martes, 31 de enero de 2012

Un verano en la nieve - VII

VII

    Cruzaron unas suaves lomas despobladas cubiertas de vegetación esteparia, y tras de atravesar un pequeño bosquecillo salieron a una zona abierta y elevada desde la que se podía divisar el azul del mar y la zona de costa opuesta a la de los acantilados que hacía un rato habían abandonado.
El cielo tenía un tono menos limpio que el de la otra parte pero el terreno se encontraba mucho más cultivado y aseado. Es decir, que se notaba bastante que por aquellas tierras había puesto su mano el hombre: setos, asfalto, urbanizaciones, alambradas, señales de tráfico…
    - ¡Qué playa tan grande! -gritó Xana con placer, y Max, dispuesto a hacerse agradable a su acompañante, quiso en un momento llegar hasta la playa, para lo que enfiló hacia ella el vehículo y pisó el acelerador a fondo.
     - ¡Qué barbaridad! -fue todo cuanto pudo quejarse doña Lola antes de que el bruco frenazo provocara que se atragantaron todos los ocupantes del vehículo.
    Pero la velocidad con que giraban las ruedas era tal que la contundencia de la frenada no fue capaz de detener el todoterreno antes de que el agua salina llegara a alcanzar casi hasta los asientos.
    - La mar está servida -se le ocurrió comentar a Max, como única disculpa a su desmán.
     Xana saltaba de alegría viendo que sin más dilación se podía entregar a dar satisfacción a sus ansias natatorias, y se despojaba con presteza de la ropas que la cubrían dejando en breves instantes su grácil cuerpo al descubierto, con la sola excepción de lo que podía tapar unas diminutas braguitas de raso color azul celeste, por lo que no pudieron reprimir un sonoro “¡oooooh!” los muchos curiosos que se habían acercado que se habían acercado a la zona de la playa donde había embarrancado el bizarro vehículo, cuyo capó sirvió de trampolín a la ágil Xana, que se zambulló vertiginosamente en las aguas.
    Los otros tres jóvenes tripulantes también se pusieron con rapidez en paños menores y siguieron a la amiga, arrojándose a las aguas oceánicas. Doña Lola, con el susto del frenazo, tardó un poco en reaccionar, y cuando consiguió recobrar la voz los muchachos ya nadaban demasiado lejos de donde se encontraba para poder escuchar los improperios que se le venían a la boba, así que pagó su ira con los mirones, que tuvieron que cotizar como precio a su malsana curiosidad el realizar sobrehumanos esfuerzos hasta conseguir sacar el embarrancado todoterreno a la arena seca, con doña Lola encaramada sobre él, dirigiendo las operaciones y los ladridos de Mimi como aditamento sonoro.
    Entre juegos, risas y bromas, los cuatro amigos volvieron a tierra al cabo de un rato, y era tanta la alegría que se arremolinaba en torno de los jóvenes que la madre de Xana se sintió impotente para reprocharles nada.
    - Pero, ¿no estaba el coche dentro del agua? -creía recordar Tuba.
    - Habrá bajado la marea con mucha rapidez -afirmo Miles con seguridad, mientras arrojaba a las piernas de la muchacha un puñado de blanca arena, lo que provocó en Tuba un acceso de risa que la hizo revolcarse por el suelo.
    Por simpatía, lo mismo que a veces estallan los explosivos, cayó también a su lado Xana, y tras de ella rodaron también por tierra sus dos acompañantes, enarenándose todos a conciencia,  lo que provocó gran regocijo entre los bañistas que no se había alejado mucho del lugar, hasta el punto que, como obedeciendo a una oculta voz de mando, decidieron todos a la vez que ya había llegado la hora de dejar de hacer el canelo tostándose al sol y contemplando inmóviles los juegos ajenos y que había que participar en la lúdica diversión del enarenamiento.
    Allí gozaban todos, allí todos se revolcaban como enajenados, allí tragaba arena todo quisque y, de alguna forma, se hermanaba con aquella madre tierra que algún lejano antepasado de todos debió de abandonar en los arcaicos tiempos en que los ácidos desoxirribonucleicos coqueteaban con una agobiante atmósfera enrarecida por el metano y recalentada por las múltiples e incesantes explosiones tormentosas que conmovían la superficie del planeta.
    Mimi y otro perro que vagabundeaba por la zona, un precioso setter irlandés de ígnea pelambrera y delicadas líneas,  se incorporaron a la marea humana que bullía entre la arena, engrandeciendo con sus locos correteos y sus alegres ladridos la euforia reinante.
    Doña Lola reía y aplaudía sin saber ni por qué ni a quién, contagiada por el festivo clima general, y sentía que segundo a segundo sus carnes se iban rejuveneciendo en años hasta alcanzar la lozanía de la adolescencia, mientras que el astro rey, ausente a todo lo que no fuera la continuación de su fusión interna  y la impasible marcha hacia el opuesto hemisferio terrestre, se iba reclinando con suavidad sobre las lejanas olas del horizonte, impregnando el azul cielo de unas tonalidades anaranjadas que apagaban progresivamente la luminosidad de la tarde.
    Alguno de los participantes en la espontánea bacanal detuvo su juego y se puso a contemplar el dorado círculo que casi comenzaba a bañarse en las aguas, y, poco a poco, se fueros los demás adhiriendo a su hieratismo, hasta que toda la concurrencia acabó por apercibirse de que les quedaba ya poco tiempo para poder despojarse del silíceo embadurnamiento que les cubría la piel, y poder secarse después del baño a la brisa salina de la playa antes de que se hiciera de noche. Y como un bloque se lanzaron sobre un océano que huía cada vez más, entretenido en consumar una bajamar que le ordenaban con obstinación los lejanos astros.

