miércoles, 29 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XXII


XXII

         -Supongo que ya tendréis suficiente por el momento, y que habréis satisfecho vuestra curiosidad –dijo Diego a sus amigos después de llevar casi una hora ocupado en su paciente labor.
         -Aún tienes vueltos contra las paredes docenas de cuadros que no nos has mostrado –apreció Max, a quien todavía le quedaba hambre de contemplar más obras del artista.
         - Otro día os los mostraré, os lo prometo. Hace un día maravilloso y es una auténtica pena que lo malgastemos encerrados aquí dentro.
         - Por mi parte, me encuentro encantada contemplando estas pinturas, y no veo que esto suponga ninguna pérdida de tiempo -afirmó Xana.
         - A mí me apetecería seguir viendo más cuadros -dijo Tuba.
         - Os agradezco, en lo que vale, la inmerecida abnegación que me mostráis, pero… ¡no! La sesión pictórica ha terminado por hoy, nos aguardan el sol y el mar, y sería una lamentable ingratitud hacer esperar por más tiempo a tan nobles benefactores -pronunció Diego, con una entonación tan teatral que casi rayaba en lo cómico, y que no dejaba lugar a nuevos alegatos.
         Así pues, se aceptó por unanimidad la opinión del artista, porque la tentación de las diversiones playeras también constituía una magnífica alternativa.
         La blanca arena era un hormiguero de bulliciosa gente que jugaba, reía, corría, retozaba o descansaba, mientras se tostaba bajo los rayos del ardiente sol. Era también una explosión multicolor de bañadores, toallas, sombrillas y albornoces de fuertes tonos que abarcaban todo el espectro del arco iris, lo que era una demostración palpable de cuál era el lugar de donde extraía Diego la inspiración para los colores que se distribuían en su paleta. Pero no era aquel el momento más oportuno para entregarse al trabajo o la mentalización de las observaciones, era la hora de la diversión y de gozar de la alegría de vivir.


         Habían trascurrido varias horas de algazara, cuyo paso transcurrió sin sentir su duración, cuando Mairim bajo desde la cabaña a advertirles que el almuerzo ya se encontraba dispuesto sobre la mesa, y la alegre comitiva emprendió el regreso al hogar. Max arrebató a la niña una pelota de goma, que ésta había venido botando para amenizar el camino, y comenzó a jugar arrojándosela a la chica, y viceversa, Xana intervino también en los pases, y pronto se vio mezclada en el lúdico entretenimiento hasta doña Lola.
          Durante la comida se trazaron planes de actividad vespertina. Tuba ardía en deseos de introducirse en las profundidades del mar, pues parecía evidente por las características del lugar que tanto la flora coma la fauna submarinas serían riquísimas, sobre todo en los lugares rocosos, cono era el caso del cercano peñón. Miles demostró también gran entusiasmo por esta idea, sorprendiendo a Max, quien tenía la plena seguridad de que su amigo fingía aquel repentino apasionamiento por la vida existente bajo las aguas, y que la única razón de su deseo estaba en la atracción que le producía la joven submarinista.
         No obstante también le parecía agradable al rubio Max una excursión marina, aunque fuera más partidario de disfrutarla sobre y no bajo las aguas, y pidió información a Diego respecto al lugar en que se podría alquilar una lancha fueraborda.
         El pintor le dio cumplidos informes y se adhirió también al proyecto de excursión marina. Pero doña Lola se negó en rotundo a embarcarse en la aventura de embarcarse, a pesar de los muchos esfuerzos que hizo Xana para torcer su opinión, pues también agradaba a la muchacha la perspectiva de balancearse sobre las olas. La actitud de su madre era como torpedear la barca antes de que se hubiera botado, y hasta un bombardeo con napalm en la línea de flotación de la felicidad que prometía el resto de la jornada.
         Por fin se pudo llegar a una componenda que a todos complaciera después de un escabroso debate que estuvo a punto de arruinar la dulzura de las confituras preparadas por la Abuela como postre. Los cuatro jóvenes se harían a la mar y alcanzarían la punta del peñón por el agua, al tiempo que dando un paseo por tierra llegarían hasta ella doña Lola, la niña y Diego. La chiquilla hubiera preferido correr también la aventura náutica, pero la madre de Xana no estaba dispuesta a caminar sola al lado de un varón, ¡faltaría más!, y la Abuela prefería la charleta con alguna vecina a cualquier tipo de paseos y demás zarandajas.

