XVII
Llegaron bañados en sudor hasta el velador recogiendo por el camino todo tipo de alabanzas, loas y honores por parte de los agradecidos y entusiasmados espectadores. Las chicas les abrazaron con efusión y doña Lola y Diego les palmeaban sobre los hombros. Mimí aprovechaba para ladrar a sus anchas ahora que ya no la mantenían achantada bajo la mesa.
-¡Fabuloso, muchachos, fabuloso! –exclamó Alberto-, no me lo quería creer cuando Diego me lo contaba, pensando en que exageraba en los calificativos por causa de la amistad, pero os juro que esto sobrepasa todo lo imaginable. Tengo que reincorporarme a mis funciones de camarero ahora, pero ya habrá ocasión de comentar vuestra actuación con más tiempo y serenidad… ¡La casa invita! –concluyó como despedida y se alejó en dirección a la barra danzando feliz entre las mesas.
El tocadiscos volvió a entrar pronto en servicio, ahora reproduciendo temas melódicos de John Coltrane, mientras la gente hacía comentarios sobre la sesión recién acabada y elucubraba inevitables comparaciones.
Alberto dio prioridad a la invitación que con tanta gentileza ofrecía la casa al velador de Diego, alrededor del cual también se habían hecho sitio los chicos de la orquestina, que continuaban admirados de la facilidad con que habían logrado conjuntarse con los forasteros.
- ¿Cómo es que no os habéis hecho músicos profesionales? -interrogaba el batería a los dos amigos.
- Nunca hemos pensado en ello de una forma seria -le respondió Max por los dos-, ya tenemos nuestras profesiones inginieriles como medio de subsistencia… La música es para nosotros una afición, una pasión…
-Sería horrible apasionarse por el trabajo -ayudó Miles a su colega a explicar lo que no conseguía explicitar -. Vivir para trabajar no va con nuestro carácter. Los expertos afirman que el trabajo es un castigo divino, y nosotros estamos de acuerdo con esta opinión, tal vez un poco exagerada, y que además requiere la fe en un cierta religión, pero de cualquier forma si es demasiado fuerte calificar al trabajo corriente de condena tampoco se le puede motejar de placer.
- Algunos conseguimos trabajar en lo que es nuestra afición -afirmó Diego con rotundidad.
- Como nosotros -coreo el cuarteto, que estaban tan acostumbrados a realizar todo de una forma conjunta que hasta en las cuestiones más triviales funcionaban a veces como una única voz.
- Lo que pasa es que nosotros somos demasiado apasionados para podernos dedicar con integridad a una sola actividad -continuo Miles, y remarcó -: Nos absorbería con tanta intensidad que podría ser capaz hasta de quitarnos la personalidad. Sucede con cierta frecuencia que un individuo se mete con tanta intensidad en una labor que le hace olvidarse de todo lo que le rodea, como caer una especie de extraña locura, por otra parte, muy habitual en una sociedad dirigida hacia la especialización y la competencia. Por encima de cualquier actividad laboral debe de estar la higiene mental de la persona que la desarrolla.
- Perdona que disienta de la afirmación que has hecho, Diego, pues no me podrás negar, querido amigo, que tu auténtica pasión es esta isla -expresó Max, que continuó -, aún a pesar de que nadie dude que pongas en la pintura toda tu inteligencia y tus muchos conocimientos, los cinco sentidos, que se dice, en el fondo tu preocupación mayor y tu obsesión está en la conservación de estos espacios naturales y de las formas de cultura que se vienen dando en ellos desde antiguo. Así ya tienes algo externo a tu trabajo, concreto y noble, en que poner tus mejores empeños y con lo que poder sentirte realizado sin necesidad de aferrarte a tu profesión. Vosotros también tendréis pasiones diferentes a la música… -se dirigió a los de la orquestina.
- Sí -coreó el cuarteto, tan adiestrados a funcionar como conjunto, y luego pasaron a exponer en forma individualizada sus respectivas aficiones, pues también se sentían capaces de realizar cada uno de ellos solos de una respetable calidad. “Mi pasión es la mecánica”, afirmó uno de ellos. “la mía coleccionar sellos”, dijo otro. “Lo que más me apasiona es jugar al balompié”, explicó el batería, que era un tiarrón grande y fuertote, y estas cualidades físicas hicieron pensar a la concurrencia que sin lugar a dudas sería un magnífico defensa central. “A mí bucear en el fondo del mar”, terminó la ronda el de los teclados. Ante esta última aseveración no pudo callarse Tuba.
