lunes, 27 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XX


XX

         Pero éste demostró que, a pesar de las desconfianzas y prejuicios que hacía él tenía la dama, sabía cumplir con la palabra empeñada, y que si su honorabilidad había sido puesta en tela de juicio, lo había sido sin fundamentos reales, pues aunque la animación y el regocijo aumentó para los que se divertían junto a la hoguera con el regreso de los bañistas, no bien hubieron templado la frialdad de la humedad con una nueva ronda de queimada, supo desasirles Diego del calor del fuego y de la euforia de las canciones y reconducirles hasta su mansión.
         Allí no habían perdido el tiempo doña Lola y la Abuela, pues habían preparado sendas reconfortantes y cómodas camas para Tuba y Xana, y para todos unos humeantes y olorosos carajillos capaces de entonar a un témpano de hielo. Cuando acabaron de tomarse las bebidas los tres varones se despidieron de las damas y el pintor se encargó de acomodar en un cuarto situado junto al suyo a los jóvenes amigos. Cuando acabaron con la labor de preparar los tálamos, aunque se encontraban muy cansados, ninguno de ellos estaba dispuesto a dejarse vencer por el sueño antes de haber comentado con la largueza que se merecía la intensidad de la jornada, y de festejar la alegría de encontrarse de nuevo reunidos, así que Diego se sentó sobre la cama que había elegido Miles a deleitarse con un penúltimo oporto mientras intercambiaba impresiones con sus amigos.


