martes, 28 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XXI


XXI

         Todos los que pernoctaban en la mansión de las rocas tuvieron tiempo sobrado para soñar en cuanto les viniera en ganas y gracia a sus respectivos subconscientes, pues allí nadie se despertó hasta que estuvo bien entrada la mañana, cuando el sol se encontraba ya casi llegando a la culminación de su zenit.
         Desayunaron todos juntos en el umbrío patio interior abundantes, sabrosos y frescos alimentos del país regados con una rica y cremosa leche de vaca, que en la amanecida había ordeñado Agamenón, ya que el campesino además de agricultor también tenía un establo con vacas, con cuya leche surtía todas las mañanas las necesidades de varios de sus conocidos, amén de su propia hacienda.
         Diego acostumbraba a invitar al gañán a compartir el desayuno con él, y de paso departían sobre las diferentes novedades que iban acaeciendo en la isla, ya que Agamenón con sus idas y venidas en los repartos era una fuente ideal para cualquier información.
         Pero aquella mañana, en que sólo fue recibido por los ladridos de agasajo de Felipe el Cuarto y los desconfiados de Mimi, mientras el resto de la casa permanecía en silencio, se limitó a dejar en la puerta de la cabaña el cántaro de leche, aquietando a los canes y respetando la paz de los que dormían.
         Horas después la mansión comenzó a recobrar el aliento, comenzando por el encendido del fogón a cargo de la Abuela. Y tal vez fueran los efluvios aromáticos que iban saliendo de la cocina los que fueran despertando a los demás…
         Después de rendir homenaje con voraz apetito a cuantos manjares fueron llegando a la mesa de roble los todavía soñolientos comensales, ante las pertinaces insistencias de Miles y Max, se decidió el pintor a mostrar a sus invitados su estudio y sus obras.
         El lugar era un revoltijo inenarrable de telas, maderas, botes con colores, tubos de pintura, andamiajes, pinceles y brochas, maniquíes, cuerdas y cables, vestimentas de mil obras diferentes, libros, revistas, carpetas y focos de luz, y más de uno de los que entraron con Diego se admiró de que en semejante desorden pudiera llevarse a cabo una creación artística.
         El anfitrión, adivinando los pensamientos que pululaban por las mentes de los visitantes a causa de los gestos de extrañeza que se dibujaban sobre sus rostros, se puso a explicar las lógicas razones que habían hecho que aquello pareciera más que un estudio de un pintor, según el concepto clásico, el desván de un teatro en ruinas o un campo de batalla al anochecer.
         - Se trabaja a golpes de inspiración, y cuando esta voluble señora irrumpe en su carro de caballos desbocados te inunda todo el espíritu y no queda más por hacer que dejarte arrastrar por ella hasta donde te quiera llevar. Luego, cuando se disipa, te sientes tan cansado y tan vacío que no te quedan ni ánimos ni fuerzas para recoger el más liviano utensilio que has empleado en tu labor creativa.
         - Aún siendo las cosas tal y como nos las cuenta, pues debo confesarle que nunca me he detenido a pensar en cómo se produce el proceso creativo en los artistas plásticos, siempre cabría la posibilidad de que se dedicara a adecentar un poco este desbarajuste en alguna ocasión en que se encuentre falto de inspiración, o bien, pedir a alguien que se lo limpiase un poco -sugirió doña Lola.
         - ¡Alto ahí, señora! -se sobresaltó Diego -. Cualquiera de las dos opciones que usted me propone con tanta amabilidad sería una auténtica catástrofe de llevarse a la práctica. Si se me ocurriera entrar en mi estudio falto de inspiración estoy seguro que llegaría a angustiarme hasta tal punto que en vez de dedicarme a ordenar trastos acabaría por sentarme a observar y autocriticar mis lienzos terminados, y me parecerían tan horribles y tan faltos de sentido con respecto de la fuerza que me impulsó a realizarlos que me obstinaría con la fuerza de un poseso a dejarlos hechos añicos. Ya tuve la ocasión de probar la experiencia una vez, hace bastantes años, y el resultado no pudo ser más horrible. En cuanto a su segunda propuesta, que parece bien lógica, una vez analizada en sus pormenores llevaría a un resultado aún más sórdido que el de la anterior. Aquí parece ser que impera la anarquía, y así es, en efecto, en cuanto que ella no es sino un orden de tal rango y nobleza que es capaz de estar por encima de todas las reglas y de imponerse a cualquier dirección que pretenda gobernar el curso ordenado y preestablecido por ella misma, Cada uno de estos objetos, que a primera vista pudiera parecer que están dejados al azar en el sitio que ahora ocupan, han tenido una razón y un sentido que les ha conducido a establecerse en esa precisa ubicación. El que ocupen con su volumen el actual espacio que abarcan no es el fruto de una trivial casualidad, sino que es el producto de una serie de acontecimientos quien ha logrado que hoy se encuentren en esa y no en ninguna de las otras posibles disposiciones. Su topología tiene detrás de sí toda una historia, corta o larga, sencilla o complicada, alegre, triste o indiferente, que justifica y explica la ocupación de ese precioso trozo de espacio en el tiempo presente.
         - Y, ¿el polvo también tiene su propia historia? -se atrevió a observar Tuba, al comprobar como éste formaba gruesas capas sobre muchos de los objetos esparcidos por el estudio.


