VI
El vehículo se detuvo ante el edificio con el estruendo que era tan característico a sus paradas, y el fuerte ruido hizo salir de una garita vidriada a un hombrecillo con el típico mono azul de los mecánicos.
-¡Vaya trasto! -comentó el del mono.
-Sí, tengo que reconocer que es una auténtica castaña, pero le aseguro que es el mejor todoterreno en alquiler que había en la zona del puerto –dijo Max, irritado.
- ¡Qué va, si es una maravilla! –exclamó el hombrecillo.
- ¿Cómo? – se aturdieron los visitantes.
- La exclamación era loatoria, yo mismo lo rehabilité y logré ponerlo en funcionamiento –explicó el mecánico-. Procedía de un desguace y nadie daba un ochavo por él y ¡ya han podido comprobar ustedes lo bien que ha subido la cuesta! –se desenlazó un pañuelo que traía al cuello y se puso a frotar con él sobre una aleta del coche, con amorosa expresión.
- ¿Queda muy lejos la playa? –le interrogó doña Lola, haciéndole salir de su arrobamiento.
- ¿De qué playa me habla? –preguntó a su vez el mecánico.
- Pues, ¿de cuál se va a tratar?, de la maravillosa playa que se veía por estos lugares desde el barco –contestó Xana.
- ¡Ah, sí! –exclamó el del mono azul dándose una palmada en la frente -, ustedes acabarán de llegar ahora mismo a la isla, ¿no?
Cinco cabezas asintieron oscilando hacia delante, y hasta un pequeño ladrido de Mimi parecía unirse a la respuesta afirmativa.
- Claro, eso lo explica todo, porque no existe tal playa.
En el transcurso de la conversación habían ido descendiendo del vehículo tan poco hospitalario y fueron formando un semicírculo frente a él.
- ¿¡Cómo!? – se admiraron.
- No me extraña que se sorprendan ustedes, a todos los que llegan les sucede lo mismo. Yo les explicaré: ¿Han visto al venir ese grueso cable que corre a todo lo largo de la cima del acantilado?
- Sí –afirmó Max, haciéndose portavoz de la expresión de todo el grupo -. Y, ¿qué?
- Actúa como soporte de la playa –dijo con tranquilidad el mecánico.
- ¿¡Cómo!? –volvieron a exclamar a coro los visitantes.
Sintiendo la expectación que despertaba y apreciando la calidad de su auditorio, en particular de las dos bellas muchachas, creyó oportuno hacer una breve pausa mientras se volvía a anudar el grasiento pañuelo al cuello.
- La cuestión es bien sencilla, y ustedes comprenderán enseguida el supuesto misterio.
Nueva pausa para deleitarse en protagonizar aquel discurso.
- En esta parte de la isla no existe ninguna playa natural, pero como es la zona por donde deben arribar los barcos que llegan a la isla, ya que su único puerto se encuentra emplazado aquí, y los viajeros vienen atraídos por la celebridad de nuestras maravillosas costas arenosas, para que en un primer momento no se desbarate su ilusión a la vista de los rocosos acantilados el concejo que lleva toda la administración de la isla decidió que se les presentara a su llegada una hermosa playa, como una cordial salutación…
- Perdóneme que le interrumpa, pero sigo sin comprender nada –le cortó Miles, que seguía boquiabierto.
- Enseguida lo entenderá todo, y sus acompañantes también, pasaré al fondo del asunto: La maravillosa playa que ustedes han visto y tanto les ha encantado es tan sólo una gran pintura realizada sobre un descomunal telón que estoy encargado de abrir cuando nos apercibimos de que llega un barco cargado con turistas, y de cerrar lo antes posible para que no se deteriore…
La maquinaría que hace posible que se extienda y pliegue el telón se encuentra en este edificio.
- ¡Qué robo, qué vergüenza! –exclamó doña Lola, indignada -. Son ustedes una…
- Perdone que la interrumpa, señora –le impidió el mecánico soltar la retalla de improperios que se le venían en tumulto a la boca -, pero aquí no hay engaño alguno, la parte opuesta de la isla se encuentra llena de playas encantadoras de las que puede gozar todo el turismo que llega, este gran escenario es tan solo un pequeño aditamento para hacer más grata su arribada a los visitantes, y lo que hay pintado en el es una perfecta copia de una de las costas arenosas de la isla.
