lunes, 9 de enero de 2012

Un verano en la nieve - II

II

    Por su parte, Xana y Tuba y su inseparable Lola, por no ser menos que los demás, también cambiaron de posición y dieron sus grititos de rigor, ubicándose tras esta acción junto a una de las barcas de salvamento que se encontrada cerca de su posición inicial.
    Bajo la lona verde que cubría dicha barcaza dos seres humanos ocultos se estremecían de temor.
    -¡Nos han descubierto! –exclamó Miles.
    -¡Seremos pasto de los tiburones! –se inquietó Max.
    -¿Hay marrajos por esta zona? –preguntó Miles.
    -Que yo sepa no? –reconoció Max.
    -¿Entonces? –le recriminó Miles.
    - Estas gentes de las multinacionales son capaces de llevarlos enjaulados en las bodegas de sus navíos para achuchárselos a cualquier polizón que les pretenda chulear –explicó Max, dando una entonación convincente a sus palabras.
    -¡Vaya gentuza! –exclamó Miles lleno de indignación, y continuó con acento pesaroso -: ¡Mira que terminar nuestras vidas siendo pasto de animaluchos cartilagobránqueos!
    - Uno nunca sabe donde va a tener su fin, pero también sería mala suerte acabar nuestras vidas convertidos en proteína piscícola, siempre había soñado que mis restos darían esplendor a un campo de girasoles –confesaba Max.
    - Es raro que no hayan descorrido todavía la lona –se esperanzaba Miles -, tal vez todo sea una falsa alarma.
    - Quizá hayan descubierto a otros polizones, y cuando acaben con ellos proseguirán la investigación –le desesperanzaba su compinche -, ahora estarán disfrutando con el espectáculo de nuestros compañeros de destino.
    - Tampoco hay por qué ser tan pesimistas. Lo mejor sería tratar de investigar que está sucediendo por ahí afuera y dejar de hacer cábalas – razonó Miles.
    - Voy a investigar –aceptó Max, y sacó una mano fuera de la lona, y la casualidad hizo que fuera aplantarse en todo el trasero de doña Lola, que no percibió la maniobra pues se encontraba totalmente extasiada con la desaparición del globo en el celeste espacio, pues cuando llegó a alcanzar una cierta altura, y ser cada vez menor la presión exterior, se hizo añicos dejando pasmado a todo el personal.

    - Alguna novedad? –preguntó Miles.
   - Palpo carne insensible –contestó Max -, buscaré alguna región más apropiada.
    Doña Lola comenzó a sentirse alagada. “Tal vez sea el capitán”, pensaba la mujer con ilusión. “Un hombre con tanta experiencia, como la que debe de tener él, no puede contentarse con cortejar a unas mocosas, por muy apetecible que parezca a primera vista. ¡Pero que pícaro, si me está haciendo cosquillas en el mismo…!”.
   - ¡Un respeto, caballero! –se volvió tan airada como coqueta, y se quedó muy cortada y sorprendida al ver ante sí tan sólo un brazo que salía de entre la verde lona-, ¡ooohoooo! –exclamó asustada.
   - Perdone, señora –musitó una voz al tiempo que se escondía con rapidez el brazo debajo de la lona -, no llame usted la atención, `por favor! –suplicó.
   -  Pero… -dijo ella aturdida todavía.
Unos bellos y temerosos ojos la suplicaban desde la entreabierta lona.
   - Es usted un atrevido –reaccionó ella al fin, pero sin acritud, aún complacida por las caricias precedentes.
   -  Le vuelvo a rogar que me disculpe, señora, ¿a quién han descubierto?
   - A nadie – dijo ella, y dándose cuenta de la estrambótica situación soltó una clara y fresca carcajada que mostró la blancura de sus dientes.
   -  ¿Con quién hablas, mamá?
   - Con nadie, niña, son cosas mías –y doña Lola se sintió confundida, y reaccionó con autoridad-. ¡Volved a la barandilla y dejadme en paz! ¡Ay, qué niñas! – termino por reír.
   Mimi olisqueaba la barcaza y su dueña lo cogió en brazos y calmó su instinto a ponerse a ladrar apretándola contra su exuberante pecho.
    - ¿Qué pasa? –preguntó Tuba a su amiga, extrañada de la conversación.
    - ¿Qué pasa?  -preguntó Miles a su amigo bajo la lona, con temor.
    - Nada, calla y estate quieto –le contuvo Max.
    - Nada, calla y muévete –le excitó Xana -.Deben ser chaladuras que dan cuando se llega a cierta edad –iba explicando a su amiga mientras pasándole un brazo sobre los hombros de vuelta hasta la barandilla donde estaban antes.
    - Gracias, señora, ha sido muy amable no poniéndose a gritar –reconoció Max.
   -  Y, ¿qué hacen hay adentro? –interrogó doña Lola, que había percibido una segunda voz debajo de la lona.
   -    Somos amigos y viajamos de polizones escondidos aquí dentro. No es muy cómodo, ¿sabe? –explicó Max.
   -    Lo imagino, ¿son ustedes muchos? –preguntó la dama.
   -    Tan sólo dos, le aseguro que somos buena gente, ya le explicaré si hay ocasión.
   -    ¿No tienen dinero para el pasaje?
   -    Sí, tenemos más dinero que el que necesitamos…
   -    ¿Entonces?
   -    Precisamente por eso lo tenemos –aclaró Max-, si nos lo gastáramos en cosas innecesarias y baladíes, como son estos viajes turísticos, dejaríamos de tenerlo y no podríamos emplearlo en cuestiones más importantes, el dinero se va como el humo…
    -    Ja,ja,ja –rió doña Lola de buena gana.
   -    No levante usted la voz, por favor, que acabarán por descubrirnos –suplicó Max.
    -    No hay nada que temer por ese lado, toda la gente de la cubierta están bastante atareados contemplando embelesados a mi hija y a su amiga.
    -    ¿Estaría usted dispuesta a echarnos una mano?
    -    Usted no ha dudado en echarmela a mí…
    -    De nuevo le ruego que me perdone…
    -    No hay nada que disculpar, me hago cargo de las circunstancias…
Además este tipo de aventura me distraerá de un viaje que ya empieza a ser un poco aburrido, ¿qué puedo hacer por vosotros?
    - Está lejos la costa? –preguntó a su vez Max.
    -    Según mi apreciación como a unos tres kilómetros, pero no soy muy buena para este tipo de cuestiones…
    -    Si usted fuera tan amable de avisarnos cuando sólo quedaran uns quinientos metros..
    -    ¿Para qué?
    -    Entonces nos tiraremos por la borda y llegaremos con facilidad hasta la costa, somos buenos nadadores y parece que el mar está en calma.
    -    Será muy peligroso, ¿no temen por sus vidas?
    -    Estamos acostumbrados, no es la primera vez…
    -    Está bien, les avisaré –accedió doña Lola.
    -    Muchas gracias, señora. Pero…aún queda un último favor…
    -    Llevamos también los equipajes, no representan mucho bulto, pero hay cosas delicadas que no convendría que se mojasen, ¿sería usted tan amable de procurar que llegaran a puerto en buen estado?
    -    Si no pesan mucho, no olvide que somos débiles mujeres…
    -    Otra vez gracias, bonita la perra, por cierto –le interrumpió Max.
    -    Se llama Mimi –dijo Doña Lola mientras los ojos de Max desaparecían bajo la lona.
    Y la perrilla se puso a ladrar al escuchar su nombre.

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