         - Para mí es una especie de carbono 14, que me permite datar la última ocasión en que dicho objeto fue movido -respondió el pintor sin inmutarse-, además de que produce un efecto mate en el ambiente muy apropiado para un lugar cuya función global es la práctica de la pintura, pues creo que ya conocerá usted, querida señorita, que el peor enemigo con que ha de enfrentarse una composición pictórica es la aparición de un brillo falso, que ha surgido traicionero, a contratiempo y en contra de la voluntad de quien ideó el cuadro.
         - No estoy muy al tanto, si he de serle sincera, de las cuestiones relacionadas con las bellas artes -reconoció Tuba, un poco avergonzada, pero con valentía, por su desconocimiento de la materia que se trataba.
         - Bien, todas estas apreciaciones marginales son muy interesantes, pero hemos venido aquí a ver tus lienzos y no a tratar de las cualidades del espacio en que los pergeñas, así que podrías ya gratificarnos con su contemplación -corrió en ayuda de su amiga Miles.
         Los mencionados cuadros se encontraban en su totalidad apoyados contra la pared por casi todos los paramentos de la estancia, con su cara pintada oculta a los ojos de los espectadores. Los había de los más diversos tamaños, y algunos se encontraban formando un grueso montón, que sin duda indicaba que pertenecían a una serie reunida por una temática común o bien por haberse realizado en una misma época.
         Diego dejó de lado la conversación que le había ocupado hasta el momento, y se dispuso a complacer a sus amigos con presteza, para lo cual asentó un caballete de madera bajo una claraboya por la que entraba una magnífica luz natural difusa, la más apropiada para poder contemplar una pintura.
         Doña Lola se vio obligada a reconocer que no pintaba nada mal aquel hombre, a pesar de que ni su estilo ni los vivos colores que empleaba con profusión en sus composiciones estaban demasiado acordes con sus propios gustos artísticos, influenciados en exceso por una superficial cultura montada sobre la falsa base de las visitas turísticas a museos y pinacotecas repletos de barnizadas y patinadas obras del pasado. Xana y Tuba, por el contrario, se entusiasmaron con la contemplación de aquellas pinturas tan joviales y llenas de vida, y loaron con amplitud y complacencia todos los lienzos que, uno tras otro, iba situando Diego ante su deslumbrada visión sobre el caballete. Max y Miles, que ya conocían algunas de las obras por ser los restos no vendidos de algunas exposiciones que habían tenido oportunidad de visitar, no tenían ninguna necesidad de volver a refrendar lo maravillosas que les parecían todas las creaciones que salían de la mano de su buen amigo, y se limitaban tan sólo a comentar algún nuevo aspecto que les impresionaba en particular en este revisionado.
         El autor sabía mejor que nadie la patente calidad que tenían las obras mostradas y no hacían ninguna mella en su ánimo ni los comentarios ensalzantes de las muchachas ni alguna que otra frase de dudoso gusto que dejaba caer de cuando en cuando la madre de Xana. Con ademanes tan ausentes y triviales como suele ser costumbre en los asalariados empleados de una galería de arte, el pintor se limitaba a cambiar el cuadro que posaba en el caballete cuando comprendía que ya estaba observado lo suficiente por sus visitantes, y efectuaba ligeras alusiones a su fecha de facturación y superficiales explicaciones del tema aparente sobre el que versaba la pintura, aunque esto último resultara un tanto innecesario, ya que, aún sin llegar a hacer un dibujo realista por completo, sí que se podían distinguir con bastante nitidez las personas, animales, objetos y fondos que representaban las coloreadas formas pergeñadas en sus obras.

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