jueves, 19 de enero de 2012

Un verano en la nieve - VI

VI

    El vehículo se detuvo ante el edificio con el estruendo que era tan característico a sus paradas, y el fuerte ruido hizo salir de una garita vidriada a un hombrecillo con el típico mono azul de los mecánicos.
    -¡Vaya trasto! -comentó el del mono.
    -Sí, tengo que reconocer que es una auténtica castaña, pero le aseguro que es el mejor todoterreno en alquiler que había en la zona del puerto –dijo Max, irritado.
    - ¡Qué va, si es una maravilla! –exclamó el hombrecillo.
    - ¿Cómo? – se aturdieron los visitantes.
    - La exclamación era loatoria, yo mismo lo rehabilité y logré ponerlo en funcionamiento –explicó el mecánico-. Procedía de un desguace y nadie daba un ochavo por él y ¡ya han podido comprobar ustedes lo bien que ha subido la cuesta! –se desenlazó un pañuelo que traía al cuello y se puso a frotar con él sobre una aleta del coche, con amorosa expresión.
    - ¿Queda muy lejos la playa? –le interrogó doña Lola, haciéndole salir de su arrobamiento.
    - ¿De qué playa me habla? –preguntó a su vez el mecánico.
    - Pues, ¿de cuál se va a tratar?, de la maravillosa playa que se veía por estos lugares desde el barco –contestó Xana.
     - ¡Ah, sí! –exclamó el del mono azul dándose una palmada en la frente -, ustedes acabarán de llegar ahora mismo a la isla, ¿no?
    Cinco cabezas asintieron oscilando hacia delante, y hasta un pequeño ladrido de Mimi parecía unirse a la respuesta afirmativa.
    - Claro, eso lo explica todo, porque no existe tal playa.
    En el transcurso de la conversación habían ido descendiendo del vehículo tan poco hospitalario y fueron formando un semicírculo frente a él.
    - ¿¡Cómo!? – se admiraron.
    - No me extraña que se sorprendan ustedes, a todos los que llegan les sucede lo mismo. Yo les explicaré: ¿Han visto al venir ese grueso cable que corre a todo lo largo de la cima del acantilado?
    - Sí –afirmó Max, haciéndose portavoz de la expresión de todo el grupo -. Y, ¿qué?
    - Actúa como soporte de la playa –dijo con tranquilidad el mecánico.
    - ¿¡Cómo!? –volvieron a exclamar a coro los visitantes.
    Sintiendo la expectación que despertaba y apreciando la calidad de su auditorio, en particular de las dos bellas muchachas, creyó oportuno hacer una breve pausa mientras se volvía a anudar el grasiento pañuelo al cuello.
    - La cuestión es bien sencilla, y ustedes comprenderán enseguida el supuesto misterio.
    Nueva pausa para deleitarse en protagonizar aquel discurso.
    - En esta parte de la isla no existe ninguna playa natural, pero como es la zona por donde deben arribar los barcos que llegan a la isla, ya que su único puerto se encuentra emplazado aquí, y los viajeros vienen atraídos por la celebridad de nuestras maravillosas costas arenosas, para que en un primer momento no se desbarate su ilusión a la vista de los rocosos acantilados el concejo que lleva toda la administración de la isla decidió que se les presentara a su llegada una hermosa playa, como una cordial salutación…
    - Perdóneme que le interrumpa, pero sigo sin comprender nada –le cortó Miles, que seguía boquiabierto.
    - Enseguida lo entenderá todo, y sus acompañantes también, pasaré al fondo del asunto: La maravillosa playa que ustedes han visto y tanto les ha encantado es tan sólo una gran pintura realizada sobre un descomunal telón que estoy encargado de abrir cuando nos apercibimos de que llega un barco cargado con turistas, y de cerrar lo antes posible para que no se deteriore…
La maquinaría que hace posible que se extienda y pliegue el telón se encuentra en este edificio.
    - ¡Qué robo, qué vergüenza! –exclamó doña Lola, indignada -. Son ustedes una…
    - Perdone que la interrumpa, señora –le impidió el mecánico soltar la retalla de improperios que se le venían en tumulto a la boca -, pero aquí no hay engaño alguno, la parte opuesta de la isla se encuentra llena de playas encantadoras de las que puede gozar todo el turismo que llega, este gran escenario es tan solo un pequeño aditamento para hacer más grata su arribada a los visitantes, y lo que hay pintado en el es una perfecta copia de una de las costas arenosas de la isla.   
    - ¿Qué longitud tiene el telón? –preguntó Miles haciéndose especulaciones ingenieriles, pero sin aguardar la contestación, dándose cuenta de lo inconveniente que resultaba en aquellos momentos ponerse a constatar cifras y métodos mecánicos, continuó -, es lo mismo, ya volveré algún día a estudiar en solitario todo el artificio. ¿Cuál es el camino más corto para llegar hasta las playas autenticas?
