XVI
Alberto acompañó a los jóvenes hasta el escenario. Tras de unas breves explicaciones se pusieron de acuerdo con los de la orquesta sobre los temas que se proponían interpretar conjuntamente, mientras que Alberto se dedicaba a dar al respetable la pertinente aclaración sobre la presencia de los dos espontáneos en el escenario, y acto seguido pasaba a presentarlos. Sus palabras fueron seguidas por unos tibios aplausos expectantes.
Diego aprovechó el breve espacio que duraron estos prolegómenos para dar alguna información a las damas sobre la forma en que había trabado amistad con los jóvenes y ponerlas en antecedentes de lo que iban a escuchar.
El encuentro tuvo lugar en una oscura e insalubre cava de una populosa ciudad portuaria. Había llegado Diego hasta el antro musical por una rara casualidad, conducido por unos conocidos y clientes, al final de una juerga subsiguiente a la inauguración de una de sus exposiciones, cuando, ya harto de trasegar vino y vanas charlas, habían decidido pasar a los temas fundamentales y a los lugares íntimos.
- Me arrebataron desde la primera nota, que surgió luminosa de sus instrumentos. Había tanto sentimiento, una sensibilidad tan propia y tan afinada. Me sumergí en su música, en los increíbles caminos que forjaban a cada instante con sus repetidos cambios de tonos. La melodía primigenia, en la que se basaba lo que hacían, llegaba a ser en la mayoría de los casos irreconocible, se ocultaba durante amplios tiempos detrás de un tupido velo de pétrea consistencia para romper en ciertos momentos, con la misma fuerza de quien rasga con brutalidad una cortina de terciopelo, con todas las veladuras que se habían ido amontonando y surgir con la potencia pujante de una primavera florida. Les obligué a que compartieran la mesa en que estaba con mis amistades no bien hubieron concluido su triunfal actuación y recibido la estruendosa salva de merecidos aplausos con que se les ovacionó. Fue fácil la comunicación, salvando las diferencias de la edad todas nuestras querencias nos predisponían a que nos entendiéramos con prontitud. Fue un mutuo flash.
- Son un poco rarillos, ¿no? Comentó doña Lola, que era la única del trío que atendía a las explicaciones del pintor, ya que las muchachas se encontraban abstraídas en la observación de los amigos, que evolucionaban sobre el tablado dando instrucciones a los del grupo con los iridiscentes instrumentos en la mano.
- Son los muchachos más encantadores y profundos que he conocido -afirmó Diego, antes de recabar la atención hacia los músicos -. Pero, callemos, parece ser que ya están prestos a comenzar la actuación.
En efecto, Max y Miles se habían situado casi al borde del entarimado con la embocadura y boquilla de su trompeta y de su saxo tenor, respectivamente, pegadas a los labios. Tras ellos el cuarteto de los músicos locales, formado por un batería, un contrabajo, un teclado y una guitarra eléctrica, aguardaban a que les dieran la señal convenida para principiar el tema que abriría la sesión.
Miles susurró al público el título de una melodía, sin que ni tan siquiera los curiosos que habían abandonado sus asientos aproximándose al escenario fueran capaces de comprender las palabras que surgieron de sus labios apenas entreabiertos. Luego comenzó a ritmar unas notas disgregadas a las que pronto la trompeta de Max le fueron conformando el contrapunto adecuado, y al poco fue todo el cuarteto al unísono el que generaba un cromatismo especial que tan pronto acentuaba las frases del uno como las del otro, o bien se empeñaba en contradecir las de ambos siguiendo caminos paralelos o divergentes.
Xana, junto con otros auditores también entendidos en el tema, creyó percibir que la música seguía una canción de Gershwin, tal vez “En el tiempo de verano”, pero la melodía se iba y se venía, se paralizaba un instante en la atmósfera cálida que creaba el saxo para estallar de repente en un agudo de la trompeta. La orquestina les seguía como podía, cada cual a su propio aire, remarcando o anulando la primigenia intención de los solistas, según les iba dictando el clima creado o una voluntad, que regía desde la sombra la perfeccionada sensibilidad musical.
Ninguno de los auditores era capaz de analizar con serenidad las impresiones que se iban transmitiendo de modo sucesivo a sus respectivos espíritus. Mas lo que todos tenían muy claro es que aquello les calaba, se les metía dentro y les producía escalofríos en lo más recóndito de sus médulas espinales, sin que ningún tipo de razonamiento estético o moral lo pudiese impedir. Era la fascinación, y ante algo de una entidad tan irracional lo único que se podía hacer era abrir lo más posible los poros y dejarse penetrar por el gozo y la emoción.
Tras de desvanecerse en el aire de la noche la última nota alguien gritó un: ¡Bravo!, y todos los asistentes se pudieron a aplaudir con fuerza.
- Ahora vamos de blues -se elevó la voz de Max sobre el rumor de las palmas. Dicho y hecho: se volvió a escuchar el sonido restallante de su trompeta.
Toda la atmósfera se impregnó de un sutil recogimiento, una voz musical se lamentaba de sus desgracias y otra la intentaba consolar, pero dejando bien patente su sentimiento de pena y compadecimiento hacia los males que aquejaban a la anterior. Ninguna era capaz de apartarse de la tragedia que les envolvía, y una y otra vez recaían en el sollozo. Los solos se refocilaban en su dolor y comunicaban su transido estado a cuantos les escuchaban. Los auditores que se sentaban en las sillas de ruedas tal vez comprendían de una manera más íntima lo que allí expresaban las notas musicales enlazadas, aunque sea el sufrimiento una de las cuestiones que se encuentran al alcance de todas las razas, de todas las ideologías, economías y condiciones sociales y personales.
La ovación fue de gala. Se habían ganado al personal y todo el auditorio se rendía a su arte. Había comunicación, había sentimiento compartido. Tuba y Xana no cabían en el gozo de que la suerte les hubiera deparado tal pareja de amigos. Doña Lola no comprendía gran cosa, pero se sentía complacida escuchando aquella música. Diego viajaba con su mente hacia coloreados mundos desconocidos, transformando con su imaginación sonidos en materia plástica, y Alberto había decidido pasar del servicio a la clientela y había tomado asiento junto al pintor para gozar y sufrir al mismo tiempo en su compañía.
Ahora comenzaba a surgir una música tropical: viento removiendo palmeras al arrullo del sonido de unas olas templadas y suaves que iban y venían sin cesar. Alguien gritaba de placer en aquel paraíso: la trompeta de Max; otra voz reía en la lejanía: el saxo tenor de Miles. El alegre grito se iba alejando poco a poco y las risas se iban haciendo cada vez más cercanas, hasta que ambos se encontraron y fueron intercambiando sus gritos y sus risas. Alguien comenzó a corear el encuentro con un batir de palmas y pronto se les fueron uniendo más que seguían el ritmo entrechocando sus manos.
Se perdió la noción del tiempo mientras el diálogo de las risas y los gritos se repetía una y otra vez, y en cada ocasión con diferentes y peculiares acentos que variaban, dislocaban y compendiaban, el tema primitivo. Un alarido conjunto concluyó con las variaciones resolviendo la canción, y una explosión de amables aullidos entusiasmados puso el debido estrambote a la actuación. Los músicos de la orquestina felicitaban y abrazaban a los solistas, impidiendo que bajaran del estrado los muchachos hasta que les hicieran la firme promesa de volver a tocar junto a ellos en posteriores ocasiones.

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