sábado, 25 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XIX


XIX

         -Si se coloca usted un poco más cerca del resplandor de la hoguera también podré tomar algún apunte de su rostro –le propuso el artista.
         -De ninguna manera –se negó ella con rotundidad, mostrando el ancestral temor que muchas personas sienten a ser representadas de una forma plástica, a pesar del indudable alago que produce a los humanos ver reflejados sus propios rasgos en una figuración artística ajena a su persona.
         - Le aseguro que las expresiones que se conforman sobre su cara cuando hace algunos gestos son sumamente interesantes y sentiría un gran placer pudiéndolas pasar al papel –creyó conveniente explicar Diego, pensando que la negativa de la dama se debía tan sólo a que consideraba que la proposición que le había hecho estaba motivada por el mero deseo de cumplir de una forma galante con su papel de anfitrión.
         - Me daría pánico ver retratada mi fisonomía en sus correctos trazos sobre una cartulina –confesó ella.
         -Pero eso es absurdo, una mujer con sus conocimientos y su experiencia… -replicó él.


         - Las mujeres somos así –sentenció ella.
         - Tal vez sea eso lo que me enerva de ustedes –señaló Diego -, tienen ustedes un comportamiento tan desigual y aleatorio. Muestran, por una parte, un carácter y una energía insuperables, y contradictorios con su débil y frágil apariencia, y, por otra, tienen algunas reacciones infantiles inesperadas que se oponen a cuanto pudiera uno imaginar.
         - Somos muy complejas –afirmó ella -, tenemos una forma de ser muy especial, que para nostras es absolutamente lógica, pero que ustedes, los varones, son incapaces de comprender. Hay varias teorías elaboradas sobre la diferente conformación de nuestros respectivos cerebros…
         - Tampoco hay que generalizar tanto y meter a todos los especímenes diversos de hombres en un mismo saco: unos son inteligentes y otros… auténticos idiotas, unos se afanan en buscar métodos científicos con que profundizar en el conocimiento y otros se despreocupan de cuanto les rodea y van por la vida sin rumbo ni fin, como semillas que el viento arrastra y deposita al azar. Es…