    El hombrecillo se lo indico con presteza y amabilidad. Luego contempló con lágrimas en los ojos como se alejaba, dejando tras de si una espesa nube de polvo, el vehículo que con tanto cariño y dedicación habían reparado sus manos, sin poder conocer con precisión si su llanto estaba causado por el mucho amor que profesaba a su obra mecánica o se lo habían provocado los terrones de arena que las ruedas habían arrojado contra sus ojos cuando arrancó.
    A bordo del todoterreno los comentarios e imprecaciones eran de lo más variado, y de entre todo aquel caos de frases surgió una pregunta de boca de doña Lola que resultaba muy extraño no hubiese sido ya hecha con antelación:
    - ¿Ustedes dos van a algún lugar definido? –fue la interrogante dirigida a los muchachos.
    - Sí –contesto Miles por ambos-, nos vamos a alojar en casa de un buen amigo.
    - Es un magnifico pintor y un gran tipo –continuo informado Max-. Según nos ha comunicado por carta se ha hecho con una casa espléndida justo frente de una de las más bellas playas de la isla.
    - Su trabajo le habrá costado, aquí los buenos terrenos deben de ser carísimos –comento doña Lola.
    - No hizo demasiado esfuerzo, creo que hizo trampas –especuló Miles.
    - Sí, consiguió el terreno jugando a los naipes con cartas trucadas –aclaró Max.
    - ¿No decían que era pintor? –se sorprendió Tuba.
    - En sus ratos de ocio también ejerce de tahúr en el casino –explicó Max con sencillez.
    - Y esta segunda profesión parce que le reporta mayores beneficios que la otra. Ha pasado antes con muchos grandes artistas –continuó Miles la explicación en el mismo tono, luego, cambiando de tema, dijo -: Por cierto, como ustedes no tienen todavía alojamiento, se les podría hacer un sitio en la mansión de nuestro amigo. Diego, que tal es su nombre, pienso que se sentiría feliz de poder alojar a tan distinguidas damas en su casa.
    - De ningún modo –se opuso con saña doña Lola a la proposición que acababan de hacerles -¡Hospedarnos en el antro de un tahúr, faltaría más!
    - No tome usted prejuicios en su contra antes de conocerle. Le aseguro que es una de las personas más simpáticas y encantadoras que conozco -defendió Max a su amigo.
    - ¡Cómo serán las demás! -exclamó doña Lola.
    - Es un hombre muy culto y distinguido, pero de todos es sabido que del arte y la cultura no puede comer casi nadie. Y cuando el hambre se impone se ve obligado a hacer algún que otro malabarismo con los naipes -también acudió en su defensa Miles.
    - Yo sigo en mis trece -se reafirmó la mujer.
    - Pero, mamá, las vacaciones se han inventado para buscar aventuras -intervino Xana en el debate.
    - Hay aventuras… y ¡aventuras!, hijita.
    - Es que perderíamos la compañía de estos chicos tan amables y tan simpáticos -dijo Tuba, y al tiempo de soltarlo se arrepintió de haber abierto la boca de una forma poco conveniente, y los colores le afloraron a las mejillas una vez más.
    - Está bien, dejemos por el momento de especular sobre el incierto futuro -postergó Max la discusión -. En primer lugar iremos hasta allí, si es que esta porquería de cacharro no nos deja tirados en medio del camino, y después ya tendremos tiempo de decidir qué es lo más conveniente para el bien y la concordia de todos.
    - Todo ciudadano ha de ser bueno y benéfico para los demás -canturreó Miles.
    Xana se puso a tararear otro estribillo conocido, y al poco los cinco cantaban y reían olvidando con la alegría y la música el desagradable debate precedente, acompañados por algunos discordes ladridos de Mimi, también dispuesta a unirse al coro.

miércoles, 18 de enero de 2012

Un verano en la nieve - V

V

    Mientras se hacían estas desmedidas loas a sus espaldas, los jóvenes ya habían llegado hasta el bar y demandado bebidas frías. También pudieron enterarse del lugar en que sería posible conseguir el todoterreno que deseaban alquilar gracias a las informaciones que les dio al respecto un cliente vernáculo que vagabundeaba por los alrededores del kiosko.
    Así que en tanto que Miles regresaba con una buena provisión de refrescos hasta donde se encontraban las damas, Max se internaba por entre las estrechas callejuelas que se abrían entre el conglomerado de apelotonadas y bajas casitas que formaban la aldea solidaria al puerto con un helada botella de cerveza en la mano y hacía un alto en un tenducho de ropa para adquirir algunas prendas con las que renovar el vestuario de los amigos.


