martes, 7 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - IX


IX

         La noche ya había teñido de negro el firmamento cuando el todoterreno alcanzó de nuevo la bifurcación, pero la luminosidad de una luna que se encontraba próxima a completar su cuarto creciente, conjuntada con la de los millares de puntos resplandecientes que tachonaban la bóveda celeste, lograba que pudieran vislumbrar a la perfección los distintos paisajes que iban atravesando nuestros amigos a bordo del traqueteante vehículo. Tuba se extrañaba al comprobar esta evidente realidad.
         - ¡Parece mentira que sea noche cerrada y se pueda ver todo! –exclamó.
       - ¡Cuántas estrellas! –le hacía compañía Xana en la admiración -. En la ciudad apenas si podemos vislumbrar una décima parte y apenas si tienen fulgor.
        - Eso está provocado por la nube artificial que forma la contaminación tanto lumínica como ambiental –aseguraba Max -; por una parte la inmensa intensidad del alumbrado callejero se come la posibilidad de que nuestra retina pueda apreciar la luminosidad que nos viene desde lejos y, por otra, toda la porquería que arrojan a la atmósfera las chimeneas de las fábricas y las calefacciones de los hogares, unida a la que echan los tubos de escape de los camiones, automóviles y autobuses, van forjando un toldo de pequeñas partículas en suspensión que impide el paso de gran parte de las radiaciones, es como un gran paraguas de materia casi transparente, como un gran impermeable de plástico viejo y sucio se extiende por encima de las metrópolis impidiendo que la luz pueda llegar hasta los ojos de los ciudadanos con todo su esplendor.


        - Además hay que añadir que por el día se produce el efecto invernadero –cogió el hilo de la disertación Miles -, los rayos solares infrarrojos, como tienen una longitud de onda muy corta, una vez que revotan sobre la tierra no pueden volver a atravesar esta barrera semitransparente y regresan al pavimento de la ciudad provocado que ésta se recaliente cada vez más, por eso se siente en ella un mayor agobio en los días de calor…
     - ¡Cómo se nota que son ustedes ingenieros! –comentó un poco apabullada por la extensión y profundidad de las explicaciones doña Lola.
       - Pues puedo asegurarle que de todas estas cuestiones nunca nos hablaron en la universidad –dijo Miles.
         - Estos asuntos se aprenden leyendo libros y asistiendo a conferencias sobre el tema –explicó Max.
         - Entonces, ¿qué aprenden en la universidad? –preguntó extrañada doña Lola.
         - Allí enseñan a contar tornillos y a controlar los tiempos que tardan los obreros en realizar su trabajo –afirmó Miles.
       - A encontrar el modo de fabricar hormigones sin casi cemento en previsión de que los promotores y contratistas de las obras se lleven a sus otras contratas una buena parte del cemento necesario para las construcciones, a rellenar cabalísticos formularios que suelen exigir las diferentes administraciones para cualquier cuestión, a leer y hablar correctamente idiomas extranjeros para que se puedan seguir pagando altos royalties a países extraños por trabajos técnicos que con un poco que se subvencionase la investigación propia se podrían realizar en el nuestro, y una serie de cuestiones similares –explicó Max.
           - No me extraña que las cosas vayan como van –comentó doña Lola.
       - Demasiado bien van para la poca preocupación que hay porque se mejoren –dijo Miles con una entonación no exenta de amargura.
        - Mucha culpa la tienen las convenciones sociales existentes, por ejemplo, después de estar varias horas departiendo juntos sería de lo más natural que hubiéramos comenzado a tutearnos todos y sin embargo continuamos atados por causa de una traba convencional –dijo Xana.
         - Eso no tiene ningún sentido, niña –repuso doña Lola-, el respeto que debe haber entre las personas no tiene nada que ver con las horas o los días que hagan que se relacionen.
     - Pero el tuteo y las expresiones coloquiales se pueden practicar perfectamente sin faltar el respeto a nadie, por el contrario pueden constituirse en símbolos de amistad y de confraternización entre las personas –medió Tuba.
        - Eso tiene que surgir de una forma espontánea con la convivencia. Ahora mismo me sentiría incapaz de tutear a doña Lola –afirmó Max.
     - Eso se debe a que usted todavía está apresado en la red de los convencionalismos sociales –siguió defendiendo Xana su tesis.
         - No hay por qué darle tantas vueltas a una cuestión tan trivial. Cuando nos conozcamos todos mejor ya tendremos ocasión de adecuar nuestros comportamientos a la confianza creciente –zanjó la cuestión Miles por el momento.
         En similares dimes y diretes amenizaban el viaje cuando vislumbraron frente a ellos unas luces amarillentas a poca distancia, lo que les indicó que al fin llegaban a un lugar habitado.
       - Parece ser que estamos llegando al término de nuestro trayecto –anunció Max, que fue el primero en apercibirse de la luminosidad artificial.
         - ¿Habrá buenos hoteles por esta zona? –interrogó doña Lola, fija en su idea de pasarse las vacaciones en una residencia turística.
         - ¡Qué convencional eres! –le reprochó su hija como respuesta.

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