jueves, 12 de enero de 2012

Un verano en la nieve - IV

IV

    Lo que funcionaba como puerto no era apenas sino una cala un poco adecentada en sus márgenes y protegida por un largo malecón formado por grandes y prismáticos bloques de piedra.
    Una larga fila de voluntarios porteadores seguían, cargados con los pesados equipajes, a las tres mujeres. Ellas sólo llevaban sus bolsos de mano y unos maletines de extraña forma.
    En el punto final del camino que corría a lo largo del malecón dos jóvenes vestidos con empapados trajes de lino color claro hacían señas con las manos en alto a doña Lola. Se trataba de Miles y Max, los ex ocultos polizones; Miles era un robusto morenazo de rizados cabellos y azules ojos, su amigo un espigado rubiejo de piel tostada y ojos castaños. No llegaría ninguno de ellos a aparentar una edad superior a veinticinco años.
- ¿Qué forma tan rara tienen estos maletines que usan los náufragos? –comentaba Tuba.
- ¿Qué llevarán en ellos? –se preguntaba Xana en voz alta.
- Pronto saldremos de dudas –anunció doña Lola-, sus dueños deben ser aquellos dos guapos mozos que nos hacen señales con las manos. Parecen más jóvenes de lo que pensé en un principio –se afligió un momento, pero se recobró con rapidez y detuvo con autoridad a la larga caravana de porteadores-. Muchas gracias por su servicio, amables caballeros, ya pueden dejar aquí mismo los equipajes.
    - Los llevaremos hasta donde sea necesario –comentó un enquencle hombrecillo que estaba medio aplastado por el peso de una voluminosa maleta de piel que parecía se le iba a caer de un momento a otro de sus hombros.
    - Agradecemos de todo corazón su abnegación, pero todavía no hemos decidido el camino que vamos a tomar. Dejen ya los equipajes en tierra, por favor –ordenó doña Lola con una firmeza de mando militar que no dejaba lugar a la menor objeción.
    Las maletas, baúles y bolsos de viaje fueron formando una pequeña montaña ante las tres mujeres y los ladridos exaltados de Mimi, mientras que, aprovechando la duda sobre su destino final evidenciada por doña Lola, se les ofrecían proposiciones y sugerencias por doquier, que la madre de Xana rechazaba en nombre de las tres con seguridad y rotunda convicción, desbaratando los más truculentos planes que los adoradores de las muchachas habían conseguido maquinar en breves instantes, hasta que, no sin mucho batallar, se consiguió que el desaliento y la frustración cundiese entre ellos y se volvieran, cabizbajos y pesarosos, hacia el barco en busca de sus propios equipajes.
Entonces pudieron acercarse a ellas los mojados y risueños polizones.
    - Miles y Max, sus seguros y leales servidores para complacerlas en
cuanto gusten, señoras –presentó por los dos el último de los aludidos, mientras tomaba entre sus manos una de las de doña Lola y se la besaba.
    -Les aseguro que no ha sido ninguna molestia para nosotras, al contrario, nos hemos divertido mucho, ¿no es verdad, niñas? –preguntó a las chicas, y sin esperar respuesta continuó-: Ha sido una experiencia maravillosa y absolutamente desconocida y cosquilleante. Esta es mi hija, Xana, y la otra es su inseparable amiga, Tuba.
    Las chicas formaron con sus labios sendas tenues sonrisas al tiempo que los colores afloraban a sus tersas mejillas, dándoles un aspecto tan adorable que los dos muchachos se pusieron a tragar saliva sin saber que motivaba la excitación de sus glándulas.
    - Yo me llamó Lola, y la perrita es Mimi –terminó con las presentaciones la señora.
    Después de un breve lapso que aprovecharon los amigos para desatar el nudo que se les había formado en la garganta, inclinando sus respectivas cabezas, dijeron a dúo:
    - Encantados de conocerlas.
    - Su hija y su la amiga son dos jovencitas preciosas –siguió Max, más por constatar un hecho evidente que por resultar agradable.
    - Y usted es toda una real hembra –prosiguió Miles, por no dejarla descolgada de los halagos y porque también era verdad que la buena señora era una mujer bandera.
    - Si es que esta es la hora de piropear habrá que reconocer que ustedes dos no están nada mal –contestó doña Lola a los galanteos por las tres -, aunque en estos momentos estén tan mojados como sopones. Lo que deberían hacer sin perder más tiempo es cambiarse las ropas y dejarse de tantas cortesías. ¡Van a pillar un resfriado de cuidado!
    - Estamos muy acostumbrados al agua, y con este espléndido sol que luce en el firmamento no tardaremos mucho en secarnos. No tiene por qué preocuparse por nuestro estado, lo importante era que no se mojaran los maletines –explicó Miles.
    - ¿Qué contienen? –se atrevió a preguntar Xana-, y perdonen mi curiosidad, pero ¡tienen una forma tan extraña!
    - La curiosidad es buena, y es la base de la ciencia –afirmó Max.
    - Sin curiosidad no habría investigación, y sin investigación sería imposible el progreso –remachó Miles.