martes, 28 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XXI


XXI

         Todos los que pernoctaban en la mansión de las rocas tuvieron tiempo sobrado para soñar en cuanto les viniera en ganas y gracia a sus respectivos subconscientes, pues allí nadie se despertó hasta que estuvo bien entrada la mañana, cuando el sol se encontraba ya casi llegando a la culminación de su zenit.
         Desayunaron todos juntos en el umbrío patio interior abundantes, sabrosos y frescos alimentos del país regados con una rica y cremosa leche de vaca, que en la amanecida había ordeñado Agamenón, ya que el campesino además de agricultor también tenía un establo con vacas, con cuya leche surtía todas las mañanas las necesidades de varios de sus conocidos, amén de su propia hacienda.
         Diego acostumbraba a invitar al gañán a compartir el desayuno con él, y de paso departían sobre las diferentes novedades que iban acaeciendo en la isla, ya que Agamenón con sus idas y venidas en los repartos era una fuente ideal para cualquier información.
         Pero aquella mañana, en que sólo fue recibido por los ladridos de agasajo de Felipe el Cuarto y los desconfiados de Mimi, mientras el resto de la casa permanecía en silencio, se limitó a dejar en la puerta de la cabaña el cántaro de leche, aquietando a los canes y respetando la paz de los que dormían.
         Horas después la mansión comenzó a recobrar el aliento, comenzando por el encendido del fogón a cargo de la Abuela. Y tal vez fueran los efluvios aromáticos que iban saliendo de la cocina los que fueran despertando a los demás…
         Después de rendir homenaje con voraz apetito a cuantos manjares fueron llegando a la mesa de roble los todavía soñolientos comensales, ante las pertinaces insistencias de Miles y Max, se decidió el pintor a mostrar a sus invitados su estudio y sus obras.
         El lugar era un revoltijo inenarrable de telas, maderas, botes con colores, tubos de pintura, andamiajes, pinceles y brochas, maniquíes, cuerdas y cables, vestimentas de mil obras diferentes, libros, revistas, carpetas y focos de luz, y más de uno de los que entraron con Diego se admiró de que en semejante desorden pudiera llevarse a cabo una creación artística.
         El anfitrión, adivinando los pensamientos que pululaban por las mentes de los visitantes a causa de los gestos de extrañeza que se dibujaban sobre sus rostros, se puso a explicar las lógicas razones que habían hecho que aquello pareciera más que un estudio de un pintor, según el concepto clásico, el desván de un teatro en ruinas o un campo de batalla al anochecer.
         - Se trabaja a golpes de inspiración, y cuando esta voluble señora irrumpe en su carro de caballos desbocados te inunda todo el espíritu y no queda más por hacer que dejarte arrastrar por ella hasta donde te quiera llevar. Luego, cuando se disipa, te sientes tan cansado y tan vacío que no te quedan ni ánimos ni fuerzas para recoger el más liviano utensilio que has empleado en tu labor creativa.
         - Aún siendo las cosas tal y como nos las cuenta, pues debo confesarle que nunca me he detenido a pensar en cómo se produce el proceso creativo en los artistas plásticos, siempre cabría la posibilidad de que se dedicara a adecentar un poco este desbarajuste en alguna ocasión en que se encuentre falto de inspiración, o bien, pedir a alguien que se lo limpiase un poco -sugirió doña Lola.
         - ¡Alto ahí, señora! -se sobresaltó Diego -. Cualquiera de las dos opciones que usted me propone con tanta amabilidad sería una auténtica catástrofe de llevarse a la práctica. Si se me ocurriera entrar en mi estudio falto de inspiración estoy seguro que llegaría a angustiarme hasta tal punto que en vez de dedicarme a ordenar trastos acabaría por sentarme a observar y autocriticar mis lienzos terminados, y me parecerían tan horribles y tan faltos de sentido con respecto de la fuerza que me impulsó a realizarlos que me obstinaría con la fuerza de un poseso a dejarlos hechos añicos. Ya tuve la ocasión de probar la experiencia una vez, hace bastantes años, y el resultado no pudo ser más horrible. En cuanto a su segunda propuesta, que parece bien lógica, una vez analizada en sus pormenores llevaría a un resultado aún más sórdido que el de la anterior. Aquí parece ser que impera la anarquía, y así es, en efecto, en cuanto que ella no es sino un orden de tal rango y nobleza que es capaz de estar por encima de todas las reglas y de imponerse a cualquier dirección que pretenda gobernar el curso ordenado y preestablecido por ella misma, Cada uno de estos objetos, que a primera vista pudiera parecer que están dejados al azar en el sitio que ahora ocupan, han tenido una razón y un sentido que les ha conducido a establecerse en esa precisa ubicación. El que ocupen con su volumen el actual espacio que abarcan no es el fruto de una trivial casualidad, sino que es el producto de una serie de acontecimientos quien ha logrado que hoy se encuentren en esa y no en ninguna de las otras posibles disposiciones. Su topología tiene detrás de sí toda una historia, corta o larga, sencilla o complicada, alegre, triste o indiferente, que justifica y explica la ocupación de ese precioso trozo de espacio en el tiempo presente.
         - Y, ¿el polvo también tiene su propia historia? -se atrevió a observar Tuba, al comprobar como éste formaba gruesas capas sobre muchos de los objetos esparcidos por el estudio.


