I
La nave se deslizaba sobre una balsa de aceite teñido de azul ultramar purísimo, que estaba festoneado por un encaje de puntillas de hilo blanco que semejaban el revoloteo de la espuma oceánica. Acodadas sobre el tubo de acero que remataba la barandilla de estribor dos jóvenes pasajeras, Xana y Tuba, contemplaban el nítido cielo cobalto claro sobre el que se recortaba la accidentada silueta de la cercana isla. Ambas eran veinteañeras, amigas, saludables y preciosas; a la mencionada en primer lugar la embellecían el óvalo del rostro las ondulaciones de sus largos cabellos castaños y unos grandes ojos del mismo tono de color, la cara de la otra, enmarcada por una abundante melena de rizado ébano, estaba engalanada con unos transparentes iris que semejaban brillantes turmalinas bajo los resplandores del joven sol de la mañana. La nariz de Xana era apenas un bomboncito respingón mientras que sus labios eran rojos y carnosos, en contraste con los de su amiga que eran finos y estilizados en perfecta concordancia con su recta nariz de estatua griega.
Ellas miraban con ojos soñadores hacia el azul firmamento, y el resto del pasaje y la tripulación toda se entretenían en contemplar a las muchachas, al considerar que ellas constituían una descendida parte de aquel bastante más asequible y abordable, al menos en apariencia. Doña Lola, cuarentona y pelirroja teñida, señora madre de Xana, provista de un aplastamoscas de rejilla, plano y flexible, se divertía aventando con el artilugio aquellas miradas que se aproximaban a las aterciopeladas pieles de la hija y de la amiga de ésta más de lo debido, según unos criterios topológicos establecidos por ella, mientras sujetaba con el otro brazo contra sus abundantes pechos a una preciosa caniche blanca de nombre Mimi.
- Mira, mamá, que playa tan hermosa –cantaba Xana con su voz cristalina, señalando son el índice hacia la costa cercana-. ¡Qué bien vamos a tomar el sol tendidas sobre sus blancas arenas!
- Parece como si fuera irreal, comentó la madre.
- Parece un sueño –afirmaba Tuba emocionada ante la cercana perspectiva de pasearse por aquella arena tan límpida y blanca.
- En cuanto desembarquemos nos dirigiremos hacia allá –proponía Xana, con entusiasmo-. ¡cuánto deseo darme un buen baño en el mar después de varios días en el barco!
- Primero deberemos comprobar que no hay bolitas de petróleo en la arena ni el agua, que luego se te pone el cabello pegajoso y hecho un auténtico asco –apuntó la prudente madre sin dejar de utilizar el aplastamoscas, y unos breves ladridos de Mimi remarcaron sus palabras.
- ¡Cómo eres, mamá!, siempre hablando de cuestiones enojosas.
- Es que eres tan despreocupada como guapa, cariño, ¡déjame que te abrace! –se exaltó doña Lola en un arrebato de amor maternal soltando a la perrilla y dirigiéndose hacia la muchacha.
- ¡Qué madre tan empalagosa tengo! –refunfuñaba Xana dejándose abrazar y besuquear por la madre ante la mirada envidiosa de la embarcación toda, y en particular del barbudo capitán de la nave, que olvidando la seriedad que le atribuía su cargo, osó comentar en voz alta:
- ¡Ay, quién fuera madre!
Y tras de pronunciarlo, al apercibirse de lo inconveniente que había sido hacer público su loco deseo, sufrió un raudo y progresivo arrebolamiento en sus curtidas mejillas rodeadas por hirsutos y ensortijados vellos brunos, hasta que alcanzaron una fuerte intensidad de un carmesí tan subido de tono como la que poseía el bello globito con el que jugueteaba un tierno infante de dorados cabellos por la cubierta de popa.
El lacito de fino hilo que unía el bamboleante y frágil aerostato con el índice de la mano derecha del chaval se deslió en aquel preciso momento, y el fuerte y convulso alarido que voceó el niño al ver como ascendía con rapidez su oxigenado juguete hacia el azul infinito, sin poder hacer cosa alguna por retenerlo junto a si, provocó que las obsesas miradas variaran su lugar de destino y recayeran sobre la diminuta figura del infante.
Se produjo el pequeño y tumultuoso caos de alienados movimientos que suele acompañar a sucesos de esta índole: unos se dirigían hacia el chaval, otros trepaban por la antena y la chimenea del barco en un intento de alcanzar el rojo e inaccesible globo, los más se rascaban la cabeza dando muestras evidentes de impotencia o daban pasos tontos hacia ninguna parte, que por esas cosas del azar en la mayoría de los casos en posiciones más próximas a la que ocupaban las dos bellas muchachas acodadas en la borda, y a todo movimiento le prestaba apoyo el consiguiente acompañamiento de alguna exclamación gutural sin sentido y de necia entonación.

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