    - Sus respectivas disertaciones son muy lógicas, y evidencian su magnífica predisposición hacia los temas del conocimiento, pero la cuestión era… -intervino Tuba, que temía que con la palabrería se quedaran sin conocer el contenido de los dichosos maletines.
    - Una trompeta y un saxo –la cortó Max, haciéndole ver lo infundado de sus temores.
    - Un saxo tenor –especificó Miles.
    - ¡Ah!, entonces son ustedes músicos –afirmó doña Lola.
    - No exactamente –negó Miles, y luego explicó-: Somos ingenieros, Max está especializado en la construcción y yo en la rama industrial, pero somos muy aficionados a la música de jazz…
    - ¡¿Quién lo hubiera podido intuir?! –exclamó doña Lola.
    - ¿Qué nos gustaba el jazz? –preguntó Max.
    - No, que los pobres polizones eran dos ingenieros –rió doña Lola.
    Las dos chicas acompañaron a la madre de Xana en las risas provocando que los muchachos se quedaran muy cortados.
    - Tampoco creo que sea tan cómico ser ingeniero –comentó Miles.
    - No, si consideramos que son profesiones serias y respetables –aclaró doña Lola mientras se secaba las lágrimas que le habían producido la fuerte risa-. Les ruego que perdonen nuestra hilaridad, pero ha sido que, ustedes se harán cargo, la comparación entre su profesión, sus aficiones musicales y el lamentable aspecto que presentan en estos momentos, nos ha producido un choque tan fuerte que ha sido tan irreprimible como falto de sentido el que estalláramos en carcajadas.
    - No hay nada que disculpar –intervino Miles-, además tienen ustedes unas risas encantadoras, en particular me fascina la de Tuba, se le producen unos hoyuelos en las mejillas tan graciosas cuando ríe que rompen con todos los esquemas establecidos.
    La aludida se ruborizó hasta las sienes y Xana, envidiosa del éxito que había obtenido la amiga, no tuvo más remedio que entrar en la conversación.
    - Hay que recocer que nos ha atacado una risa muy tonta. Mi padre también en ingeniero, arquitecto, para precisar, y también tiene aparte de su trabajo algunas aficiones bastante extrañas.
    - Sí –explicó la madre-, mi marido se dedica en sus ratos libres a fabricar unas raras esculturas con hojalatas y alambres pintados, con unos colores de los más chillones que se pueda uno imaginar, con lo que le resultan unas construcciones de lo más extravagantes, aparte de emplear la mayor parte del tiempo en las damas, que son su afición favorita y su auténtica vocación…
    - Y, ¿el ajedrez no le interesa? –preguntó Max con ingenuidad.
    - Mi madre se refiere a las damas con faldas –le aclaró Xana.
    - O con pantalones ceñidos, que tanto le da –puntualizó la madre.
    - ¡Ah!, pues no sé cómo serán los edificios que diseñe. Pero desde luego es de justicia reconocer que en la figura de su hija ha legado a la Humanidad una obra maestra –galanteó Max.
    - También colaboré lo mío –intervino la madre.
    - Lo cual le debe de ser agradecido eternamente –la obsequio Max.
    Xana no sabía ni qué hacer ni hacia dónde mirar con tanto halago como estaba provocando su persona, y la madre se había ensanchado tanto con los piropos que le dirigían a su niña que casi alcanzó el doble de su diámetro habitual, que ya de por sí no era pequeño.
    Entre tanto, un enjambre de miradas, guiños y reviramientos de iris iban formando un panel poliédrico entre los rostros de Tuba y de Miles, que llegaba a cubrir todo el espacio existente entre los dos jóvenes, inequívoco indicio de que alguna especie de profundo afecto había nacido entre ambos. Y, con la paralela maraña luminosa que comenzó a forjarse entre Xana y Max, acabaron por dejar encerrada en un angosto espacio a doña Lola, que no pudo por menos que sentir un repentino sofoco y una gran sed.
    - ¡Qué calor hace!, con qué gusto me bebería ahora un refresco –comentó mientras cogía a Mimi en brazos para sentir alguna compañía.
    Y a la mera alusión de la señora, Max y Miles, como impelidos por un potente resorte, rompieron la tela de las miradas y salieron corriendo hacia un chiringuito cercano mientras gritaban al alejarse:
    - ¡Vamos a buscar bebidas, disculpen un momento! –clamaba Max.
    - ¡De paso buscaremos un vehículo para poder desplazarnos por la isla! –voceaba Miles.
    Las tres mujeres, que continuaban detenidas ante la montaña de los equipajes, aprovecharon la oportunidad para hacer comentarios sobre los muchachos.
    - ¡Qué guapos que son! –exclamó Tuba con un suspiro.
    - Y. ¡qué fuertes! –admiraba Xana.
    - Y, ¡qué amables! –cerró la tanda de loas doña Lola.
    - ¿Cómo no nos avisaste en el barco que eran unos tipos tan maravillosos? –le reprochó la hija.
    - Ya os dije que sólo les conocía de voz y por una actitud cariñosa que… –se retractó al instante-, bueno, sólo por la voz. ¿Quién iba a saber?
    - Son aguerridos y soñadores – suspiraba Xana.
    - Son artísticos y valerosos – suspiraba Tuba.

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