         - Para mí es una especie de carbono 14, que me permite datar la última ocasión en que dicho objeto fue movido -respondió el pintor sin inmutarse-, además de que produce un efecto mate en el ambiente muy apropiado para un lugar cuya función global es la práctica de la pintura, pues creo que ya conocerá usted, querida señorita, que el peor enemigo con que ha de enfrentarse una composición pictórica es la aparición de un brillo falso, que ha surgido traicionero, a contratiempo y en contra de la voluntad de quien ideó el cuadro.
         - No estoy muy al tanto, si he de serle sincera, de las cuestiones relacionadas con las bellas artes -reconoció Tuba, un poco avergonzada, pero con valentía, por su desconocimiento de la materia que se trataba.
         - Bien, todas estas apreciaciones marginales son muy interesantes, pero hemos venido aquí a ver tus lienzos y no a tratar de las cualidades del espacio en que los pergeñas, así que podrías ya gratificarnos con su contemplación -corrió en ayuda de su amiga Miles.
         Los mencionados cuadros se encontraban en su totalidad apoyados contra la pared por casi todos los paramentos de la estancia, con su cara pintada oculta a los ojos de los espectadores. Los había de los más diversos tamaños, y algunos se encontraban formando un grueso montón, que sin duda indicaba que pertenecían a una serie reunida por una temática común o bien por haberse realizado en una misma época.
         Diego dejó de lado la conversación que le había ocupado hasta el momento, y se dispuso a complacer a sus amigos con presteza, para lo cual asentó un caballete de madera bajo una claraboya por la que entraba una magnífica luz natural difusa, la más apropiada para poder contemplar una pintura.
         Doña Lola se vio obligada a reconocer que no pintaba nada mal aquel hombre, a pesar de que ni su estilo ni los vivos colores que empleaba con profusión en sus composiciones estaban demasiado acordes con sus propios gustos artísticos, influenciados en exceso por una superficial cultura montada sobre la falsa base de las visitas turísticas a museos y pinacotecas repletos de barnizadas y patinadas obras del pasado. Xana y Tuba, por el contrario, se entusiasmaron con la contemplación de aquellas pinturas tan joviales y llenas de vida, y loaron con amplitud y complacencia todos los lienzos que, uno tras otro, iba situando Diego ante su deslumbrada visión sobre el caballete. Max y Miles, que ya conocían algunas de las obras por ser los restos no vendidos de algunas exposiciones que habían tenido oportunidad de visitar, no tenían ninguna necesidad de volver a refrendar lo maravillosas que les parecían todas las creaciones que salían de la mano de su buen amigo, y se limitaban tan sólo a comentar algún nuevo aspecto que les impresionaba en particular en este revisionado.
         El autor sabía mejor que nadie la patente calidad que tenían las obras mostradas y no hacían ninguna mella en su ánimo ni los comentarios ensalzantes de las muchachas ni alguna que otra frase de dudoso gusto que dejaba caer de cuando en cuando la madre de Xana. Con ademanes tan ausentes y triviales como suele ser costumbre en los asalariados empleados de una galería de arte, el pintor se limitaba a cambiar el cuadro que posaba en el caballete cuando comprendía que ya estaba observado lo suficiente por sus visitantes, y efectuaba ligeras alusiones a su fecha de facturación y superficiales explicaciones del tema aparente sobre el que versaba la pintura, aunque esto último resultara un tanto innecesario, ya que, aún sin llegar a hacer un dibujo realista por completo, sí que se podían distinguir con bastante nitidez las personas, animales, objetos y fondos que representaban las coloreadas formas pergeñadas en sus obras.