    No habían todavía terminado de apurar los refrescos el grupo que aguardaba junto  a las maletas cuando tras un monstruoso estruendo de chispas y chapas se detuvo ante ellos un desvencijado todoterreno descubierto.
    - Es lo mejor que pude conseguir –se disculpó Max desde el asiento de conducción del vehículo.
    - Pues un milagro que todavía pueda andar este cacharro, de seguro que realizó una labor encomiable en Corea –comentó Miles, y después se dirigió a las damas -: Espero que ustedes también serán de la opinión de que las vacaciones fueron inventadas para pasar incomodidades.
    No obtuvo ninguna respuesta, y lo que reflejaban los rostros de las mujeres era más bien que su opinión tenía una dirección opuesta a aquella, pero a pesar de todo les ayudaron a subir los equipajes al vehículo.
    - ¿Tienen ustedes el propósito de ir a un lugar definido? –preguntó Max, más que nada para tomarse un respiro durante el espacio de tiempo que mediara entre la pregunta y la respuesta y descansar del esfuerzo de haber izado un voluminoso maletón hasta el maltrecho todoterreno.
    - Vamos a ir a aquella playa tan bonita que vimos desde el barco –afirmó Xana con demasiada presteza.
    - Es bellísima –se extasió Tuba.
    - Sería más oportuno que antes de nada tomaramos alojamiento en algún buen hotel –detuvo sus juveniles ímpetus la madre de Xana.
    - Ya tendremos tiempo de buscar habitaciones, ¡ardo en deseos de darme un buen chapuzón! –le rebatió la hija.
    - Yo también –se adhirió a la intención Tuba -, ¡el agua tiene que estar espléndida! Ustedes ya la probaron, ¿cómo está? –preguntó a los chicos.
    - Por la ruta que hemos traído estaba sucia y pastosa –les desilusionó Max.
    - Es que hemos ido a salir cerca del colector de la aguas del poblacho del puerto… es de esperar que el resto de las aguas tengan una mejor calidad –les devolvió las esperanzas Miles, que proseguía en su labor de subir y acomodar bultos al vehículo.
    - En las guías turísticas pone que son aguas vírgenes –comentó Tuba.
    - Sobre las supuestas virginidades habría mucho que hablar –repuso doña Lola, provocando que se ruborizasen las jovencitas.
    - Bien, se acabó la tarea –anunció Miles subido en la cumbre de la montaña de los equipajes, que ya había consumado su desplazamiento desde el suelo hasta la trasera del vehículo -. Pueden acomodarse cuando deseen.
    El todoterreno, al estar tan cargado de maletas y bultos diversos, resultaba demasiado pequeño para los cinco, pero con un mucho de buena voluntad se llegó a una solución. Max se hizo con el volante y doña Lola ocupó el de copiloto, cogiendo en su regazo a Mimi, Xana ocupó una pequeña plataforma intermedia tras de la palanca del cambio de marchas, y los otros dos se adecuaron sendas plazas sobre los equipajes. El viaje no iba a ser muy cómodo, pero se pensaba que el trayecto sería corto.
    - Entonces, ¿hotel o playa?, hay que decidirse –preguntó Max al tiempo que ponía en marcha el vehículo. Tres voces que corearon: “¡playa!”, apagaron la opinión contraria de doña Lola. Dio Max un brusco volantazo y el todoterreno se apartó de la carretera que conducía al pueblo y se metió por el camino de la costa.
    El tal camino sería bueno para ser utilizado viajando sobre animales de herradura, pero para vehículos sobre ruedas resultaba harto tortuoso a causa de los múltiples baches que florecían por doquier entre la tierra aplastada, sin que hubiera visos de que alguna vez hubiera estado asfaltado.
    - ¡Qué natural es todo! –comentaba Tuba, bien asida a los flejes soportadores de una inexistente capota.
    - Demasiado natural, con tanto bote acabaré por marearme –se quejaba con razón doña Lola.
    - No se preocupe usted, que en un momento habremos llegado a la playa –la animaba Max.
    Después de ascender por una pronunciada cuesta llegaron hasta una meseta desde la que se hubiera debido vislumbrar la tan deseada playa, pero todo cuanto percibieron sus desilusionados ojos fueron abruptos acantilados que caían casi en vertical sobre un agitado mar espumoso.
    - Pues la playa tendría que estar aquí, se veía muy linda desde la borda del navío –insistía Xana.
    - Allá a lo lejos se ve una construcción moderna –descubrió Miles desde su atalaya -, lo mejor sería llegar hasta allí por si hay alguna persona que nos pueda informar…
    Max aceptó la propuesta de su amigo y el vehículo fue avanzando despacio por un estrecho sendero que corría justo al borde de los farallones. Un cable de acero, de ancho calibre, bien anclado en las rocas los iba bordeando.
    - ¿Para qué servirá ese cable tan grueso? –se interrogó Xana en voz alta, sin que nadie se atreviera a darle una respuesta razonable.