- Esa es también mi mayor pasión -reseñó la muchacha -, ¡qué suerte encontrar a alguien con los mismos gustos que una!
Algo iba a decir al respecto el de los teclados cuando Max, dando por cerrada la espontánea encuesta que habían sugerido sus palabras, pasó a interpretar por su cuenta y riesgo los resultados, tomando la delantera a los otros.
- Pues bien, como se ha podido comprobar cada uno de vosotros tenéis una pasión que es por completo diferente al trabajo que realizáis, del mismo modo que nosotros dos, y por lo tanto debéis comprender que nuestra negativa a profesionalizarnos como músicos está justificada, pues es del todo lógica.
- Es muy razonable todo cuanto has expuesto compañero, pero mi mayor pasión, como ya dejé sentado durante la cena, es el mundo submarino -afirmó Miles, que no se encontraba dispuesto a que nadie, y menos perteneciente al sexo varón, tuviera mayores afinidades pasionales con Tuba que él.
- Fue allí donde tuve por primera vez noticia de esa inclinación tuya, ¡qué bien te la has tenido guardada hasta el momento! -no pudo por menos que reprocharle Max.
- De sobra deberías estar al cabo de ello, creo habértelo expresado más de cien veces, pero tú sólo estás dispuesto a enterarte de aquellas cuestiones que te agradan -se obstinaba Miles en mantener su postura, contando de antemano con que su buen amigo sabría comprender y disculpar aquella pequeña tergiversación de la realidad.
- En cualquier modo eso no cambia en nada la contundencia de mis argumentos, pero si es cierto lo que afirmas deberías hacerte saxofonista profesional -inventó Max sobre la marcha.
Todos rieron la divertida ocurrencia de Max, a excepción de Miles, quien acusó el impacto que se le había lanzado de tan aviesa manera frunciendo el ceño, aunque logró recobrar la serenidad en un instante y fue capaz de articular:
- Ya llevó algún tiempo pensando en ello, creo que sería muy interesante…
- De esa forma podrías dedicar toda tu pasión a los fondos del mar y podríamos sumergirnos juntos horas y horas -se entusiasmaba Tuba con la preciosa perspectiva de futuro que se le presentaba.
-También podría apasionarse por los fondos oceánicos cuanto quiera sin dejar de ejercer su profesión de ingeniero como hasta ahora, y siempre tendría resuelto su porvenir, pues a las actividades artísticas no las veo como demasiado actas para poder resolver con ellas la economía de nadie -intervino, llena de razón la siempre prudente doña Lola -. Vosotros mismos habéis afirmado que muchos artistas han tenido que ganarse la vida jugando con ventaja a los naipes…
- No crea que se gana demasiado ejerciendo de ingeniero como para poderse pagar con los beneficios de esta actividad una pasión submarina, aunque parezca una contradicción los equipos necesarios para poder realizar inmersiones bajo el mar están por las nubes -repuso Max, por echar un cable a su colega.
- Lo único que importa es que nuestros amigos sean felices disfrutando de su mutua compañía submarina, que el dinero necesario para poder llevar a cabo las actividades que uno desea es accesorio, siempre llegará de algún lado -afirmó Xana, con un convencimiento tan romántico como ilógico.
- Mientras estén por aquí también podría sumergirme con vosotros, y así seriamos los tres felices al mismo tiempo -apuntó, fuera de órbita, el de los teclados.
- Hay algunas ocasiones, amigo, y perdona que tenga que ser tan explícito, en que tres personas se convierten en una multitud molesta y desagradable -le dijo Diego con tono afable, y continuó con el mismo sosiego, pero dirigiendo sus palabras a la globalidad de los sentados en torno a la mesa -: Ya que el tema de la conversación nos ha dejado medio metidos en el agua no sería mala idea que nos fuéramos a dar un buen baño en la playa -y notando la cara de extrañeza que ponía doña Lola se explicó -: Es una costumbre muy típica en la isla y muy practicada la de bañarse a la luz de la luna.
El cuarteto musical refrendó las palabras del pintor, que encontró un jubiloso eco en los jóvenes forasteros…

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