         Los de la hoguera acaban de terminar una canción y reían y aclamaban su propia actuación. Hubiera sido chocante y descortés que la madura pareja no aplaudiera dando evidentes muestras de su total desinterés por un festejo en el que se les consideraba incluidos, así que no tuvieron más remedio que interrumpir la conversación y ponerse a dar palmas como los demás, y hasta Diego tuvo la feliz ocurrencia de sugerir a la incansable guitarrista cual debería ser la próxima canción a interpretar. Por fortuna la pelirroja entendió mal el título que había pronunciado el pintor, pues el tema que se le había ocurrido era en todo punto incongruente con el carácter festivo y contestario que se iba siguiendo a lo largo de la velada, además de ser una canción tan vieja y tan rancia que lo más probable que tan sólo la recordara la muchacha como una lejana canción de cuna que la cantaba su madre para adormecerla en los largos y lacrimosos insomnios de la tierra de su infancia. Pero la guitarrista creyó oir el título de una tonada muy de moda, y sin más paliativos se metió a rasguear su instrumento acompañada por el ritmo de los botes-maracas del batería y, al poco, por las palmas de todos, gracias a lo que doña Lola y Diego pudieron retomar el hilo de su interesante conversación.
         - Es un grave error, por lo demás muy frecuente, el de generalizar los comportamientos de las personas tomando como disculpa los diferentes sexos, edades, razas, religiones, profesiones o ideologías, pues tan rica y distinta es cada una de las individualidades de la especie humana –volvió Diego a tomar el desarrollo de su discurso en la misma secuencia en que se vio obligado a suspenderlo.
         - Su opinión tiene un cierto fundamento, pero no me podrá negar usted que hay rasgos y caracteres de las personas que permiten se las pueda agrupar y clasificar –sugirió doña Lola.
         - No se le puede objetar una cierta autoridad a su observación, pero es producto de una línea de pensamiento de carácter científico y culturalista. Se clasifican las plantas, se clasifican los minerales, también los astros y los animales, y siguiendo el mismo proceso se le quiere extender al ser humano, y, claro, lo más inmediato es comenzar por diferenciarles en razas y sexos, pues lo que más llama la atención de un observador, a primera vista, son las formas y los colores. Entiendo bastante bien el tema a causa de mi profesión, también la pintura es, según una impresión epidérmica y trivial, una mera combinación de formas y colores, pero basta ahondar un poco en el estudio de la cuestión para que cualquiera pueda darse cuenta de que detrás del cromatismo y de las líneas existe todo un mundo que da sustento a la obra de arte, un cosmos de sentimientos y de símbolos, un universo de expresiones y de experiencias, de referencias a la realidad y al pasado, de expectativas lanzadas hacia el futuro… Todo se entremezcla en la creación artística del mismo modo que en la vida, la memoria, individual y colectiva, el clima, estacional y cotidiano, las lecturas, comprendidas o alteradas, el contacto y el diálogo con las personas que te rodean, la propia sensibilidad, innata o adquirida, etcétera…
         - Me encantan todas esas cuestiones que expresa de una forma tan plástica, pero siempre me he movido en unos niveles del conocimiento mucho más tangibles, mucho más reales -explicó ella.
         - La realidad lo abarca todo, y puede tener la plena seguridad de que a pesar de la humildad de sus palabras tanto su carácter como su forma de comportarse provocan que usted aparezca ante mi entendimiento como una persona mucho menos materialista de lo que intenta parecer.
         - No sé si tomar las suyas como un alago o como una reprobación. Hay algunos hombres capaces de ser tan complejos como las mujeres -dijo ella, y dándose cuenta de repente de que Mairim se había colocado junto a ellos
hacía ya rato, y que escuchaba sus razonamientos sin hacer demasiado caso y sin aparentar entender nada, se detuvo en el juicio a los comentarios de Diego e interpeló a la niña -: ¿Cómo tú por aquí, linda?
         - Mis amigos se marcharon ya a sus casas y he venido a buscaros -explicó con sencillez la chiquilla.
         - Pues ya nos has encontrado, y se nota en tus terrosos ojillos que te está muriendo de sueño, cariño -apreció Diego.
         - Sí, esta niña debería estar metida en la cama desde hace horas, acabará por dormirse de pie -comentó doña Lola, y luego increpó al pintor -: ¡Qué inconsciente es usted, con qué facilidad olvidan los varones sus responsabilidades como padres!
         - Ella está habituada a esta forma de vida, si hubiera tenido demasiado sueño se abría marchado a casa, Mairim conoce bien el camino y nuestro hogar está cerca -se defendió él.
         - ¡Acostumbrada! Menudo pájaro de cuenta que está usted hecho. ¡Ven acá, hija! -y cogiendo por un brazo a la pequeña la atrajo sobre su regazo en una de sus habituales arrebatos de celo maternal indiscriminado.