jueves, 12 de enero de 2012

Un verano en la nieve - IV

IV

    Lo que funcionaba como puerto no era apenas sino una cala un poco adecentada en sus márgenes y protegida por un largo malecón formado por grandes y prismáticos bloques de piedra.
    Una larga fila de voluntarios porteadores seguían, cargados con los pesados equipajes, a las tres mujeres. Ellas sólo llevaban sus bolsos de mano y unos maletines de extraña forma.
    En el punto final del camino que corría a lo largo del malecón dos jóvenes vestidos con empapados trajes de lino color claro hacían señas con las manos en alto a doña Lola. Se trataba de Miles y Max, los ex ocultos polizones; Miles era un robusto morenazo de rizados cabellos y azules ojos, su amigo un espigado rubiejo de piel tostada y ojos castaños. No llegaría ninguno de ellos a aparentar una edad superior a veinticinco años.
- ¿Qué forma tan rara tienen estos maletines que usan los náufragos? –comentaba Tuba.
- ¿Qué llevarán en ellos? –se preguntaba Xana en voz alta.
- Pronto saldremos de dudas –anunció doña Lola-, sus dueños deben ser aquellos dos guapos mozos que nos hacen señales con las manos. Parecen más jóvenes de lo que pensé en un principio –se afligió un momento, pero se recobró con rapidez y detuvo con autoridad a la larga caravana de porteadores-. Muchas gracias por su servicio, amables caballeros, ya pueden dejar aquí mismo los equipajes.
    - Los llevaremos hasta donde sea necesario –comentó un enquencle hombrecillo que estaba medio aplastado por el peso de una voluminosa maleta de piel que parecía se le iba a caer de un momento a otro de sus hombros.
    - Agradecemos de todo corazón su abnegación, pero todavía no hemos decidido el camino que vamos a tomar. Dejen ya los equipajes en tierra, por favor –ordenó doña Lola con una firmeza de mando militar que no dejaba lugar a la menor objeción.
    Las maletas, baúles y bolsos de viaje fueron formando una pequeña montaña ante las tres mujeres y los ladridos exaltados de Mimi, mientras que, aprovechando la duda sobre su destino final evidenciada por doña Lola, se les ofrecían proposiciones y sugerencias por doquier, que la madre de Xana rechazaba en nombre de las tres con seguridad y rotunda convicción, desbaratando los más truculentos planes que los adoradores de las muchachas habían conseguido maquinar en breves instantes, hasta que, no sin mucho batallar, se consiguió que el desaliento y la frustración cundiese entre ellos y se volvieran, cabizbajos y pesarosos, hacia el barco en busca de sus propios equipajes.
Entonces pudieron acercarse a ellas los mojados y risueños polizones.
    - Miles y Max, sus seguros y leales servidores para complacerlas en
cuanto gusten, señoras –presentó por los dos el último de los aludidos, mientras tomaba entre sus manos una de las de doña Lola y se la besaba.
    -Les aseguro que no ha sido ninguna molestia para nosotras, al contrario, nos hemos divertido mucho, ¿no es verdad, niñas? –preguntó a las chicas, y sin esperar respuesta continuó-: Ha sido una experiencia maravillosa y absolutamente desconocida y cosquilleante. Esta es mi hija, Xana, y la otra es su inseparable amiga, Tuba.
    Las chicas formaron con sus labios sendas tenues sonrisas al tiempo que los colores afloraban a sus tersas mejillas, dándoles un aspecto tan adorable que los dos muchachos se pusieron a tragar saliva sin saber que motivaba la excitación de sus glándulas.
    - Yo me llamó Lola, y la perrita es Mimi –terminó con las presentaciones la señora.
    Después de un breve lapso que aprovecharon los amigos para desatar el nudo que se les había formado en la garganta, inclinando sus respectivas cabezas, dijeron a dúo:
    - Encantados de conocerlas.
    - Su hija y su la amiga son dos jovencitas preciosas –siguió Max, más por constatar un hecho evidente que por resultar agradable.
    - Y usted es toda una real hembra –prosiguió Miles, por no dejarla descolgada de los halagos y porque también era verdad que la buena señora era una mujer bandera.
    - Si es que esta es la hora de piropear habrá que reconocer que ustedes dos no están nada mal –contestó doña Lola a los galanteos por las tres -, aunque en estos momentos estén tan mojados como sopones. Lo que deberían hacer sin perder más tiempo es cambiarse las ropas y dejarse de tantas cortesías. ¡Van a pillar un resfriado de cuidado!
    - Estamos muy acostumbrados al agua, y con este espléndido sol que luce en el firmamento no tardaremos mucho en secarnos. No tiene por qué preocuparse por nuestro estado, lo importante era que no se mojaran los maletines –explicó Miles.
    - ¿Qué contienen? –se atrevió a preguntar Xana-, y perdonen mi curiosidad, pero ¡tienen una forma tan extraña!
    - La curiosidad es buena, y es la base de la ciencia –afirmó Max.
    - Sin curiosidad no habría investigación, y sin investigación sería imposible el progreso –remachó Miles.