- ¿Qué longitud tiene el telón? –preguntó Miles haciéndose especulaciones ingenieriles, pero sin aguardar la contestación, dándose cuenta de lo inconveniente que resultaba en aquellos momentos ponerse a constatar cifras y métodos mecánicos, continuó -, es lo mismo, ya volveré algún día a estudiar en solitario todo el artificio. ¿Cuál es el camino más corto para llegar hasta las playas autenticas?
El hombrecillo se lo indico con presteza y amabilidad. Luego contempló con lágrimas en los ojos como se alejaba, dejando tras de si una espesa nube de polvo, el vehículo que con tanto cariño y dedicación habían reparado sus manos, sin poder conocer con precisión si su llanto estaba causado por el mucho amor que profesaba a su obra mecánica o se lo habían provocado los terrones de arena que las ruedas habían arrojado contra sus ojos cuando arrancó.
A bordo del todoterreno los comentarios e imprecaciones eran de lo más variado, y de entre todo aquel caos de frases surgió una pregunta de boca de doña Lola que resultaba muy extraño no hubiese sido ya hecha con antelación:
- ¿Ustedes dos van a algún lugar definido? –fue la interrogante dirigida a los muchachos.
- Sí –contesto Miles por ambos-, nos vamos a alojar en casa de un buen amigo.
- Es un magnifico pintor y un gran tipo –continuo informado Max-. Según nos ha comunicado por carta se ha hecho con una casa espléndida justo frente de una de las más bellas playas de la isla.
- Su trabajo le habrá costado, aquí los buenos terrenos deben de ser carísimos –comento doña Lola.
- No hizo demasiado esfuerzo, creo que hizo trampas –especuló Miles.
- Sí, consiguió el terreno jugando a los naipes con cartas trucadas –aclaró Max.
- ¿No decían que era pintor? –se sorprendió Tuba.
- En sus ratos de ocio también ejerce de tahúr en el casino –explicó Max con sencillez.
- Y esta segunda profesión parce que le reporta mayores beneficios que la otra. Ha pasado antes con muchos grandes artistas –continuó Miles la explicación en el mismo tono, luego, cambiando de tema, dijo -: Por cierto, como ustedes no tienen todavía alojamiento, se les podría hacer un sitio en la mansión de nuestro amigo. Diego, que tal es su nombre, pienso que se sentiría feliz de poder alojar a tan distinguidas damas en su casa.
- De ningún modo –se opuso con saña doña Lola a la proposición que acababan de hacerles -¡Hospedarnos en el antro de un tahúr, faltaría más!
- No tome usted prejuicios en su contra antes de conocerle. Le aseguro que es una de las personas más simpáticas y encantadoras que conozco -defendió Max a su amigo.
- ¡Cómo serán las demás! -exclamó doña Lola.
- Es un hombre muy culto y distinguido, pero de todos es sabido que del arte y la cultura no puede comer casi nadie. Y cuando el hambre se impone se ve obligado a hacer algún que otro malabarismo con los naipes -también acudió en su defensa Miles.
- Yo sigo en mis trece -se reafirmó la mujer.
- Pero, mamá, las vacaciones se han inventado para buscar aventuras -intervino Xana en el debate.
- Hay aventuras… y ¡aventuras!, hijita.
- Es que perderíamos la compañía de estos chicos tan amables y tan simpáticos -dijo Tuba, y al tiempo de soltarlo se arrepintió de haber abierto la boca de una forma poco conveniente, y los colores le afloraron a las mejillas una vez más.
- Está bien, dejemos por el momento de especular sobre el incierto futuro -postergó Max la discusión -. En primer lugar iremos hasta allí, si es que esta porquería de cacharro no nos deja tirados en medio del camino, y después ya tendremos tiempo de decidir qué es lo más conveniente para el bien y la concordia de todos.
- Todo ciudadano ha de ser bueno y benéfico para los demás -canturreó Miles.
Xana se puso a tararear otro estribillo conocido, y al poco los cinco cantaban y reían olvidando con la alegría y la música el desagradable debate precedente, acompañados por algunos discordes ladridos de Mimi, también dispuesta a unirse al coro.

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