XIII
¡En verdad que se había esmerado la buena mujer! En la recia mesa de roble del patio las viandas iban llegando sin cesar, a cual más apetitosa, y los comensales daban cumplida cuenta de los manjares, que se regaban con el abundante repertorio de bebidas que no paraba de descorchar Diego, quien no bien veía que se iba mediando una botella ya abría otra, mientras animaba a sus invitados a que vaciasen la anterior.
- En tres dedos no hay nada –era la consigna tan cómica como esotérica y a la vez procaz del artista, (tres dedos viene a ser la distancia existente entre la vagina y el ano de una mujer), que repetía entre risas mientras presidía la mesa.
El pie de la misma se le había ofrecido, como invitada de honor que
era, a doña Lola, y por los flancos del ara se habían distribuido, un poco al azar, en uno de ellos las dos muchachas y Mairim, y en el otro Miles y Max, dejando el asiento más cercano a Diego a la Abuela, que casi no lo ocupaba, empecinada en ser ella misma la encargada de ir y venir a la cocina a traer las bandejas con los alimentos, a pesar de los repetidos ofrecimientos que se le habían hecho para que se sosegara y se sentara a comer plácidamente y fueran los más jóvenes quienes se dieran los trabajosos paseos.
- Y, ¿qué sabéis vosotros del punto exacto en que tienen que estar las comidas para ser servidas? Cada cual a lo suyo, el mayor honor que se le puede dar a un cocinero es permitirle que sea el mismo quien ponga las pitanzas que ha elaborado sobre la mesa –rechazaba con autoridad las diferentes ofertas.
La buena señora era todo un carácter capaz de mantener a raya a la misma doña Lola, a pesar de que su fisonomía débil y su apariencia recatada y tímida parecieran indicar lo opuesto. Y es que la habilidad y las facultades para ponerse una persona en el lugar que cree que le corresponde por derecho y por razón están muy por encima de los dibujos que se quieran atribuir a su temperamento y a su conformación exterior.
Los comensales reían, brindaban, charlaban y comentaban mil y una cuestiones mientras daban cumplida cuenta de los múltiples platos que se iban disponiendo a su alcance, tanto para deleite colectivo como individual, nos explicamos, de aquellos platos que, como las aderezadas ensaladas, se situaban en el centro de la mesa para que todos los pudiesen degustar como de aquellos otros que se ofrecían individualmente y que cada cual elegía de acuerdo con sus propios gustos,
Mimi y Felipe el Cuarto también participaban del banquete recibiendo de tanto en tanto alguna sobra o alguna delicadeza, y permanecían expectantes sobre el próximo regalo que recibirían.
Quedaban ya lejos las prevenciones y reparos que había puesto doña Lola a sentarse en la misma mesa que un tahúr, ante los entremeses, así como las explicaciones de Diego.
- Esa aventura está ya añeja y rancia, y no creo que sea motivo apropiado para quitar a nadie el apetito, hagan el favor de tomar asiento, y mientras abrimos boca con estos aperitivos la contaré, por lo demás, a estas alturas, queda como una anécdota cómica e infantil.
Mas doña Lola, recién duchada y cambiada de ropa, mantenía su posición erguida y poco predispuesta a ceder a los ruegos, mientras las glándulas salivares del resto de los presuntos comensales se hacían agua ante la visión de los atractivos abrebocas que cubrían la mesa con sus vistosos colores, sus picantes aromas y sus atrayentes sabores.
- Me muero de hambre –decía Mairim.
- Ya habré tiempo para las explicaciones –suplicaba Miles deseoso de meter mano a aquellos manjares.
- ¡No hay que ser tan intransigente, mamá! –rogaba Xana.
La Abuela tuvo que encargarse de poner las cosas en su sitio.
- ¿A qué tanta pamplina?, una cuestión es la propia estimación que cada cual debe tenerse y otra muy distinta el fastidiar al prójimo con una soberbia intolerante?
- ¡Señora! –exclamó doña Lola.
- No se moleste usted por mis expresiones, pero respete mis canas y la energía que he gastado preparando estas pitanzas. Aquí no se trata de sentarse o no a la mesa del Diego, sino de rechazar unas comidas que se han preparado para ustedes con el mayor esmero y cariño y amargar la buena amistad existente entre estos jóvenes. Bueno, basta de chachara que el asado que tengo puesto al fuego va a acabar por chamuscarse, siéntese usted, señora, en buena hora, si no es su pretensión que todos nos llevemos un soponcio por su intransigencia –pronunció la abuela con una lógica, autoridad y sencillez, que hacía vana cualquier réplica. Doña Lola se sentó, algo anonadada y tras ella los hicieron los jóvenes, la niña y, por último, Diego, todos ya dispuestos a dar satisfacción a sus jugos gástricos.
- Lo prometido es deuda, y como no me agrada en absoluto tener acreedores voy sin más dilación a cumplir con lo pactado, ¿vermut, jerez u oporto? –hizo un aparte Diego. Y cuando los invitados hubieron expresado sus deseos comenzó su relación -: Cuando comencé mi carrera como pintor me era muy dificultoso vender mis cuadros, no hacia una pintura tradicional, lo que me descartaba muchos posibles clientes, y no quería someterme a los manejos de las galerías de arte, que suelen estar llevadas por personas más predispuestas para hacer negocios que para apreciar la calidad de una obra artística, lo que también me descartaba la posibilidad de llegar a un gran número de espectadores y compradores, así que llegué a verme en una situación tal que llegué a carecer hasta del dinero para poder conseguir lo más imprescindible: alimentos con los que poder seguir subsistiendo y útiles para poder continuar mi trabajo. En este estado de cosas descubrí que mi pasión por el ajedrez podía darme la solución con que aliviar mis penurias económicas y me vi convertido en un jugador profesional.
