domingo, 5 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - VIII


VIII

         Tras del baño se deshizo la bulliciosa congregación, y los cuatro jóvenes que habían irrumpido en la playa a bordo del todoterreno regresaron al lado de doña Lola.
         -Se nos va a hacer de noche sin haber encontrado alojamiento –les recriminó ésta, que ya había regresado a su cuarentena habitual aprovechando el breve lapso que duró la última estancia de los muchachos en el agua.
         - Nos encontramos bastante cercanos a la cabaña de nuestro amigo, no se preocupe usted, señora, que antes de que haya caído la noche por completo ya estaremos todos instalados perfectamente – le aseguró Miles.
         Sin molestarse en vestir sus cuerpos todavía mojados subieron al vehículo, y el todoterreno reemprendió la marcha mientras cantaban ellos una absurda canción de moda que hablaba de rayos de sol y de amores estivales. Comenzó a brotar el tal son de labios de Xana, y pronto fue coreado por el resto de los viajeros, doña Lola incluida.


         Al poco preguntó Miles al conductor aprovechando una pausa tras el estribillo de la canzoneta:
         - ¿Sabes hacia dónde nos dirigimos?
         Max no respondió nada, pero frenó lentamente en vehículo y lo arrimó al borde derecho de la carretera. No tenía la más ligera idea sobre donde conducía el camino que había tomado.
         - Le preguntaremos a algún paisano –dijo, tras una pausa, sin perder el ánimo.
         Los otros, a excepción de Xana, concentraron sobre él unas iracundas miradas cargadas de reproches.
         - A veces la intuición vale mucho más que una plena certeza –trató de justificarle Xana.
         Max agradeció su abnegación con una cariñosa sonrisa.
         A lo lejos se divisaba un tractor que, con cansina marcha, avanzaba en la misma dirección que ellos llevaban. Se habían detenido en medio de un páramo y en todos los horizontes que les rodeaban era la única señal de vida que se percibía.
         - Seguro que el hortelano del tractor nos puede dar una buena información sobre la mejor ruta que deberíamos tomar –apuntó Max, asiéndose a la única tabla de salvación de que disponía en aquellos momentos.
         - Es su forma normal de ser –explicó Miles a los demás y encogiéndose de hombros para dar mayor énfasis a la sensación que pretendía transmitir de que el caso de su buen amigo no tenía remedio.
         - Siempre he llegado hasta donde me lo he propuesto –afirmó Max sin dejarse amilanar por la sutil pero contundente crítica, y descendió del vehículo para situarse en medio de la calzada y que el conductor del tractor no tuviera otra salida, sino es que no le importara atropellarle, que detenerse.
         Doña Lola se puso a dar una disertación sobre la inconsciencia de la juventud, que nadie escuchaba, pues Tuba y Miles, que durante los juegos acuáticos habían profundizado no poco la afinidad que nació nada más conocerse, se entretenían en mirarse con ternura a los ojos y en hacerse cosquillas con los dedos en las palmas ajenas, y Xana permanecía contemplando embelesada la autosuficiencia de que hacía gala Max, en tanto que éste bastante tenía con esforzarse en continuar manteniendo el semblante sereno y el cuerpo erguido, y recibió la ayuda espontánea de Mimi, que saltando de los brazos de su dueña corrió junto al muchacho y se puso a ladrar a la traqueteante máquina que nunca acababa de llegar hasta su altura.
         Mas como todo llega en esta vida también consiguió llegar y parase a pocos metros del joven y el can.
         A su conductor se le notaba zafio, noblote y descivilizado a la legua.
         - ¿Qué hace el señor ahí en medio del camino y casi en porreta? –saludó interrogativamente a Max-. No ve que cualquier desaprensivo que venga a la carrera le puede atropellar y dejarle despanzurrado sin más.
         - Perdone el caballero de la ruidosa máquina, si fuera tan amable de desconectar un momento el motor es posible que nos llegáramos a entender –comenzó con una cierta sorna y echándose las manos a los oídos.
         El labrador entendió más el gesto que las palabras y tras de desconectar el vehículo se dispuso a escuchar a Max, que se acercó a su lado para explicar:
         - Le ruego me disculpe por esta intempestiva interrupción de su apacible deambular por la angosta carretera, pero soy el conductor del vehículo que ahí delante puede ver detenido, y a mí, y al resto de los viajeros, nos ha surgido un pequeño y grave problema que esperamos pueda ser subsanado con presteza merced a su amable e inestimable auxilio…
         - ¡Se les ha jodido el motor! –exclamó el zafio dejando bien evidente, gracias a una socarrona carcajada que siguió a su frase, su injustificada satisfacción por el pretendido percance que había acaecido a unos señoritingos turistas que tenían mucha palabrería pero andaban medio en pelotas por el despoblado. Cuando cesó la risa continuó -: pues están ustedes apañados, porque lo que es el Agamenón, servidor de dios y de ustedes, no tiene ni pajolera idea de mecánica y tornillos, y el pueblo más cercano queda como a unos cinco kilómetros…
         - Noto por sus expresiones que no tiene usted muy buena predisposición hacia los forasteros –le interrumpió Max en sus especulaciones.