lunes, 27 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XX


XX

         Pero éste demostró que, a pesar de las desconfianzas y prejuicios que hacía él tenía la dama, sabía cumplir con la palabra empeñada, y que si su honorabilidad había sido puesta en tela de juicio, lo había sido sin fundamentos reales, pues aunque la animación y el regocijo aumentó para los que se divertían junto a la hoguera con el regreso de los bañistas, no bien hubieron templado la frialdad de la humedad con una nueva ronda de queimada, supo desasirles Diego del calor del fuego y de la euforia de las canciones y reconducirles hasta su mansión.
         Allí no habían perdido el tiempo doña Lola y la Abuela, pues habían preparado sendas reconfortantes y cómodas camas para Tuba y Xana, y para todos unos humeantes y olorosos carajillos capaces de entonar a un témpano de hielo. Cuando acabaron de tomarse las bebidas los tres varones se despidieron de las damas y el pintor se encargó de acomodar en un cuarto situado junto al suyo a los jóvenes amigos. Cuando acabaron con la labor de preparar los tálamos, aunque se encontraban muy cansados, ninguno de ellos estaba dispuesto a dejarse vencer por el sueño antes de haber comentado con la largueza que se merecía la intensidad de la jornada, y de festejar la alegría de encontrarse de nuevo reunidos, así que Diego se sentó sobre la cama que había elegido Miles a deleitarse con un penúltimo oporto mientras intercambiaba impresiones con sus amigos.