         Algo similar estaba sucediendo en la zona de la casa donde se había acomodado el sexo opuesto. Mairim, que se había despertado con la llegada de las muchachas, volvió a reconciliar el sueño con presteza no bien Xana accedió a concederle una parte de la cama que le habían asignado, y la Abuela desapareció al momento como por arte de encantamiento no volviendo a tener noticias de ellas las forasteras hasta que unos intermitentes ronquidos las hicieron apercibirse de que la buena mujer descansaba en un dormitorio cercano a los que ellas ocupaban.
         La toilette se prolongó todo el largo espacio que es habitual emplear en las mujeres civilizadas y coquetas: ducha, lavado y cepillado de dientes, desenredado y alisado de cabellos, mascarillas, cremas tonificantes, etc., y aprovecharon su duración para explayarse en hacer comentarios acerca de los sucesos y avatares que les había deparado la jornada.
         - Son los muchachos más encantadores que jamás conocí –decía Xana.
         - Y hacen música como los mismos ángeles –apoyaba Tuba.
         - ¡Siempre soñé con tener un novio ingeniero! –rió Xana.
       - Me parece que estáis corriendo demasiado deprisa, y me siento culpable en buena parte de vuestra precipitación por haber descuidado demasiado la atención sobre vosotras –se reprochó doña Lola.
       - ¡Mamá, si no nos has quitado la vista de encima ni un momento! –exclamó la hija.
        - Sois demasiado fantasiosas e inocentes, y en cuanto que cualquier evento os da el menor pie os ponéis a imaginar mundos maravillosos y desconocidos –criticó la madre.
         - Sí, tiene mucha razón, Lola, hace unas pocas horas eran unos perfectos desconocidos maravillosos y ahora ya comparten su fantástico mundo con nosotras –evocó Tuba.
         - ¡Niñas, un poco de respeto!, voy a tener que ponerme muy severa con vosotras, se os da la mano y os tomáis… -casi gritó doña Lola.
         - Pchiiiisssss! Habla más bajo, que vas a despertar a la chiquilla –sugirió Xana, llevándose el índice a los carnosos labios.
         - No hay cuidado, la niña duerme como un ceporro –rechazó la señora la advertencia.
         - ¡Qué bonita que está así dormidita! –se extasió Tuba.
         - Dejad las sensiblerías y noñerías y poned un poco de atención a lo que os voy a explicar –se impuso, haciendo gala de su habitual carácter autoritario, y las dos jóvenes no tuvieron más remedio que suspender las respectivas labores embellecedoras que realizaban y pon*erse a atender con ojos y oídos sus palabras.
         - Te escuchamos, mamá –dijo Xana por las dos.
         - Tengo mucha más experiencia que vosotras, tanto por la edad, aunque tampoco es tan elevada, como por los muchos trances difíciles en que me han puesto a prueba las vicisitudes de la vida –y levantaba sobre su cabeza el índice de su mano derecha en la acostumbrada actitud del juez y el político que desean se crea sin paliativos en la veracidad de sus aseveraciones -, por esta causa mis palabras, aunque se que no van a resultar de vuestro agrado, deben ser respetadas y tenidas en cuenta tanto por el valor, que sin lugar a dudas tienen, como por se expresadas por mi boca. Bien… las situaciones hacen que las cosas parezca que son de un cierto modo cuando la realidad demuestra que son de otro muy distinto –se daba cuenta de que cada vez se estaba embarullando más y de que no tenía la menor aptitud para dar discursos, lo suyo era dar órdenes y no explicaciones, pero a pesar de todo la vergüenza a cortarse la obligaba a continuar-, las apariencias engañan, que se dice… es una cualidad muy femenina, y muy propia de seres de gran sensibilidad, la de deslumbrarse al pronto por algo o por alguien, y dejarse arrastrar impetuosamente por un impulso irracional. Los hombres son todos… -cada vez sabía menos en qué forma podía acabar de expresar su idea, sino de una manera airosa cuando peor que fuera plausible, y echó mano al ejemplo más trivial que tenía al alcance -, vamos, niña, no hace falta que me alargue demasiado, ya sabes la forma de ser de tu padre: ¡Es inaguantable!
         - Pero estoy segura que estos chicos son diferentes, mamá –apuntó Xana con timidez.
         - ¿Por qué?
         - Porque son otros tiempos.
         - Es lo mismo que decíamos cuando yo era joven, y en ésta como en muchas otras cuestiones parece ser que el progreso sigue sin avanzar al ritmo que sería menester.
         - En resumen, que no le gustan a usted nuestros nuevos amigos –especuló Tuba.
         - Tampoco eso, niñas, no equivoquéis mis palabras. Son unos muchachos distinguidos y gentiles, pero ese par de cualidades, con ser muy necesarias, no lo hacen todo. Ya os he advertido que no hay que dejarse engañar por las apariencias que produce un superficial contacto, debilidad a la que estamos muy predispuestas por nuestra propia naturaleza soñadora. Hay que tener calma y conocer a las personas poco a poco, en particular si se tiene una cierta inclinación hacia el sujeto en cuestión, pues está en juego la posibilidad de alcanzar mucha dicha pero también la de sufrir mucho dolor. Hay que saber ver los defectos ajenos, cada cual tiene los suyos…
         - Sí, Lola, Miles es muy celoso, me he percatado de ello enseguida –la interrumpió Tuba para dar a conocer su pueril descubrimiento.
         - Veis, esas son las cosas que hay que mirar con cuidado, porque aunque te guste una cierta persona puede tener algunos rasgos en su carácter que imposibiliten una feliz convivencia.
         - el caso es que me encanta que sea celoso. Es señal de que siente por mi algo especial, que le impulsa a preocuparse por cuanto me rodea. ¡Qué guapo es! –se exaltó Tuba.
         - Y, ¡Max tiene una forma tan apasionada de besar! –evocó Xana.
         - ¡¿No le habrás dejado que te besara?! -se sobresaltó doña Lola.
         - Pues… sí, mamá -musitó Xana, ruborizándose.
         - ¿Cómo es posible que hayas perdido la decencia hasta tal punto?
         - Fue dentro del agua… Hacíamos carreras y me dio alcance… Y el premio era un beso -explicó intentando dar la mayor inocencia a la cuestión.
         - Y, ¿si te hubiera alcanzado antes otro muchacho también le hubieras otorgado el mismo premio? -preguntó muy seria la madre.
         - Tuve que hacer ahogadillas a otros dos que llegaban por delante de él -rio la chica con coquetería.
         - Pues si que nada mal tu presunto novio -se ofuscó doña Lola.
         - Es que los otros hicieron trampas y se pusieron a nadar antes de que se diera la salida -creyó oportuno informar Tuba.
         - ¡Aaaah! -exclamó doña Lola, más calmada -, así me gusta, hija, que sepas obrar con justicia… hay que reconocer que el muchacho vale lo suyo.
         - Tanto como Miles -aprovechó Tuba  la grieta que parecía se había abierto en la inexpugnable muralla de los prejuicios de la dama para dejar de traslucir sus propios deseos.
         - También Diego es un hombre con mucha personalidad -se atrevió a resaltar Xana al apercibirse también que la madre parecía tener un momento de debilidad.
         - Pero sus hechuras dejan bastante que desear - apuntó doña Lola, siempre convencida de que la mejor defensa es un ataque.
         - Está muy bien considerado por la gente de la isla, es una persona de mucho peso -añadió Tuba.
         - Deben de ser muy particulares las básculas que se usan por aquí -ironizó doña Lola.
         - Estamos hablando de méritos espirituales, mamá -repuso Xana, al quite -, pero aunque sea de constitución delgada no parece que carezca de fuerza y de nervio.
         La dama recordó entonces la facilidad con que había conseguido levantarla del suelo allá en la playa, mostrándose como un hombre bastante fuerte, pero prefirió obviar ese tema y poner conclusión al anterior:
         - Bueno, niñas, dejémonos de tanta chachara que el día ha sido muy largo y hay que descansar, y recordad bien lo que os he advertido antes, y que el honor y la mente despejada no tienen por qué estar reñidos con la belleza y la cortesía, así que espero que obréis en consecuencia y que sepáis guardar con celo lo que tan necesario es tener a buen recaudo si una quiere ser honesta y lograr que los hombres te respeten.
         Y como ya se habían terminado los aseos y la conversación, las tres mujeres buscaron el cálido acomodo de las suaves sábanas, y se dispusieron a cumplir con el descanso que tanto demandaba a sus cuerpos la agitada jornada, y a soñar cada una con aquello, o aquel, que más deseaba su mente.

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