto y apasionado amor –aclaró Diego, que continuó explicando -: Nunca le pregunté a Claudia, que así se llamaba mi compañera, sobre el particular durante los cuatro años que vivimos juntos. No me interesaban demasiado los detalles y teníamos siempre temas de conversación mucho más interesantes. Claudia era toda ella una maravilla, tanto en las formas de su cuerpo como en la claridad de sus ideas y en la sencillez de su espíritu. Cuando estaba junto a ella el tiempo pasaba sin sentir, trabajaba horas y horas, días y noches, bien en el estudio, bien en las playas, ora ayudando a los nativos en sus labores comunales ora embebido en mi mundo pictórico.
- Nunca nos comentaste nada sobre el particular durante tu estancia en la ciudad –le dijo Miles, que junto a Max habían reanudado la tarea de la descarga de maletas y bolsos.
- Fue tan corta la duración del viaje y tanta la actividad a realizar: montaje de la exposición, las conferencias, los debates, las sesiones musicales, las entrevistas, las tertulias –pero mientras hablaba, Diego, se daba cuenta de que estaba fabricando una respuesta falsa y que sus amigos se merecían una mayor sinceridad por su parte -. No, no fue tan sólo eso, tal vez lo menos importante, lo más anecdótico. Era la gran diferencia existente entre aquel mundo y este tan diferente del que procedía. Este era entera y absolutamente mío, lo sentía con una intensidad tal vez demasiado egoísta por mi parte, pero que era, al mismo tiempo, tan fundamental y tan íntima que era imposible desprenderme de ella, aunque tampoco esto lo explique todo, por eso puse tanta insistencia en invitaros a venir, la única forma de conocer la diferencia es viviendo en ella.
- Ya están todos los equipajes bajados –anunció Miles, y en efecto ya se encontraba el mercadillo de las maletas esparcido alrededor del vehículo.
- Mejor que trasegarlos todos al interior los podemos dejar en la cabaña de entrada y que las señoras vayan cogiendo según sus necesidades. No tengáis miedo a que nadie toque nada, toda la gente de la isla somos muy respetuosos con las propiedades y las intimidades ajenas –y los tres se pusieron manos a la obra mientras el artista proseguía -: Aquí os será fácil comprenderlo todo, se puede ver, se puede palpar, respirar en el ambiente, en la brisa salada del océano, en el rumor de las ramas de las encinas y las hayas que se entrechocan cuando anochece.
- Comprendemos perfectamente tu postura, el encanto de la isla y sus blancas arenas produce un embrujo imposible de explicar a quien la desconozca –afirmó Miles.
- Debíamos haber venido antes, pues hasta que uno no comprueba por si mismo las cosas no puede dar una auténtica credibilidad a las palabras de los demás, aunque salgan de la boca de sus mejores amigos. ¡Mas de nada vale arrepentirse de lo que no se hizo en el pasado, hay que mirar al futuro y gozar de la alegría de estar aquí juntos! –expresó Max.
Salieron Tuba y Xana.
- Ya elegimos habitación –sonrió Tuba.
- Mairim es una chiquilla encantadora –afirmó Xana.
- Gracias, coged lo que vayáis a necesitar de momento y ya iremos bajando el resto nosotros –sugirió Diego.
Cuando las chicas volvieron a entrar en la casa con unos bolsos de mano, y los ojos de Miles y Max vieron desaparecer sus bamboleantes caderas, el pintor volvió a retomar la interrumpida conversación.
- Antes, cuando estaba Claudia, las cosas eran muy diferentes, sobre todo para mí. Pero la isla sigue siendo la misma y sus gentes igual de saludables y discretas… Sólo he cambiado yo, he perdido yo. Soy una persona más triste, más aviejada…
- Estás en plena forma –consoló Max el acceso de melancolía que había atacado al amigo mientras le palmeaba en un hombro-, el tiempo no pasa por ti. No hay ninguna razón para preocuparse, nos divertiremos juntos, reiremos a coro.
- Hemos traído nuestros instrumentos musicales y haremos la mejor música que nunca hemos tocado en tu honor –le relevó Miles en sus labores de levantar el ánimo del artista.
- En la playa de poniente hay un chiringuito donde todas las noches suele amenizar la velada una orquestina, estoy seguro que se harán a vuestra música con facilidad –anunció Diego resurgiendo de la nostalgia que le había atenazado su corazón un momento antes-. Pero lo primero es rendir la pleitesía a la cena para reponer fuerzas, la Abuela se ha esmerado al conocer que teníamos mas invitados de los previstos…

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