         Algo similar estaba sucediendo en la zona de la casa donde se había acomodado el sexo opuesto. Mairim, que se había despertado con la llegada de las muchachas, volvió a reconciliar el sueño con presteza no bien Xana accedió a concederle una parte de la cama que le habían asignado, y la Abuela desapareció al momento como por arte de encantamiento no volviendo a tener noticias de ellas las forasteras hasta que unos intermitentes ronquidos las hicieron apercibirse de que la buena mujer descansaba en un dormitorio cercano a los que ellas ocupaban.
         La toilette se prolongó todo el largo espacio que es habitual emplear en las mujeres civilizadas y coquetas: ducha, lavado y cepillado de dientes, desenredado y alisado de cabellos, mascarillas, cremas tonificantes, etc., y aprovecharon su duración para explayarse en hacer comentarios acerca de los sucesos y avatares que les había deparado la jornada.
         - Son los muchachos más encantadores que jamás conocí –decía Xana.
         - Y hacen música como los mismos ángeles –apoyaba Tuba.
         - ¡Siempre soñé con tener un novio ingeniero! –rió Xana.
       - Me parece que estáis corriendo demasiado deprisa, y me siento culpable en buena parte de vuestra precipitación por haber descuidado demasiado la atención sobre vosotras –se reprochó doña Lola.
       - ¡Mamá, si no nos has quitado la vista de encima ni un momento! –exclamó la hija.
        - Sois demasiado fantasiosas e inocentes, y en cuanto que cualquier evento os da el menor pie os ponéis a imaginar mundos maravillosos y desconocidos –criticó la madre.
         - Sí, tiene mucha razón, Lola, hace unas pocas horas eran unos perfectos desconocidos maravillosos y ahora ya comparten su fantástico mundo con nosotras –evocó Tuba.
         - ¡Niñas, un poco de respeto!, voy a tener que ponerme muy severa con vosotras, se os da la mano y os tomáis… -casi gritó doña Lola.
         - Pchiiiisssss! Habla más bajo, que vas a despertar a la chiquilla –sugirió Xana, llevándose el índice a los carnosos labios.
         - No hay cuidado, la niña duerme como un ceporro –rechazó la señora la advertencia.
         - ¡Qué bonita que está así dormidita! –se extasió Tuba.
         - Dejad las sensiblerías y noñerías y poned un poco de atención a lo que os voy a explicar –se impuso, haciendo gala de su habitual carácter autoritario, y las dos jóvenes no tuvieron más remedio que suspender las respectivas labores embellecedoras que realizaban y pon*erse a atender con ojos y oídos sus palabras.
         - Te escuchamos, mamá –dijo Xana por las dos.
         - Tengo mucha más experiencia que vosotras, tanto por la edad, aunque tampoco es tan elevada, como por los muchos trances difíciles en que me han puesto a prueba las vicisitudes de la vida –y levantaba sobre su cabeza el índice de su mano derecha en la acostumbrada actitud del juez y el político que desean se crea sin paliativos en la veracidad de sus aseveraciones -, por esta causa mis palabras, aunque se que no van a resultar de vuestro agrado, deben ser respetadas y tenidas en cuenta tanto por el valor, que sin lugar a dudas tienen, como por se expresadas por mi boca. Bien… las situaciones hacen que las cosas parezca que son de un cierto modo cuando la realidad demuestra que son de otro muy distinto –se daba cuenta de que cada vez se estaba embarullando más y de que no tenía la menor aptitud para dar discursos, lo suyo era dar órdenes y no explicaciones, pero a pesar de todo la vergüenza a cortarse la obligaba a continuar-, las apariencias engañan, que se dice… es una cualidad muy femenina, y muy propia de seres de gran sensibilidad, la de deslumbrarse al pronto por algo o por alguien, y dejarse arrastrar impetuosamente por un impulso irracional. Los hombres son todos… -cada vez sabía menos en qué forma podía acabar de expresar su idea, sino de una manera airosa cuando peor que fuera plausible, y echó mano al ejemplo más trivial que tenía al alcance -, vamos, niña, no hace falta que me alargue demasiado, ya sabes la forma de ser de tu padre: ¡Es inaguantable!
         - Pero estoy segura que estos chicos son diferentes, mamá –apuntó Xana con timidez.
         - ¿Por qué?
         - Porque son otros tiempos.
         - Es lo mismo que decíamos cuando yo era joven, y en ésta como en muchas otras cuestiones parece ser que el progreso sigue sin avanzar al ritmo que sería menester.
         - En resumen, que no le gustan a usted nuestros nuevos amigos –especuló Tuba.
         - Tampoco eso, niñas, no equivoquéis mis palabras. Son unos muchachos distinguidos y gentiles, pero ese par de cualidades, con ser muy necesarias, no lo hacen todo. Ya os he advertido que no hay que dejarse engañar por las apariencias que produce un superficial contacto, debilidad a la que estamos muy predispuestas por nuestra propia naturaleza soñadora. Hay que tener calma y conocer a las personas poco a poco, en particular si se tiene una cierta inclinación hacia el sujeto en cuestión, pues está en juego la posibilidad de alcanzar mucha dicha pero también la de sufrir mucho dolor. Hay que saber ver los defectos ajenos, cada cual tiene los suyos…
         - Sí, Lola, Miles es muy celoso, me he percatado de ello enseguida –la interrumpió Tuba para dar a conocer su pueril descubrimiento.
         - Veis, esas son las cosas que hay que mirar con cuidado, porque aunque te guste una cierta persona puede tener algunos rasgos en su carácter que imposibiliten una feliz convivencia.
         - el caso es que me encanta que sea celoso. Es señal de que siente por mi algo especial, que le impulsa a preocuparse por cuanto me rodea. ¡Qué guapo es! –se exaltó Tuba.
         - Y, ¡Max tiene una forma tan apasionada de besar! –evocó Xana.
         - ¡¿No le habrás dejado que te besara?! -se sobresaltó doña Lola.
         - Pues… sí, mamá -musitó Xana, ruborizándose.
         - ¿Cómo es posible que hayas perdido la decencia hasta tal punto?
         - Fue dentro del agua… Hacíamos carreras y me dio alcance… Y el premio era un beso -explicó intentando dar la mayor inocencia a la cuestión.
         - Y, ¿si te hubiera alcanzado antes otro muchacho también le hubieras otorgado el mismo premio? -preguntó muy seria la madre.
         - Tuve que hacer ahogadillas a otros dos que llegaban por delante de él -rio la chica con coquetería.
         - Pues si que nada mal tu presunto novio -se ofuscó doña Lola.
         - Es que los otros hicieron trampas y se pusieron a nadar antes de que se diera la salida -creyó oportuno informar Tuba.
         - ¡Aaaah! -exclamó doña Lola, más calmada -, así me gusta, hija, que sepas obrar con justicia… hay que reconocer que el muchacho vale lo suyo.
         - Tanto como Miles -aprovechó Tuba  la grieta que parecía se había abierto en la inexpugnable muralla de los prejuicios de la dama para dejar de traslucir sus propios deseos.
         - También Diego es un hombre con mucha personalidad -se atrevió a resaltar Xana al apercibirse también que la madre parecía tener un momento de debilidad.
         - Pero sus hechuras dejan bastante que desear - apuntó doña Lola, siempre convencida de que la mejor defensa es un ataque.
         - Está muy bien considerado por la gente de la isla, es una persona de mucho peso -añadió Tuba.
         - Deben de ser muy particulares las básculas que se usan por aquí -ironizó doña Lola.
         - Estamos hablando de méritos espirituales, mamá -repuso Xana, al quite -, pero aunque sea de constitución delgada no parece que carezca de fuerza y de nervio.
         La dama recordó entonces la facilidad con que había conseguido levantarla del suelo allá en la playa, mostrándose como un hombre bastante fuerte, pero prefirió obviar ese tema y poner conclusión al anterior:
         - Bueno, niñas, dejémonos de tanta chachara que el día ha sido muy largo y hay que descansar, y recordad bien lo que os he advertido antes, y que el honor y la mente despejada no tienen por qué estar reñidos con la belleza y la cortesía, así que espero que obréis en consecuencia y que sepáis guardar con celo lo que tan necesario es tener a buen recaudo si una quiere ser honesta y lograr que los hombres te respeten.
         Y como ya se habían terminado los aseos y la conversación, las tres mujeres buscaron el cálido acomodo de las suaves sábanas, y se dispusieron a cumplir con el descanso que tanto demandaba a sus cuerpos la agitada jornada, y a soñar cada una con aquello, o aquel, que más deseaba su mente.