    - Sus respectivas disertaciones son muy lógicas, y evidencian su magnífica predisposición hacia los temas del conocimiento, pero la cuestión era… -intervino Tuba, que temía que con la palabrería se quedaran sin conocer el contenido de los dichosos maletines.
    - Una trompeta y un saxo –la cortó Max, haciéndole ver lo infundado de sus temores.
    - Un saxo tenor –especificó Miles.
    - ¡Ah!, entonces son ustedes músicos –afirmó doña Lola.
    - No exactamente –negó Miles, y luego explicó-: Somos ingenieros, Max está especializado en la construcción y yo en la rama industrial, pero somos muy aficionados a la música de jazz…
    - ¡¿Quién lo hubiera podido intuir?! –exclamó doña Lola.
    - ¿Qué nos gustaba el jazz? –preguntó Max.
    - No, que los pobres polizones eran dos ingenieros –rió doña Lola.
    Las dos chicas acompañaron a la madre de Xana en las risas provocando que los muchachos se quedaran muy cortados.
    - Tampoco creo que sea tan cómico ser ingeniero –comentó Miles.
    - No, si consideramos que son profesiones serias y respetables –aclaró doña Lola mientras se secaba las lágrimas que le habían producido la fuerte risa-. Les ruego que perdonen nuestra hilaridad, pero ha sido que, ustedes se harán cargo, la comparación entre su profesión, sus aficiones musicales y el lamentable aspecto que presentan en estos momentos, nos ha producido un choque tan fuerte que ha sido tan irreprimible como falto de sentido el que estalláramos en carcajadas.
    - No hay nada que disculpar –intervino Miles-, además tienen ustedes unas risas encantadoras, en particular me fascina la de Tuba, se le producen unos hoyuelos en las mejillas tan graciosas cuando ríe que rompen con todos los esquemas establecidos.
    La aludida se ruborizó hasta las sienes y Xana, envidiosa del éxito que había obtenido la amiga, no tuvo más remedio que entrar en la conversación.
    - Hay que recocer que nos ha atacado una risa muy tonta. Mi padre también en ingeniero, arquitecto, para precisar, y también tiene aparte de su trabajo algunas aficiones bastante extrañas.
    - Sí –explicó la madre-, mi marido se dedica en sus ratos libres a fabricar unas raras esculturas con hojalatas y alambres pintados, con unos colores de los más chillones que se pueda uno imaginar, con lo que le resultan unas construcciones de lo más extravagantes, aparte de emplear la mayor parte del tiempo en las damas, que son su afición favorita y su auténtica vocación…
    - Y, ¿el ajedrez no le interesa? –preguntó Max con ingenuidad.
    - Mi madre se refiere a las damas con faldas –le aclaró Xana.
    - O con pantalones ceñidos, que tanto le da –puntualizó la madre.
    - ¡Ah!, pues no sé cómo serán los edificios que diseñe. Pero desde luego es de justicia reconocer que en la figura de su hija ha legado a la Humanidad una obra maestra –galanteó Max.
    - También colaboré lo mío –intervino la madre.
    - Lo cual le debe de ser agradecido eternamente –la obsequio Max.
    Xana no sabía ni qué hacer ni hacia dónde mirar con tanto halago como estaba provocando su persona, y la madre se había ensanchado tanto con los piropos que le dirigían a su niña que casi alcanzó el doble de su diámetro habitual, que ya de por sí no era pequeño.
    Entre tanto, un enjambre de miradas, guiños y reviramientos de iris iban formando un panel poliédrico entre los rostros de Tuba y de Miles, que llegaba a cubrir todo el espacio existente entre los dos jóvenes, inequívoco indicio de que alguna especie de profundo afecto había nacido entre ambos. Y, con la paralela maraña luminosa que comenzó a forjarse entre Xana y Max, acabaron por dejar encerrada en un angosto espacio a doña Lola, que no pudo por menos que sentir un repentino sofoco y una gran sed.
    - ¡Qué calor hace!, con qué gusto me bebería ahora un refresco –comentó mientras cogía a Mimi en brazos para sentir alguna compañía.
    Y a la mera alusión de la señora, Max y Miles, como impelidos por un potente resorte, rompieron la tela de las miradas y salieron corriendo hacia un chiringuito cercano mientras gritaban al alejarse:
    - ¡Vamos a buscar bebidas, disculpen un momento! –clamaba Max.
    - ¡De paso buscaremos un vehículo para poder desplazarnos por la isla! –voceaba Miles.
    Las tres mujeres, que continuaban detenidas ante la montaña de los equipajes, aprovecharon la oportunidad para hacer comentarios sobre los muchachos.
    - ¡Qué guapos que son! –exclamó Tuba con un suspiro.
    - Y. ¡qué fuertes! –admiraba Xana.
    - Y, ¡qué amables! –cerró la tanda de loas doña Lola.
    - ¿Cómo no nos avisaste en el barco que eran unos tipos tan maravillosos? –le reprochó la hija.
    - Ya os dije que sólo les conocía de voz y por una actitud cariñosa que… –se retractó al instante-, bueno, sólo por la voz. ¿Quién iba a saber?
    - Son aguerridos y soñadores – suspiraba Xana.
    - Son artísticos y valerosos – suspiraba Tuba.

