X
No se podía decir que hubieran llegado a un poblado, pues las casas, colmados, cabañas y hotelitos se encontraban esparcidos, con bastante separación unos de otros, adaptándose a las conformaciones caprichosas del abrupto terreno que constituía la colina, conglomerando un todo uniforme con la exuberante vegetación que cubría la zona.
Max se preguntaba en mente por la manera en que, como guía de la expedición, podría salir triunfante de aquel intrincado laberinto y dar con la vivienda de su amigo el pintor cuando una sombra plantada en medio de la carretera le obligó a frenar la marcha del vehículo, deteniéndose éste, con su acostumbrado traqueteo, a un par de metros de Diego, a quien cegaban los faros.
-¡Apagad esa luz infernal! –gritó el artista como salutación.
- ¡Vaya! –se sorprendió Miles.
Max dejó el alumbrado del todoterreno reducido al ordinario y tiró de la palanca del freno de mano mientras saltaba hasta el asfalto.
- Ya creía que no ibais a llegar nunca – decía Diego mientras le abrazaba con efusión.
Miles también había saltado desde la montaña de los equipajes y corría a su encuentro.
- Como verás, no hemos venido solos –le informó como saludo cuando llegó hasta él, al tiempo que le palmeaba con ardor sobre la espalda.
- Sean todos bienvenidos –decía el pintor sin ocultar su alegría.
- Ya han encontrado a su tahúr –comentaba doña Lola a las muchachas.
Max y Miles arrastraron a su amigo hasta el vehículo e hicieron las oportunas presentaciones. A Diego le sorprendió sobremanera la belleza de las chicas y la fuerte personalidad que se transparentaba en la erguida y fría figura de la dama. A ellas les admiró la fisonomía salvaje de Diego, pues lucía unas abundantes barbas y melenas blancas sobre una piel ennegrecida por el sol, que tan sólo cubría un pantalón corto de azul pana vaquera y un gran adorno dorado en forma de semiluna que, pendiente de un encadenado de cuero trenzado, reposaba o se bamboleaba según los movimientos sobre el abundante vello gris de su fornido pecho.
- La casa está muy cerca, podemos ir andando y que el coche nos siga –afirmó y propuso el anfitrión.
- Será un placer abandonar este trasto –sentenció doña Lola, descendiendo del vehículo y soltando a Mimi.
- ¿Habrá sitio para todos? –interrogó Max a su amigo.
- La cabaña es pequeña, pero la mansión es grande –dijo en forma enigmática el artista.
- Nosotras preferimos acomodarnos en algún hotel –expuso su propósito doña Lola, dando por sentado que su criterio era el que iba a prevalecer frente al parecer de las chicas.
- Jamás lo consentiría el profundo sentido que tengo de la hospitalidad, señora –se molestó el artista, que continuó -: Aunque tuviera que irme a dormir sobre la arena de la playa, lo cual estimo que no será preciso, porque el espacio es abundante en mi casa, puedo asegurarle que tanto usted como las dos señoritas que la acompañan serán debidamente bien acomodadas en mi hogar.
- Nunca he sido partidaria de crear molestias a los demás, y tanto nuestros propósitos como nuestra condición social nos encaminan hacia un agradable y lujoso hotel, dicho sea sin desmerecer del alojamiento que usted desea proporcionarnos y que nos brinda con una gentileza muy de agradecer. Por otra parte, no nos agradan demasiado los juegos de naipes –repuso doña Lola terminando con un deje irónico.
- Primero nos acercamos a la casa y después ya veremos lo que se hace –propuso un pacto Diego, y como hubiera un silencio meditativo tras sus palabras lo aprovechó para poner en marcha la acción -. Max sube al cacharro y síguenos –y comenzó a andar tomando a Miles por la cintura.
Las damas no tuvieron más remedio que seguir su paso para ponerse a su altura y poder seguir la conversación.
- ¿No estará lejos, nos hemos movido mucho hoy?
- Menos de cien metros, un poco más allá de ese majestuoso cedro que se destaca entre la vegetación. Y, para aclarar dudas, he de informarle que en mi casa no se practica otro juego de mesa que no sea el ajedrez, si mis jóvenes amigos han tenido el desliz de aludir a cierta cuestión ya habrá tiempo de ponerla en claro… En cuanto a los planes y expectativas sobre la forma de transcurrir su estancia en la isla me temo que van a tener que ser un poco divergentes a como ustedes los habían proyectado, pero la realidad se impone, y por el momento se encuentra de mi parte. Puedo asegurarles que no se arrepentirán con el cambio si su intención al venir hasta aquí era la de divertirse y olvidar las preocupaciones cotidianas, aparte de que en esta parte de la isla, para fortuna de propios y extraños no han conseguido todavía construir ningún hotel –tuvo que interrumpir su parlamento para dar instrucciones a Max-. Es ahí enfrente, puedes dejar aparcado el cacharro donde quieras, que no molestarás a nadie.
Ante ellos se erguía una pequeña cabaña con cubierta de ramas secas y paja.
- ¡¿Pretendes que nos metamos todos ahí dentro?! –se exaltó Max.
- No hagas juicios apriorísticos, amigo, antes de formar una opinión hay que hacer las pertinentes comparaciones entre lo que uno vislumbra a primera vista y lo que es la cosa en realidad, las apariencias siempre suelen engañar y aquí no iban a comportarse de forma distinta. Hay ahí suficiente vivienda para que nos podamos poner a jugar al escondite si lo encontramos entretenido –dijo Diego, medio riendo.
Max detuvo el vehículo junto a la empalizada que protegía la entrada con el consabido estruendo característico, y al ruido salieron de la cabaña una pequeña niña corriendo y un perro mastín ladrando.
La niña se lanzó contra el pecho de Diego, que la acogió entre sus fuertes brazos y la estrechó con firmeza contra su nervudo cuerpo.
Niña y hombre reían ante la sorprendida mirada de los otros.
- Es Mairim, mi hija –presentó Diego a la niña -, ya sé que no estabais al tanto –puntualizó a Miles y Max -, es una larga historia.
La cría era una preciosa rubita de gráciles ademanes y rostro simpático que representaba unos siete años de edad.
- Saluda a estos señores que son amigos míos –le sugirió el padre depositándola en el suelo. Ella se sintió en un principio tímida y avergonzada, pero pronto Miles la levantaba sobre su cabeza con sus fuertes brazos al tiempo que la hacía cosquillas , y cuando la volteó sobre Max ya comenzaba a sonreir la pequeña, que después fue besuqueada y acariciada por las muchachas y doña Lola.
En tanto Mimi y el mastín se olisqueaban por esas zonas donde es la costumbre habitual de los canes tratando de tener información sobre sus costumbres. El mastín era unas diez veces más voluminoso que la caniche y al observar la confraternización entre ambos doña Lola se asustó.
- ¿No se irá a comer su perro a mi Mimi?
- No tema, señora, Felipe el Cuarto es muy granduñón pero inofensivo, le bauticé así por su parecido con el que está retratado en Las Meninas, y, como aquel, éste podría aguantar sin rechistar que le patease un enano.
- La Abuela está terminando de preparar la cena –pudo anunciar Mairim, ya desembarazada de los abrazos y zalameos de los mayores.
- Pasemos adentro, pues –invitó Diego.

No hay comentarios:
Publicar un comentario