XV
Mientras en el velador que ocupaban nuestros amigos continuaba afianzándose el entendimiento y la cordialidad a través de los dimes y diretes que se lanzaban los unos a los otros, profundizando cada vez más en el mutuo conocimiento, el bullicio iba subiendo de tono a su alrededor, y una muchedumbre alegre y despreocupada se contoneaba sobre la pista de gravilla a los reiterativos ritmos de los discos de moda.
Tuba se sorprendió mucho al ver como bailaban sobre ella unos inválidos sentados en sus respectivas sillas de ruedas, a las que hacían dar vertiginosas vueltas haciéndolas pivotar sobre las circunferencias de caucho de las amplias ruedas posteriores, y quiso hacer participes de su admiración a sus acompañantes.
-Son residentes del “Paralitic Club” –explicó Diego, con el sencillo tono que le permitía el estar acostumbrado a ver a los impedidos realizar sus danzarinas evoluciones-, dicho organismo es una especie de hostal acondicionado para ellos donde pueden pasar sus vacaciones y disfrutar del clima benigno de esta isla, muy saludable para su recuperación. Como puede comprobarse, sus trabas físicas no les hacen sentir, por fortuna, ningún complejo de inferioridad, jajajaaja
- Se les nota muy alegres –apreció Xana.
- Y parecen estar muy bien entrenados para el baile –señaló Miles.
- A mi me da un no sé que el verles así –se compungió doña Lola -, y no es lástima, pero… Tiene que ser muy duro para ellos a pesar de su aparente alegría.
- Su espíritu está así de ufano, no existe ningún velo de fingimiento. Vienen con mucha frecuencia al chiringuito y en más de una ocasión he trabado conversación con varios de ellos. Puedo asegurarle que son gente estupenda –afirmó el pintor. Mairim y sus compañeros de juegos correteaban ahora por la pista alrededor de los que danzaban sobre las sillas de ruedas, haciendo que el contraste entre el libre movimiento de los unos y el envarado de los otros fuera todavía más chocante.
- No lo puedo remediar, me dan unas ansias anchas de llorar –decía doña Lola con los ojos humedecidos.
- No hay razones ni para lamentarse ni para llorar, lo oportuno es ponerse a bailar y divertirse como hacen ellos –la animó Diego -. Todo es cuestión de que cada cual se conciencie de las posibilidades y libertades que le son permitidas en el estado físico y síquico en que se encuentra, tal como han logrado estos muchachos de las sillas, y después obrar en consecuencia. Yo mismo me comportaría como un loco si me dispusiera ahora a disputar una maratón, pues ni mis condiciones ni mi preparación permitirían que que pudiera llevar a feliz término la prueba, pero hacer unos cuantos kilómetros de carrera por el campo, tal y como suelo practicar cada mañana, me resultan muy saludables tanto para mi cuerpo como para mi mente. Respirando aire puro y haciendo ejercicio se me despierta el intelecto y puedo realizar luego un trabajo mucho más fructífero.
- Se te nota que haces deporte, se aprecia a la legua que estás en plena forma –le dijo Miles, y de seguido hizo una proposición a todos -. Pero ya va siendo el momento de que nos dejemos de tanta chachara y salgamos a danzar a la pista.
Los jóvenes acogieron con entusiasmo la propuesta y se levantaron con presteza, pero doña Lola permanecía clavada en su asiento y objetaba:
- Sé muy bien que no soy ninguna niña, y sería ridículo que me pusiera a dar saltos como una jovenzuela. Vayan ustedes y diviértanse.
- Tengo algunos años más que usted, y no es que me guste presumir de edad, sino muy al contrario, y puedo asegurarle que no me siento nada ridículo cuando me muevo al son de estos ritmos rápidos –aseguró Diego.
- Cada cual tiene su propio sentido del ridículo, y a cada edad su diversión y su música. No me importaría nada ponerme a bailar ahora un tango, y hasta una samba creo que sería capaz de soportar, pero estos rocanroles los encuentro de lo más improcedentes para mí –rechazó ella.