sábado, 25 de febrero de 2012

Un verano en la nieve - XIX


XIX

         -Si se coloca usted un poco más cerca del resplandor de la hoguera también podré tomar algún apunte de su rostro –le propuso el artista.
         -De ninguna manera –se negó ella con rotundidad, mostrando el ancestral temor que muchas personas sienten a ser representadas de una forma plástica, a pesar del indudable alago que produce a los humanos ver reflejados sus propios rasgos en una figuración artística ajena a su persona.
         - Le aseguro que las expresiones que se conforman sobre su cara cuando hace algunos gestos son sumamente interesantes y sentiría un gran placer pudiéndolas pasar al papel –creyó conveniente explicar Diego, pensando que la negativa de la dama se debía tan sólo a que consideraba que la proposición que le había hecho estaba motivada por el mero deseo de cumplir de una forma galante con su papel de anfitrión.
         - Me daría pánico ver retratada mi fisonomía en sus correctos trazos sobre una cartulina –confesó ella.
         -Pero eso es absurdo, una mujer con sus conocimientos y su experiencia… -replicó él.


         - Las mujeres somos así –sentenció ella.
         - Tal vez sea eso lo que me enerva de ustedes –señaló Diego -, tienen ustedes un comportamiento tan desigual y aleatorio. Muestran, por una parte, un carácter y una energía insuperables, y contradictorios con su débil y frágil apariencia, y, por otra, tienen algunas reacciones infantiles inesperadas que se oponen a cuanto pudiera uno imaginar.
         - Somos muy complejas –afirmó ella -, tenemos una forma de ser muy especial, que para nostras es absolutamente lógica, pero que ustedes, los varones, son incapaces de comprender. Hay varias teorías elaboradas sobre la diferente conformación de nuestros respectivos cerebros…
         - Tampoco hay que generalizar tanto y meter a todos los especímenes diversos de hombres en un mismo saco: unos son inteligentes y otros… auténticos idiotas, unos se afanan en buscar métodos científicos con que profundizar en el conocimiento y otros se despreocupan de cuanto les rodea y van por la vida sin rumbo ni fin, como semillas que el viento arrastra y deposita al azar. Es…