         - Y. ¿cómo es posible que se la tenga cualquier nativo? – empleó la retórica el labrador, que continuo dando una explicación a su pregunta -. Si parece tal que vinieran a tierra conquistada: lo destrozan todo, lo embarullan todo, se apoderan de cuanto encuentran a su alcance sin pensar en el trabajo que ha costado producirlo, no tienen ni el menor respeto por nuestras costumbres ni por la conservación de la naturaleza de nuestra isla; dónde antes había un fértil prado surge de improviso un hotel de varias plantas casi metido en la playa, donde una recoleta taberna, en donde disfrutábamos el escaso tiempo de ocio que las labores nos permiten tener con sones y caldos de la tierra, aparece como por arte de encantamiento una ruidosa discoteca, en la que nos ensordecen estrambóticas charangas y nos destrozan el hígado con refrescos gaseados y alcoholados…
         Miles, que ya había descendido del todoterreno y se había acercado hasta la desigual pareja, tuvo tiempo de escuchar el final de la larga disertación de Agamenón.
         - Tiene usted toda la razón del mundo, paisano, y comparto su opinión con todo mi corazón: el turismo es una auténtica plaga depredadora –le dijo.
         - Y usted que lo diga –refrendo la opinión el nativo-. Parecen ustedes gente simpática y me gustaría ayudarles, pero esto no cambia que siga sin saber ni jota de mecánica por muy buena voluntad que quiera poner en echarles una mano…
         - Sí que podrá, y es seguro que nos va a hacer un magnífico servicio pues seguro que conoce bien la región –le contradijo Max.
         - Como la palma de mi mano –afirmó Agamenón.
         - De maravilla, entonces, porque el trasto en el que viajamos funciona por el momento todo lo bien que cupiera esperar de sus muchos años en uso y del ajetreo del alquiler. No tenemos un problema mecánico sino geográfico, jejeje –explicó Max.
         - Al grano, buen hombre –intervino Miles-. Venimos en busca de un viejo amigo y no sabemos con exactitud donde se le podría localizar. Vive en una cabaña que está situada sobre una playa de arena tal blanca como la nieve y es pintor. Son todas las pistas que tenemos para dar con su paradero, por lo visto por aquí no tienen costumbre de indicar mucho las localizaciones toponímicas… pero el nos afirmó en su carta que serían suficientes.
         - Lo son –aseguró Agamenón -, y no sólo porque la casualidad haya querido que preguntaran a un servidor. El Diego es muy apreciado por todos los habitantes de la isla, está considerado como uno más de nosotros y no como un forastero. Así que, ¡amigos del Diego! Vaya, vaya… haberlo dicho antes y nos hubiéramos ahorrado tantas explicaciones vanas.
         - Ni hubo ocasión ni podíamos saber que usted le conocía –apuntó Max.
         - Nunca es tarde si la dicha es buena –refraneó Agamenón -. Pero van ustedes muy errados de camino, tendrán que dar marcha atrás y volver hasta una bifurcación…
         - Por allí ya estuvimos y sólo hay un acantilado y un edificio con maquinaria –le interrumpió Max.
         - Pues iban ustedes en la dirección adecuada, después de pasar ese edificio y siguiendo hacia el norte se encuentran las arboladas colinas donde reside nuestro común amigo, si lo sabré yo que voy todas las mañanas hasta allí a llevarles leche fresca. ¡Hasta he posado para él!, pueden estar ustedes muy orgullosos del amigo que tienen. Sabe representá con tanto talento el carácter y la fisonomía de las personas con sus pinceles como tener el trato adecuado con sus palabras y sus actos. Al principio nadie quería que se le transformara en pintura, teníamos cierta prevención, algunas reticencias fundamentás en el aspecto mágico o religioso de la cuestión nos impedían dejarnos transformar en una imagen en colores, luego pudimos comprobar que nuestras “precauciones” eran vanas y que lo que hacía el Diego tenía mucho más que ver con el acá y la felicidad existencial de las personas que con el más allá –se detuvo en sus apreciaciones al notar que cada vez se alejaba más del tema y que sus interlocutores comenzaban a mostrar en el rostro ciertas formas de impaciencia, aunque parecía que su educación les impedía cortarle el discurso, al tiempo que las sombras iban adueñándose de la carretera.
         - ¿Ya sabemos por donde vamos? –gritó doña Lola, que se comenzaba a inquietar, y Agamenón retomó su tarea informativa.
         - Bueno, ya tendrán “estedes” ocasión de saber cómo se relaciona Diego con los isleños por el mismo… Habita en la parte más al norte de la isla, en la ladera de un promontorio que desciende bruscamente sobre el mar formando hacia el oriente y el poniente dos hermosas playas, es uno de los pocos lugares que aún permanecen vírgenes, y se debe en gran parte al mucho empeño que ha puesto nuestro amigo en su defensa y conservación. Sólo tienen que seguir al pie de la letra las indicaciones que les he dado y verán cómo no tiene perdida… Y no se olviden de darle recuerdos del Agamenón.
         - Muchas gracias paisano, no se preocupe que le contaremos la gran ayuda que nos ha prestado –dijeron a dúo los dos amigos mientras le tendían sus manos.

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