miércoles, 11 de enero de 2012

Un verano en la nieve - III

III

    Doña Lola regresó junto a la chicas empleando el aplastamoscas a tope, pues la maraña de miradas había formado todo un frondoso jardín a su alrededor. Llegó hasta ellas fatigada de tanto palmetazo a diestro y siniestro, pero feliz y entusiasmada con la aventura que inopinadamente se les había planteado.


    -¡Ay, niñas, qué cosas pasan en estos viajes!
   -¿Qué hacías tanto rato junto a la barca, mamá, hasta parecía que hablabas sola?
    -Callad, callad y disimulad. ¡Uy, qué cerca está ya la costa! –soltó a Mimi, que como un rayo salió corriendo a olisquear la barcaza, y se acodó sobre la barandilla entre las dos jóvenes, que la miraban expectantes y sorprendidas de tanto misterio como le estaba dando al asunto, luego musitó en un tono tan bajo y secreto que rayaba lo ridículo -.No os asustéis… pero en la barca que husmea Mimi hay escondidos dos polizones…
    - ¡Qué horror! –se asustó Tuba.
    - Calla, mema –le increpó doña Lola, que continúo con tono amenazador -: si os vais a poner histéricas me callo. ¡Jesús, qué juventud!. No hay por qué asustarse, son buena gente…
    - ¿Cómo lo sabes, mamá?
    - Conversé con ellos, no hablaba yo sola, todavía no estoy gagá…
Son dos jóvenes encantadores, náufragos y desvalidos –inventó doña Lola, que no carecía de un cierto espíritu romántico -, y me han rogado que les ayudemos.
    - Lo mejor sería que informásemos de todo al señor capitán, quien sabe si no son piratas dispuestos a adueñarse de la nave – sugirió Tuba, que también había leído más de una novela de aventuras, y, como si hubiera sido llamado con urgencia, el mencionado capitán se presento ante las tres mujeres de improviso.
    - Perdón, respetables señoras –comenzó con mucha educación y adoptando unas posturas sumamente encaradas y atávicas que concordaban a la perfección con el ridículo y obsoleto traje que vestía -, ¿si tienen ustedes el mínimo problema…?, ya saben que siempre me encuentro a su entera disposición…
    - ¡¿Quién le ha dado a usted vela en este entierro?! –se encaró con él, disgustada por la irrupción del capitoste, doña Lola.
    - Yo, yo… creí haber escuchado…, pensé… -balbució asustado el marino.
    - Pero, ¿Cómo va a poder escuchar nada si lleva su mugrienta gorra calada hasta las sienes? –prosiguió su acervo ataque la señora.
    - ¡Como te pones, mamá! –intervino Xana.
    - Es que hay algunas personas que me enervan, en particular algunos metomentodo que…
    - El señor capitán es una persona muy amable –sonrió Tuba al pobre hombre.
    - Gracias, señorita –susurró el capitán, rojo de vergüenza y tratando de ocultar la gorra de mando que se acababa de quitar tras de su corpulento corpachón.
    - Pero, bueno, es que no se da usted cuenta de que aquí está estorbando –le remató doña Lola.
    - Sí, sí…, ya me iba, señoras, les ruego sepan disculpar mi imperdonable e inoportuna intromisión… -y algunas risas sardónicas y crueles procedentes de la mala intención envidiosa de los pasajeros que observaban la escena apagaron con su coro el final de la despedida, rematada por unos ladridos de Mimi que también quiso participar en el evento.
    - ¡Vaya tío pelma! – continuaba irritada doña Lola -. La culpa es toda vuestra, criaturas, que sabéis poneros en el lugar que os corresponde. Si no fuera porque me tenéis a mí a vuestro lado ya se habrían echado encima de vosotras toda esa colección de golosos moscardones que os observan como si sólo fuerais un rico pastel aderezado expresamente para sus feos dientes de asnos…
     - Bueno, mamá, vale ya, que tampoco es para tanto…
    - Le va a dar a usted un sofoco, doña Lola.
    La airada señora se volvió a recostar en la barandilla y su rostro recobro la calma de forma instantánea. De nuevo hablaba en el tono secreto precedente al altercado.