         Los de la hoguera acaban de terminar una canción y reían y aclamaban su propia actuación. Hubiera sido chocante y descortés que la madura pareja no aplaudiera dando evidentes muestras de su total desinterés por un festejo en el que se les consideraba incluidos, así que no tuvieron más remedio que interrumpir la conversación y ponerse a dar palmas como los demás, y hasta Diego tuvo la feliz ocurrencia de sugerir a la incansable guitarrista cual debería ser la próxima canción a interpretar. Por fortuna la pelirroja entendió mal el título que había pronunciado el pintor, pues el tema que se le había ocurrido era en todo punto incongruente con el carácter festivo y contestario que se iba siguiendo a lo largo de la velada, además de ser una canción tan vieja y tan rancia que lo más probable que tan sólo la recordara la muchacha como una lejana canción de cuna que la cantaba su madre para adormecerla en los largos y lacrimosos insomnios de la tierra de su infancia. Pero la guitarrista creyó oir el título de una tonada muy de moda, y sin más paliativos se metió a rasguear su instrumento acompañada por el ritmo de los botes-maracas del batería y, al poco, por las palmas de todos, gracias a lo que doña Lola y Diego pudieron retomar el hilo de su interesante conversación.
         - Es un grave error, por lo demás muy frecuente, el de generalizar los comportamientos de las personas tomando como disculpa los diferentes sexos, edades, razas, religiones, profesiones o ideologías, pues tan rica y distinta es cada una de las individualidades de la especie humana –volvió Diego a tomar el desarrollo de su discurso en la misma secuencia en que se vio obligado a suspenderlo.
         - Su opinión tiene un cierto fundamento, pero no me podrá negar usted que hay rasgos y caracteres de las personas que permiten se las pueda agrupar y clasificar –sugirió doña Lola.
         - No se le puede objetar una cierta autoridad a su observación, pero es producto de una línea de pensamiento de carácter científico y culturalista. Se clasifican las plantas, se clasifican los minerales, también los astros y los animales, y siguiendo el mismo proceso se le quiere extender al ser humano, y, claro, lo más inmediato es comenzar por diferenciarles en razas y sexos, pues lo que más llama la atención de un observador, a primera vista, son las formas y los colores. Entiendo bastante bien el tema a causa de mi profesión, también la pintura es, según una impresión epidérmica y trivial, una mera combinación de formas y colores, pero basta ahondar un poco en el estudio de la cuestión para que cualquiera pueda darse cuenta de que detrás del cromatismo y de las líneas existe todo un mundo que da sustento a la obra de arte, un cosmos de sentimientos y de símbolos, un universo de expresiones y de experiencias, de referencias a la realidad y al pasado, de expectativas lanzadas hacia el futuro… Todo se entremezcla en la creación artística del mismo modo que en la vida, la memoria, individual y colectiva, el clima, estacional y cotidiano, las lecturas, comprendidas o alteradas, el contacto y el diálogo con las personas que te rodean, la propia sensibilidad, innata o adquirida, etcétera…
         - Me encantan todas esas cuestiones que expresa de una forma tan plástica, pero siempre me he movido en unos niveles del conocimiento mucho más tangibles, mucho más reales -explicó ella.
         - La realidad lo abarca todo, y puede tener la plena seguridad de que a pesar de la humildad de sus palabras tanto su carácter como su forma de comportarse provocan que usted aparezca ante mi entendimiento como una persona mucho menos materialista de lo que intenta parecer.
         - No sé si tomar las suyas como un alago o como una reprobación. Hay algunos hombres capaces de ser tan complejos como las mujeres -dijo ella, y dándose cuenta de repente de que Mairim se había colocado junto a ellos
hacía ya rato, y que escuchaba sus razonamientos sin hacer demasiado caso y sin aparentar entender nada, se detuvo en el juicio a los comentarios de Diego e interpeló a la niña -: ¿Cómo tú por aquí, linda?
         - Mis amigos se marcharon ya a sus casas y he venido a buscaros -explicó con sencillez la chiquilla.
         - Pues ya nos has encontrado, y se nota en tus terrosos ojillos que te está muriendo de sueño, cariño -apreció Diego.
         - Sí, esta niña debería estar metida en la cama desde hace horas, acabará por dormirse de pie -comentó doña Lola, y luego increpó al pintor -: ¡Qué inconsciente es usted, con qué facilidad olvidan los varones sus responsabilidades como padres!
         - Ella está habituada a esta forma de vida, si hubiera tenido demasiado sueño se abría marchado a casa, Mairim conoce bien el camino y nuestro hogar está cerca -se defendió él.
         - ¡Acostumbrada! Menudo pájaro de cuenta que está usted hecho. ¡Ven acá, hija! -y cogiendo por un brazo a la pequeña la atrajo sobre su regazo en una de sus habituales arrebatos de celo maternal indiscriminado.
