VII
Cruzaron unas suaves lomas despobladas cubiertas de vegetación esteparia, y tras de atravesar un pequeño bosquecillo salieron a una zona abierta y elevada desde la que se podía divisar el azul del mar y la zona de costa opuesta a la de los acantilados que hacía un rato habían abandonado.
El cielo tenía un tono menos limpio que el de la otra parte pero el terreno se encontraba mucho más cultivado y aseado. Es decir, que se notaba bastante que por aquellas tierras había puesto su mano el hombre: setos, asfalto, urbanizaciones, alambradas, señales de tráfico…
- ¡Qué playa tan grande! -gritó Xana con placer, y Max, dispuesto a hacerse agradable a su acompañante, quiso en un momento llegar hasta la playa, para lo que enfiló hacia ella el vehículo y pisó el acelerador a fondo.
- ¡Qué barbaridad! -fue todo cuanto pudo quejarse doña Lola antes de que el bruco frenazo provocara que se atragantaron todos los ocupantes del vehículo.
Pero la velocidad con que giraban las ruedas era tal que la contundencia de la frenada no fue capaz de detener el todoterreno antes de que el agua salina llegara a alcanzar casi hasta los asientos.
- La mar está servida -se le ocurrió comentar a Max, como única disculpa a su desmán.
Xana saltaba de alegría viendo que sin más dilación se podía entregar a dar satisfacción a sus ansias natatorias, y se despojaba con presteza de la ropas que la cubrían dejando en breves instantes su grácil cuerpo al descubierto, con la sola excepción de lo que podía tapar unas diminutas braguitas de raso color azul celeste, por lo que no pudieron reprimir un sonoro “¡oooooh!” los muchos curiosos que se habían acercado que se habían acercado a la zona de la playa donde había embarrancado el bizarro vehículo, cuyo capó sirvió de trampolín a la ágil Xana, que se zambulló vertiginosamente en las aguas.
Los otros tres jóvenes tripulantes también se pusieron con rapidez en paños menores y siguieron a la amiga, arrojándose a las aguas oceánicas. Doña Lola, con el susto del frenazo, tardó un poco en reaccionar, y cuando consiguió recobrar la voz los muchachos ya nadaban demasiado lejos de donde se encontraba para poder escuchar los improperios que se le venían a la boba, así que pagó su ira con los mirones, que tuvieron que cotizar como precio a su malsana curiosidad el realizar sobrehumanos esfuerzos hasta conseguir sacar el embarrancado todoterreno a la arena seca, con doña Lola encaramada sobre él, dirigiendo las operaciones y los ladridos de Mimi como aditamento sonoro.
Entre juegos, risas y bromas, los cuatro amigos volvieron a tierra al cabo de un rato, y era tanta la alegría que se arremolinaba en torno de los jóvenes que la madre de Xana se sintió impotente para reprocharles nada.
- Pero, ¿no estaba el coche dentro del agua? -creía recordar Tuba.
- Habrá bajado la marea con mucha rapidez -afirmo Miles con seguridad, mientras arrojaba a las piernas de la muchacha un puñado de blanca arena, lo que provocó en Tuba un acceso de risa que la hizo revolcarse por el suelo.
Por simpatía, lo mismo que a veces estallan los explosivos, cayó también a su lado Xana, y tras de ella rodaron también por tierra sus dos acompañantes, enarenándose todos a conciencia, lo que provocó gran regocijo entre los bañistas que no se había alejado mucho del lugar, hasta el punto que, como obedeciendo a una oculta voz de mando, decidieron todos a la vez que ya había llegado la hora de dejar de hacer el canelo tostándose al sol y contemplando inmóviles los juegos ajenos y que había que participar en la lúdica diversión del enarenamiento.
Allí gozaban todos, allí todos se revolcaban como enajenados, allí tragaba arena todo quisque y, de alguna forma, se hermanaba con aquella madre tierra que algún lejano antepasado de todos debió de abandonar en los arcaicos tiempos en que los ácidos desoxirribonucleicos coqueteaban con una agobiante atmósfera enrarecida por el metano y recalentada por las múltiples e incesantes explosiones tormentosas que conmovían la superficie del planeta.
Mimi y otro perro que vagabundeaba por la zona, un precioso setter irlandés de ígnea pelambrera y delicadas líneas, se incorporaron a la marea humana que bullía entre la arena, engrandeciendo con sus locos correteos y sus alegres ladridos la euforia reinante.
Doña Lola reía y aplaudía sin saber ni por qué ni a quién, contagiada por el festivo clima general, y sentía que segundo a segundo sus carnes se iban rejuveneciendo en años hasta alcanzar la lozanía de la adolescencia, mientras que el astro rey, ausente a todo lo que no fuera la continuación de su fusión interna y la impasible marcha hacia el opuesto hemisferio terrestre, se iba reclinando con suavidad sobre las lejanas olas del horizonte, impregnando el azul cielo de unas tonalidades anaranjadas que apagaban progresivamente la luminosidad de la tarde.
Alguno de los participantes en la espontánea bacanal detuvo su juego y se puso a contemplar el dorado círculo que casi comenzaba a bañarse en las aguas, y, poco a poco, se fueros los demás adhiriendo a su hieratismo, hasta que toda la concurrencia acabó por apercibirse de que les quedaba ya poco tiempo para poder despojarse del silíceo embadurnamiento que les cubría la piel, y poder secarse después del baño a la brisa salina de la playa antes de que se hiciera de noche. Y como un bloque se lanzaron sobre un océano que huía cada vez más, entretenido en consumar una bajamar que le ordenaban con obstinación los lejanos astros.

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