XIV
Bajaron dando un paseo hasta el chiringuito al poco de haber acabado con la pantagruélica cena, para estirar las piernas, bajar la comida y proseguir allí la velada. En el local abierto al mar reinaba un ambiente alegre y distendido, tanto en los alrededores de la barra como junto a las mesas que poblaban una abigarrada multitud compuesta por vernáculos y forasteros. La zona de barra estaba protegida de las inclemencias climáticas por una techumbre de cañas y paja soportada por puntales de troncos de madera que le daban un aspecto de cabaña zulú, un tupido emparrado continuaba la cubierta sobre los veladores, dispuestos formando un círculo entorno de una pista de baile de gravilla, y en uno de sus segmentos se levantaba un pequeño entarimado para la orquestina.
Cuando llegaron nuestros amigos la tarima la ocupaban tan sólo atriles, asientos y altavoces, pues los amenizadores de las veladas todavía no habían llegado y el gasto festivo lo impartía un tocadiscos con enlatados sones. Se sentaron en una de las pocas mesas que quedaban libres y Mairim se puso a jugar con unos chavales que correteaban por los alrededores. La Abuela se había quedado en la casa excavada en la roca, pues para su avanzada edad y su recogido temperamento las mejores fiestas eran las que se fabricaba ella sola con su bulliciosa actividad de hormiguita laboriosa dentro de la mansión.
Max y Miles se habían traído sus instrumentos musicales y acariciaban los estuches ardiendo en ansias de poder hacer sonar sus armónicos contenidos. Pronto llegó el camarero, al que Diego presentó de forma coloquial como Alberto, dando a entender que les unía una entrañable amistad. Era Alberto un bello y alto mocetón de rostro simpático y de viriles y desenvueltos ademanes, con una hermosa sonrisa blanca que contrastaba más con su color de mulato. Vestía un pantalón vaquero y una ligera blusa estampada con grandes flores de vivos colores.
Sin dar tiempo a que se hubieran encargado las bebidas el carácter impulsivo de Miles le llevó a preguntar por la orquestina.
- Están al llegar –le informó Alberto, ampliando la extensión de su sonrisa-, la actuación suele comenzar coincidiendo con la media noche. Veo que habéis traído instrumentos, no creo que haya ningún problema en que colaboréis con los muchachos.
- Es un pequeño homenaje que le prometimos a nuestro amigo –se disculpó Miles.
- Espero que no nos será muy difícil conjuntar nuestras músicas –especuló Max.
- ¿Qué tipo de música hacéis? –preguntó Alberto.
- Jazz libre –respondió Max por los dos.
- No estoy muy al tanto de estilos musicales pero estos chicos son capaces de tocar cualquier cosa, hacen unos temas muy calientes, con mucho sentido del ritmo y de la atmósfera tropical –explicó Alberto -. ¿Qué vais a tomar?
- ¡Qué simpático que es! –loó Tuba al camarero en cuanto que este se alejó en busca de las demandas.
- Esta mujer encuentra a todos los hombres maravillosos –le reprochó Miles en un absurdo arrebato de injustificados celos, provocando que se ruborizase la muchacha.
- Es una de las personas más encantadoras que he conocido –aseguró Diego, en parte porque lo sentía así y en parte por defender la opinión de Tuba-. Un auténtico luchador, uno de esos casos tan escasos en los que un hombre es papaz de realizarse a sí mismo. Cuando llegó a la isla no tenía nada, creo que hasta las ropas que le cubrían eran prestadas, y a fuerza de mucho trabajar, de poner de manifiesto un gran tesón y una arrebatadora simpatía, logró hacerse con la estimación de todos. Ahora ya es socio con el propietario del local, que es el que está en la barra.
- Le he encontrado excesivamente amable y servicial, como si estuviera haciendo teatro –apuntó doña Lola, siempre dispuesta a criticar cuanto se pusiera a su alcance.
- No estoy de acuerdo –intervino Max-, es cierto que se comporta de una forma muy amable y servicial, pero su actitud no está exenta de honorabilidad, se le nota que se siente feliz desempeñando su actividad y transparenta simpatía a los que le rodean, y perdone que tenga que discrepar de su opinión, señora –se creyó obligado a añadir el último ruego más por causa del efecto que le inclinaba hacia la hija que por alagar a la madre.
- Siempre te estás metiendo con todo el mundo, mamá –dijo la hija comprendiendo la intención del amigo, y la conversación se interrumpió con la vuelta de Alberto trayendo las bebidas.
Pero doña Lola no era de esas personas que dejan un tema a medias, así que cuando después de haberles servido se fue el camarero atender otras mesas, ella volvió a la carga.
- La gente suele ser, por lo común, agresiva y cruel para sus semejantes y no merece que se le pague con una moneda más cordial, ya hemos discutido en otras ocasiones esta cuestión y tanto tú como Tuba sabéis que me disgusta en extremo esa disposición que tenéis a comportaros como si todo el mundo fuera encantador; la vida es una rueda: palo que te dan, palo que te llevas; pero parece ser que nadie es capaz de escarmentar en cabeza ajena.
- El que se sea precavido no impide el que se sea a la vez respetuoso con los demás –afirmó Diego, que continuó -: Cada persona tiene sus méritos y sus defectos, y es una buena medida de higiene mental procurar fijarse más en los primeros y procurar corresponderlos en la medida que nos lo permitan los nuestros propios que en los últimos, aunque también haya que observarlos y encontrar una manera agradable de hacérselos ver al interesado para que pueda subsanarlos sin sentirse ofendido.
- Habla usted con tanto sentido que no sé si mostrarme ofendida o agradecida por sus palabras –volvió a hablar doña Lola.
- Cualquiera que fuese la interpretación que usted crea más conveniente darle a mis humildes palabras me sería grata si han sido apreciadas por tan respetable dama –expresó Diego con sinceridad, pues se sentía atraído por el firme carácter de doña Lola, y tampoco pasaban desapercibidas para su virilidad aquellas firmes y hermosas carnes a las que la edad no había conseguido todavía comprender, con su amarga y continua labor destructiva de zapa, de aquel encanto que debió de ser esplendoroso en los lejanos días de la pasada juventud. La mujer aparentaba tener unos cinco años menos que el artista, la verdadera edad de una dama es siempre un misterio, hasta para la administración, y nunca había sido Diego proclive al ascetismo erótico.

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