- Como sigas hablando sin parar y no te decidas a comer te vas a quedar sin probar bocado –le advirtió Max, que al igual que los otros ya había comenzado a saciar su apetito mientras escuchaban el relato de Diego, y éste aprovecho la pausa para echarse al coleto un par de canapés y limpiarse la garganta con un trago de vino, y continuó:
- En el mismo lugar, garito, si queremos llamar a las cosas por su nombre, donde realizaba mis partidas se llevaban a cabo otras de todo tipo de juegos de mesa, y allí trabé relación con unos malabaristas de los naipes que me enseñaron una larga serie de trucos y habilidades a cambio a cambio de darles a conocer algunos rudimentos sobre el juego de los sesenta y cuatro escaques, ya que este tipo de gente no acostumbra a dar nada si no recibe algo a cambio…
Hizo una nueva pausa pare echarse otro aperitivo a la boca, y tras de un nuevo trago prosiguió:
- Para resumir y poderles acompañar en la cena, de esta forma tan tangencial fue como logré conseguir una cierta habilidad en los juegos de barajas, con los que conseguí una pequeña fortuna, porque en realidad el que se enfrenta a un jugador profesional lo que busca de alguna manera es purificar alguna culpa que cree tener a cambio de su dinero, una forma como otra de hacer un sacrificio a los dioses, que buenos beneficios trae a los casinos y similares.
- Es una versión un tanto particular de tratar el asunto –creyó oportuno apuntar Miles -, nunca se me ocurría jugar a algo para perder…
- Lo cual significa que no crees que debas de pagar por una deuda hipoteca que tenga tu mente, y de hecho no te veo camino de un casino porque sé que tienes tu pensamiento ocupado en cuestiones más interesantes… Volviendo al tema, y para cerrarlo, con ese dinero conseguí montarme una exposición y comenzar a tener compradores de mis lienzos…
Miles y Max se pusieron a aplaudir y las chicas los siguieron.
- ¿El fin justifica los medios? –no se adhirió a las efusiones doña Lola.
- Cualquier aprendizaje es bueno –no se inmutó el pintor con la malintencionada pregunta -. Lo que me habían enseñado los tahúres me fue de una gran utilidad cuando una lamentable ocasión me forzó después a echar mano de ellos. Resulta que este terreno sobre el que nos encontramos cenando le fue arrebatado al esposo la Abuela por un cacique local, su legal propietario, mediante un trámite judicial oscuro y artero en el que no había estado exento el cohecho y otros procedimientos de semejante índole. Esto había sucedido algunos años atrás, mucho antes de conocer a la madre de Mairim, que cuando llegué a la isla vivía con la Abuela y la niña en la cabaña que hoy forma la antesala de la casa en régimen de alquiler, pagando el correspondiente arrendamiento a su dueño ilegal… Y quiso la frívola fortuna que sorprendiera en cierta ocasión a este pájaro enfrascado en una monumental partida de naipes y la oportunidad se me presentó calva, como suele decirse, en la forma que ya se pueden ustedes imaginar. Era reparar una injusticia, y a la zorra con la astucia… Pero, continuemos comiendo.
- Le ruego que me disculpe por haber dudado de su integridad, pero sus amigos me hablaron de sus mañas con los naipes en un tono…
- Tal vez hablamos del tema con demasiada ligereza –reconoció Max.
- En cualquier caso, el la ganó y suya es –remató el tema la Abuela que regresaba con nuevas viandas.
Las nubes de las dudas habían desaparecido y al nocturno sol de las lámparas eléctricas todos hablaban con fluidez y simpatía. Cada cual era en el fondo y en la práctica un perfecto desconocido para la mayoría de los otros y sentían la necesidad de dar con la máxima presteza cumplida información sobre sus ángeles y sus demonios, sobre sus gustos y sus fobias, sobre sus esperanzas y sus temores, sobre sus deseos de olvidar inútiles conocimientos y de comenzar nuevos aprendizajes.
Así pudo llegar a ser del dominio público el horror que doña Lola sentía hacia las ciudades en general y hacia aquella en la que habitaba en particular, el amor hacia las profundas inmensidades del mar que unía en los mismos gustos a Tuba y Miles, la pasión por la metafísica que juntaba a Xana y Max… Porque la afición a preparar suculentos platos de la Abuela ya se había evidenciado sobre la mesa, como que la obsesión de Diego era la transformación de la realidad mediante los colores y las formas. Mairim, como espíritu puro, no herido todavía por las querencias, lo amaba y criticaba todo a la vez.
De este modo se iban conociendo y apreciando las diferentes personalidades de los demás, a unas por su afinidad con la propia y a otras por su oposición, pues tanto complementan y suplementan las unas como las otras.
En esto regreso la Abuela con los postres, frutas y una hermosa tarta de apetitosa presencia.
- Ustedes me hacen romper con todas mis reglas dietéticas –subrayó doña Lola.
- La regla la produce la excepción –sentenció Max, que desde que supo su común afición con Xana se sentía más proclive a filosofar.
- La noche será larga y habrá tiempo más que suficiente para quemar todas las calorías que ahora engullimos, nos aguardan la música, el baile, el… -creyó Diego que pronunciar “el goce” era exponerse a sobrepasar lo excesivo y detuvo un momento su discurso para encontrar un sustitutivo más ligero -…la diversión, ¡la fiesta!

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