V
Mientras se hacían estas desmedidas loas a sus espaldas, los jóvenes ya habían llegado hasta el bar y demandado bebidas frías. También pudieron enterarse del lugar en que sería posible conseguir el todoterreno que deseaban alquilar gracias a las informaciones que les dio al respecto un cliente vernáculo que vagabundeaba por los alrededores del kiosko.
Así que en tanto que Miles regresaba con una buena provisión de refrescos hasta donde se encontraban las damas, Max se internaba por entre las estrechas callejuelas que se abrían entre el conglomerado de apelotonadas y bajas casitas que formaban la aldea solidaria al puerto con un helada botella de cerveza en la mano y hacía un alto en un tenducho de ropa para adquirir algunas prendas con las que renovar el vestuario de los amigos.
No habían todavía terminado de apurar los refrescos el grupo que aguardaba junto a las maletas cuando tras un monstruoso estruendo de chispas y chapas se detuvo ante ellos un desvencijado todoterreno descubierto.
- Es lo mejor que pude conseguir –se disculpó Max desde el asiento de conducción del vehículo.
- Pues un milagro que todavía pueda andar este cacharro, de seguro que realizó una labor encomiable en Corea –comentó Miles, y después se dirigió a las damas -: Espero que ustedes también serán de la opinión de que las vacaciones fueron inventadas para pasar incomodidades.
No obtuvo ninguna respuesta, y lo que reflejaban los rostros de las mujeres era más bien que su opinión tenía una dirección opuesta a aquella, pero a pesar de todo les ayudaron a subir los equipajes al vehículo.
- ¿Tienen ustedes el propósito de ir a un lugar definido? –preguntó Max, más que nada para tomarse un respiro durante el espacio de tiempo que mediara entre la pregunta y la respuesta y descansar del esfuerzo de haber izado un voluminoso maletón hasta el maltrecho todoterreno.
- Vamos a ir a aquella playa tan bonita que vimos desde el barco –afirmó Xana con demasiada presteza.
- Es bellísima –se extasió Tuba.
- Sería más oportuno que antes de nada tomaramos alojamiento en algún buen hotel –detuvo sus juveniles ímpetus la madre de Xana.
- Ya tendremos tiempo de buscar habitaciones, ¡ardo en deseos de darme un buen chapuzón! –le rebatió la hija.
- Yo también –se adhirió a la intención Tuba -, ¡el agua tiene que estar espléndida! Ustedes ya la probaron, ¿cómo está? –preguntó a los chicos.
- Por la ruta que hemos traído estaba sucia y pastosa –les desilusionó Max.
- Es que hemos ido a salir cerca del colector de la aguas del poblacho del puerto… es de esperar que el resto de las aguas tengan una mejor calidad –les devolvió las esperanzas Miles, que proseguía en su labor de subir y acomodar bultos al vehículo.
- En las guías turísticas pone que son aguas vírgenes –comentó Tuba.
- Sobre las supuestas virginidades habría mucho que hablar –repuso doña Lola, provocando que se ruborizasen las jovencitas.
- Bien, se acabó la tarea –anunció Miles subido en la cumbre de la montaña de los equipajes, que ya había consumado su desplazamiento desde el suelo hasta la trasera del vehículo -. Pueden acomodarse cuando deseen.
El todoterreno, al estar tan cargado de maletas y bultos diversos, resultaba demasiado pequeño para los cinco, pero con un mucho de buena voluntad se llegó a una solución. Max se hizo con el volante y doña Lola ocupó el de copiloto, cogiendo en su regazo a Mimi, Xana ocupó una pequeña plataforma intermedia tras de la palanca del cambio de marchas, y los otros dos se adecuaron sendas plazas sobre los equipajes. El viaje no iba a ser muy cómodo, pero se pensaba que el trayecto sería corto.
- Entonces, ¿hotel o playa?, hay que decidirse –preguntó Max al tiempo que ponía en marcha el vehículo. Tres voces que corearon: “¡playa!”, apagaron la opinión contraria de doña Lola. Dio Max un brusco volantazo y el todoterreno se apartó de la carretera que conducía al pueblo y se metió por el camino de la costa.
El tal camino sería bueno para ser utilizado viajando sobre animales de herradura, pero para vehículos sobre ruedas resultaba harto tortuoso a causa de los múltiples baches que florecían por doquier entre la tierra aplastada, sin que hubiera visos de que alguna vez hubiera estado asfaltado.
- ¡Qué natural es todo! –comentaba Tuba, bien asida a los flejes soportadores de una inexistente capota.
- Demasiado natural, con tanto bote acabaré por marearme –se quejaba con razón doña Lola.
- No se preocupe usted, que en un momento habremos llegado a la playa –la animaba Max.
Después de ascender por una pronunciada cuesta llegaron hasta una meseta desde la que se hubiera debido vislumbrar la tan deseada playa, pero todo cuanto percibieron sus desilusionados ojos fueron abruptos acantilados que caían casi en vertical sobre un agitado mar espumoso.
- Pues la playa tendría que estar aquí, se veía muy linda desde la borda del navío –insistía Xana.
- Allá a lo lejos se ve una construcción moderna –descubrió Miles desde su atalaya -, lo mejor sería llegar hasta allí por si hay alguna persona que nos pueda informar…
Max aceptó la propuesta de su amigo y el vehículo fue avanzando despacio por un estrecho sendero que corría justo al borde de los farallones. Un cable de acero, de ancho calibre, bien anclado en las rocas los iba bordeando.
- ¿Para qué servirá ese cable tan grueso? –se interrogó Xana en voz alta, sin que nadie se atreviera a darle una respuesta razonable.

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