         - Si se ha molestado en venir a buscarnos por la playa es porque tiene la esperanza de dormir esta noche acompañada y no está dispuesta a consentir que un inoportuno sueño le arrebate esa bella perspectiva. ¿No es así, Mairim?
         - Sí, me gustaría dormir con la chicas -musitó la niña, que se dejaba acariciar con la complacencia de una gata agradecida por la zalamera mujer.
         - Sepa usted que los deseos, muy razonables de la chiquilla, no justifican su frívola actitud en modo alguno. ¡Pobrecita, a estas horas y levantada todavía a causa de un padre despiadado y calavera! Es preciso que nos vayamos ya todos a acostar inmediatamente -e hizo un ademán de ponerse en pie, pero sus posaderas, oxidadas por la humedad del suelo, se resistían a ser arrancadas del muelle lecho de arena en que se había acomodado.
         - Vayamos por partes -propuso Diego, incorporándose con facilidad y disponiéndose a auxiliar a la dama en sus intentos por levantarse-, los jóvenes se encuentran ahora muy a gusto con su baño lunar, y sería lamentable y sin razón interrumpir su diversión, y por lo que a mí respecta no tengo ni una pizca de sueño. Así que si es su deseo retirarse ya a descansar podría acompañar a la niña hasta la casa. Ella conoce muy bien el camino y la distancia es corta y sin posibilidad de extravío. Por cierto, ¡cómo pesa usted, señora, dicho sea con los mayores respetos! -concluyó su proposición mientras se esforzaba en izar a doña Lola.
         - Es que se me han entumecido los músculos con el reposo y está humedad endiablada de la playa -dijo ella en todo agrio.
         - Perdone usted, pero no vaya a pensar estimada señora, que mi apreciación pretendiera ser en modo alguno ofensiva contra su persona. Fue tan sólo un espontáneo comentario producto del esfuerzo del momento -expresó diego con amabilidad.
         - Le comprendo perfectamente, se nota a simple vista que es usted un hombre bastante enclenque -le atacó ella, que ya había alcanzado la vertical y se sacudía la arena pegada a la falda.
         - Reconozco que estoy un poco delgado, pero mi estado físico no me desagrada en absoluto -reconvino él.
         Iba doña Lola a lanzar algún comentario jocoso al respecto de la afirmación del pintor pero un lamento de la niña la hizo desistir de la idea.
         - ¡Qué sueño! -fue el suspiro lastimero exhalado por Mairim.
         - Enseguida nos podremos ir a dormir, en cuanto den por concluido su intempestivo y largo baño mi hija y sus amigos -la consoló la mujer, al tiempo que le hacía un arrumaco.
         - No se preocupe por ellos, que ya tienen bastante edad para saber cuidarse.
         - No creo que se moleste, y si se molesta me da un tanto lo mismo, si le digo que no veo en usted, ni por su temperamento ni por las costumbres que suele practicar, a una persona muy acta para representar el papel de abogado del diablo -sentenció la señora, mientras que con la mano que no abrazaba a la niña continuaba obsesionada en sacudirse la arena de la falda.
         - Mi padre es un ángel -intercedió la pequeña.
         - Divina inocencia -ironizó doña Lola.
         - Todo el mundo en la isla le quiere mucho, y cualquiera de nuestros vecinos estaría dispuesto a hacer lo que fuera por él -insistió Mairim, a la que la discusión había conseguido reanimar de nuevo.
         - Desde luego nadie le puede negar a tu padre un cierto aura extraño y entrañable que produce se tenga una irracional simpatía y afabilidad hacía su persona cuando uno se relaciona con él, pero todo diablillo debe poseer algún tipo de encanto para poder tentar a los demás -explicó a la niña, que no entendió del todo los conceptos.
         - Usted sabe que soy demasiado humilde y demasiado demonio a la vez para poder sentirme acreedor a los magníficos adjetivos que su gracia me dedica -respondió él, con tranquilidad, y luego prosiguió -: pero ya es hora de que dejemos los fuegos de artificio para mejor momento y que seamos por un rato adultos y razonables. Su hija de usted, junto a la muchacha que la acompaña y mis amigos, regresarán en breves minutos tan ufanos y campantes como les vimos dirigirse al mar; para no alargar la espera y para que usted descanse podía ya acompañar a la niña hasta la casa, ir deshaciendo los equipajes y acomodándose, mientras yo esperaré aquí a los muchachos y me entretendré en hacer apuntes de los que siguen en torno a la hoguera. Le prometería que en breve estaremos todos reunidos de nuevo si no fuera por la poca confianza, que noto por sus anteriores comentarios, que tiene usted en mis juramentos…
         No de muy buena gana accedió, por fin, doña Lola a seguir las indicaciones del artista, más por favorecer a Mairim y por su propia comodidad, que por la confianza que pudiera depositar en las palabras de Diego.