- Si fuera el rock la música que ahora se lleva nos podríamos dar con un canto en los dientes, valga la vulgaridad, pero esto, y la mayor parte de lo que suena por todos lados, es música disco en sus diferentes versiones, música digestiva ideada tan sólo para el consumo, sin sentido y sin ningún fundamento estético, por ejemplo "el bacalao". Pero suficiente para cumplir con su destino comercial y que la gente se divierta bailando a su son y olvide sus preocupaciones cotidianas –explicó Miles.
Entre unos y otros lograron por fin convencerla y les acompañó a la pista, donde se pudo comprobar que los movimientos de la reticente dama no desmerecían en nada a los que realizaban el resto de los danzantes, lo que hacía sospechar que en la soledad de sus habitaciones y con el auxilio del televisor ya debía haber practicado aquellos ritmos en más de una ocasión.
Formaron los seis un pequeño círculo dentro de la redonda pista, que fue poco a poco ensanchándose y agrandándose hasta que los espontáneos bailarines que se le fueron agregando llegaron a completar el perímetro exterior, dejando en el centro sólo a los de las sillas de ruedas que proseguían en sus incesantes giros.
Se sudaba y se reía, se daban palmas acompasadas y desacompasadas y se coreaban los estribillos más insistentes sin conocer de claro su auténtico significado. Era una turbamulta tremolante que daba vueltas sin cesar, olvidada de cualquier motivación y circunstancia, y ajena a cuanto no fuera el movimiento propio y el general de todos tomado como unidad. Era tal el ensimismamiento de los danzantes que ninguno de ellos se percató de cómo unos jóvenes ataviados con negros pantalones y blusones rojos se iban situando sobre el estrado y comenzaban a afinar los instrumentos musicales que portaban.
Al concluir una de las canciones no hubo continuidad en el ensamblaje con el siguiente disco, como había venido sucediendo durante el último cuarto de hora, y se hizo un silencio completo y desalentador. El círculo humano, jadeante y sonriente, se deshizo como por encanto y cada cual se fue en silencio en busca de aquel refresco que había dejado a medio beber sobre los veladores, para mitigar en lo posible con el líquido el sofoco.
- ¡Qué música tan cutre! –comentaba Miles.
- Mierda de tatachundas anglosajonas –se adhería Max.
- Pues a pesar de que no os gustaran bien que os habéis divertido bailando a su son –les reprochó Xana, quitándole las palabras de la boca a su madre, quien las hubiera pronunciado con gran placer adelantándose a la muchacha si el sofocón que le había provocado el movimiento disparatado no la hubiera impedido pronunciar el menor vocablo.
Se sentaron los seis, empapados en sudor y rendidos de cansancio, en tanto que los músicos de la orquestilla comenzaban su actuación con un viejo rock de repertorio.
- Suenan bastante bien –apreció Miles.
- Ya verás como con ellos nos lo vamos a poder montar legal -vaticinó Max.
- ¿Lo mismo os sentís capaces de poneros a tocar ahora con lo fatigados que estáis? -especuló Tuba.
- Cuanta mayor es la agitación en que se está tanto más fácil es poderse concentrar en la actuación -explicó Miles.
- Lo que resulta más difícil de conseguir para tocar a pleno rendimiento es llegar al punto del estrés, les pasa lo mismo a los deportistas, que siempre necesitan de un calentamiento previo…
- Por eso los mejores intérpretes de jazz hacen su música más admirable en la madrugada, cuando ya llevan muchas horas practicando -reseñó Diego.
Alberto se acercó hasta ellos con su permanente sonrisa pintada en el rostro.
- Ya he comentado la cuestión con los muchachos y se sentirán encantados de poderos acompañar con sus ritmos -informó a los instrumentistas.
- Gracias, amigo -dijo Max, al camarero -. Hay que irse preparando -advirtió a Miles.

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