         - Si se ha molestado en venir a buscarnos por la playa es porque tiene la esperanza de dormir esta noche acompañada y no está dispuesta a consentir que un inoportuno sueño le arrebate esa bella perspectiva. ¿No es así, Mairim?
         - Sí, me gustaría dormir con la chicas -musitó la niña, que se dejaba acariciar con la complacencia de una gata agradecida por la zalamera mujer.
         - Sepa usted que los deseos, muy razonables de la chiquilla, no justifican su frívola actitud en modo alguno. ¡Pobrecita, a estas horas y levantada todavía a causa de un padre despiadado y calavera! Es preciso que nos vayamos ya todos a acostar inmediatamente -e hizo un ademán de ponerse en pie, pero sus posaderas, oxidadas por la humedad del suelo, se resistían a ser arrancadas del muelle lecho de arena en que se había acomodado.
         - Vayamos por partes -propuso Diego, incorporándose con facilidad y disponiéndose a auxiliar a la dama en sus intentos por levantarse-, los jóvenes se encuentran ahora muy a gusto con su baño lunar, y sería lamentable y sin razón interrumpir su diversión, y por lo que a mí respecta no tengo ni una pizca de sueño. Así que si es su deseo retirarse ya a descansar podría acompañar a la niña hasta la casa. Ella conoce muy bien el camino y la distancia es corta y sin posibilidad de extravío. Por cierto, ¡cómo pesa usted, señora, dicho sea con los mayores respetos! -concluyó su proposición mientras se esforzaba en izar a doña Lola.
         - Es que se me han entumecido los músculos con el reposo y está humedad endiablada de la playa -dijo ella en todo agrio.
         - Perdone usted, pero no vaya a pensar estimada señora, que mi apreciación pretendiera ser en modo alguno ofensiva contra su persona. Fue tan sólo un espontáneo comentario producto del esfuerzo del momento -expresó diego con amabilidad.
         - Le comprendo perfectamente, se nota a simple vista que es usted un hombre bastante enclenque -le atacó ella, que ya había alcanzado la vertical y se sacudía la arena pegada a la falda.
         - Reconozco que estoy un poco delgado, pero mi estado físico no me desagrada en absoluto -reconvino él.
         Iba doña Lola a lanzar algún comentario jocoso al respecto de la afirmación del pintor pero un lamento de la niña la hizo desistir de la idea.
         - ¡Qué sueño! -fue el suspiro lastimero exhalado por Mairim.
         - Enseguida nos podremos ir a dormir, en cuanto den por concluido su intempestivo y largo baño mi hija y sus amigos -la consoló la mujer, al tiempo que le hacía un arrumaco.
         - No se preocupe por ellos, que ya tienen bastante edad para saber cuidarse.
         - No creo que se moleste, y si se molesta me da un tanto lo mismo, si le digo que no veo en usted, ni por su temperamento ni por las costumbres que suele practicar, a una persona muy acta para representar el papel de abogado del diablo -sentenció la señora, mientras que con la mano que no abrazaba a la niña continuaba obsesionada en sacudirse la arena de la falda.
         - Mi padre es un ángel -intercedió la pequeña.
         - Divina inocencia -ironizó doña Lola.
         - Todo el mundo en la isla le quiere mucho, y cualquiera de nuestros vecinos estaría dispuesto a hacer lo que fuera por él -insistió Mairim, a la que la discusión había conseguido reanimar de nuevo.
         - Desde luego nadie le puede negar a tu padre un cierto aura extraño y entrañable que produce se tenga una irracional simpatía y afabilidad hacía su persona cuando uno se relaciona con él, pero todo diablillo debe poseer algún tipo de encanto para poder tentar a los demás -explicó a la niña, que no entendió del todo los conceptos.
         - Usted sabe que soy demasiado humilde y demasiado demonio a la vez para poder sentirme acreedor a los magníficos adjetivos que su gracia me dedica -respondió él, con tranquilidad, y luego prosiguió -: pero ya es hora de que dejemos los fuegos de artificio para mejor momento y que seamos por un rato adultos y razonables. Su hija de usted, junto a la muchacha que la acompaña y mis amigos, regresarán en breves minutos tan ufanos y campantes como les vimos dirigirse al mar; para no alargar la espera y para que usted descanse podía ya acompañar a la niña hasta la casa, ir deshaciendo los equipajes y acomodándose, mientras yo esperaré aquí a los muchachos y me entretendré en hacer apuntes de los que siguen en torno a la hoguera. Le prometería que en breve estaremos todos reunidos de nuevo si no fuera por la poca confianza, que noto por sus anteriores comentarios, que tiene usted en mis juramentos…
         No de muy buena gana accedió, por fin, doña Lola a seguir las indicaciones del artista, más por favorecer a Mairim y por su propia comodidad, que por la confianza que pudiera depositar en las palabras de Diego.


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