miércoles, 11 de enero de 2012

Un verano en la nieve - III

III

    Doña Lola regresó junto a la chicas empleando el aplastamoscas a tope, pues la maraña de miradas había formado todo un frondoso jardín a su alrededor. Llegó hasta ellas fatigada de tanto palmetazo a diestro y siniestro, pero feliz y entusiasmada con la aventura que inopinadamente se les había planteado.


    -¡Ay, niñas, qué cosas pasan en estos viajes!
   -¿Qué hacías tanto rato junto a la barca, mamá, hasta parecía que hablabas sola?
    -Callad, callad y disimulad. ¡Uy, qué cerca está ya la costa! –soltó a Mimi, que como un rayo salió corriendo a olisquear la barcaza, y se acodó sobre la barandilla entre las dos jóvenes, que la miraban expectantes y sorprendidas de tanto misterio como le estaba dando al asunto, luego musitó en un tono tan bajo y secreto que rayaba lo ridículo -.No os asustéis… pero en la barca que husmea Mimi hay escondidos dos polizones…
    - ¡Qué horror! –se asustó Tuba.
    - Calla, mema –le increpó doña Lola, que continúo con tono amenazador -: si os vais a poner histéricas me callo. ¡Jesús, qué juventud!. No hay por qué asustarse, son buena gente…
    - ¿Cómo lo sabes, mamá?
    - Conversé con ellos, no hablaba yo sola, todavía no estoy gagá…
Son dos jóvenes encantadores, náufragos y desvalidos –inventó doña Lola, que no carecía de un cierto espíritu romántico -, y me han rogado que les ayudemos.
    - Lo mejor sería que informásemos de todo al señor capitán, quien sabe si no son piratas dispuestos a adueñarse de la nave – sugirió Tuba, que también había leído más de una novela de aventuras, y, como si hubiera sido llamado con urgencia, el mencionado capitán se presento ante las tres mujeres de improviso.
    - Perdón, respetables señoras –comenzó con mucha educación y adoptando unas posturas sumamente encaradas y atávicas que concordaban a la perfección con el ridículo y obsoleto traje que vestía -, ¿si tienen ustedes el mínimo problema…?, ya saben que siempre me encuentro a su entera disposición…
    - ¡¿Quién le ha dado a usted vela en este entierro?! –se encaró con él, disgustada por la irrupción del capitoste, doña Lola.
    - Yo, yo… creí haber escuchado…, pensé… -balbució asustado el marino.
    - Pero, ¿Cómo va a poder escuchar nada si lleva su mugrienta gorra calada hasta las sienes? –prosiguió su acervo ataque la señora.
    - ¡Como te pones, mamá! –intervino Xana.
    - Es que hay algunas personas que me enervan, en particular algunos metomentodo que…
    - El señor capitán es una persona muy amable –sonrió Tuba al pobre hombre.
    - Gracias, señorita –susurró el capitán, rojo de vergüenza y tratando de ocultar la gorra de mando que se acababa de quitar tras de su corpulento corpachón.
    - Pero, bueno, es que no se da usted cuenta de que aquí está estorbando –le remató doña Lola.
    - Sí, sí…, ya me iba, señoras, les ruego sepan disculpar mi imperdonable e inoportuna intromisión… -y algunas risas sardónicas y crueles procedentes de la mala intención envidiosa de los pasajeros que observaban la escena apagaron con su coro el final de la despedida, rematada por unos ladridos de Mimi que también quiso participar en el evento.
    - ¡Vaya tío pelma! – continuaba irritada doña Lola -. La culpa es toda vuestra, criaturas, que sabéis poneros en el lugar que os corresponde. Si no fuera porque me tenéis a mí a vuestro lado ya se habrían echado encima de vosotras toda esa colección de golosos moscardones que os observan como si sólo fuerais un rico pastel aderezado expresamente para sus feos dientes de asnos…
     - Bueno, mamá, vale ya, que tampoco es para tanto…
    - Le va a dar a usted un sofoco, doña Lola.
    La airada señora se volvió a recostar en la barandilla y su rostro recobro la calma de forma instantánea. De nuevo hablaba en el tono secreto precedente al altercado.
    - ¡Ah!, tontas. Todo el enfado ha sido tan solo una añagaza fabricada para disimular nuestras intenciones. Prosigo las explicaciones: cuando estemos más cerca de la costa tenemos que avisar a esos indefensos polizones para que se lancen por la borda sin que nadie les vea y puedan alcanzar la isla nadando…
    - ¡Pobrecitos! –se apiado Tuba.
    - ¿Son jóvenes? –interrogo Xana, para quien su filosofía de valores atribuía una importancia definitiva a la edad, pues se había fabricado una campana gaussiana particular sobre la bondad de las personas y acostumbraba con frecuencia a dejar que sus inclinaciones y aversiones dependieran de la ubicación de los diversos individuos que las provocaban dentro de sus esquemas matemáticos establecidos.
    - Si lo parecen por su voz, ya que permanecen ocultos bajo la lona y es lo único que se puede percibir de ellos. También parecen cariñosos…
    - ¿Por su voz? –volvió a preguntar Xana.
    - ¡Ay, hija!, tampoco hay necesidad de que se especifiquen demasiado las cosas… -se sonrojo la madre, pero enseguida volvió al tema práctico -: Luego recogeremos sus equipajes, que dejaran dentro de la barcaza, y los bajaremos mezclados con los nuestros para que no levantes sospechas.
    - Pero, si ni siquiera vamos a poder con todos los bultos que hemos traído nosotras –se quejaba Tuba.
    - No habrá por qué preocuparse, eso no constituirá ningún problema, ya veréis como se nos ofrecen un montón de espontáneos ayudantes –le sosegó doña Lola-. Sois el centro de atención de todos los varones que viajan en la nave y los hombres saben ser muy galantes cuando consideran que pueden sacar alguna tajada que les compense del esfuerzo realizado.
    - Esa expectación puede causarnos una grave complicación, si nos acercamos a avisar a esos náufragos escondidos con tantas miradas clavadas en nuestros movimientos llamaremos la atención sobre esos pobres muchachos.
    - ¡Aah! –exclamó sonriente doña Lola dando signos evidentes de conocer la solución satisfactoria a dicha cuestión y de sentirse orgullosa de que se le hubiese presentado la ocasión de poder exponerla -: Precisamente eso nos favorecerá en nuestros propósitos. Vosotras, cuando llegue el momento crucial, os iréis dando un lento paseo hasta la proa del navío, con esos andares felinos, seductores e indolentes, que os son innatos, y cuando todas las miradas comienzan a bailar al ritmo que vayan marcando vuestras caderas yo aprovecho la oportunidad y aviso a los polizones.
    - ¡Que lista eres, mamá! –se extasió Xana ante el lúcido maquiavelismo de su progenitora.
    - Está usted en todo –no pudo por menos que alabar Tuba a la truculenta señora.
   

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