    - ¡Ah!, tontas. Todo el enfado ha sido tan solo una añagaza fabricada para disimular nuestras intenciones. Prosigo las explicaciones: cuando estemos más cerca de la costa tenemos que avisar a esos indefensos polizones para que se lancen por la borda sin que nadie les vea y puedan alcanzar la isla nadando…
    - ¡Pobrecitos! –se apiado Tuba.
    - ¿Son jóvenes? –interrogo Xana, para quien su filosofía de valores atribuía una importancia definitiva a la edad, pues se había fabricado una campana gaussiana particular sobre la bondad de las personas y acostumbraba con frecuencia a dejar que sus inclinaciones y aversiones dependieran de la ubicación de los diversos individuos que las provocaban dentro de sus esquemas matemáticos establecidos.
    - Si lo parecen por su voz, ya que permanecen ocultos bajo la lona y es lo único que se puede percibir de ellos. También parecen cariñosos…
    - ¿Por su voz? –volvió a preguntar Xana.
    - ¡Ay, hija!, tampoco hay necesidad de que se especifiquen demasiado las cosas… -se sonrojo la madre, pero enseguida volvió al tema práctico -: Luego recogeremos sus equipajes, que dejaran dentro de la barcaza, y los bajaremos mezclados con los nuestros para que no levantes sospechas.
    - Pero, si ni siquiera vamos a poder con todos los bultos que hemos traído nosotras –se quejaba Tuba.
    - No habrá por qué preocuparse, eso no constituirá ningún problema, ya veréis como se nos ofrecen un montón de espontáneos ayudantes –le sosegó doña Lola-. Sois el centro de atención de todos los varones que viajan en la nave y los hombres saben ser muy galantes cuando consideran que pueden sacar alguna tajada que les compense del esfuerzo realizado.
    - Esa expectación puede causarnos una grave complicación, si nos acercamos a avisar a esos náufragos escondidos con tantas miradas clavadas en nuestros movimientos llamaremos la atención sobre esos pobres muchachos.
    - ¡Aah! –exclamó sonriente doña Lola dando signos evidentes de conocer la solución satisfactoria a dicha cuestión y de sentirse orgullosa de que se le hubiese presentado la ocasión de poder exponerla -: Precisamente eso nos favorecerá en nuestros propósitos. Vosotras, cuando llegue el momento crucial, os iréis dando un lento paseo hasta la proa del navío, con esos andares felinos, seductores e indolentes, que os son innatos, y cuando todas las miradas comienzan a bailar al ritmo que vayan marcando vuestras caderas yo aprovecho la oportunidad y aviso a los polizones.
    - ¡Que lista eres, mamá! –se extasió Xana ante el lúcido maquiavelismo de su progenitora.
    - Está usted en todo –no pudo por menos que alabar Tuba a la truculenta señora.
   

lunes, 9 de enero de 2012

Un verano en la nieve - II

II

    Por su parte, Xana y Tuba y su inseparable Lola, por no ser menos que los demás, también cambiaron de posición y dieron sus grititos de rigor, ubicándose tras esta acción junto a una de las barcas de salvamento que se encontrada cerca de su posición inicial.
    Bajo la lona verde que cubría dicha barcaza dos seres humanos ocultos se estremecían de temor.
    -¡Nos han descubierto! –exclamó Miles.
    -¡Seremos pasto de los tiburones! –se inquietó Max.
    -¿Hay marrajos por esta zona? –preguntó Miles.
    -Que yo sepa no? –reconoció Max.
    -¿Entonces? –le recriminó Miles.
    - Estas gentes de las multinacionales son capaces de llevarlos enjaulados en las bodegas de sus navíos para achuchárselos a cualquier polizón que les pretenda chulear –explicó Max, dando una entonación convincente a sus palabras.
    -¡Vaya gentuza! –exclamó Miles lleno de indignación, y continuó con acento pesaroso -: ¡Mira que terminar nuestras vidas siendo pasto de animaluchos cartilagobránqueos!
    - Uno nunca sabe donde va a tener su fin, pero también sería mala suerte acabar nuestras vidas convertidos en proteína piscícola, siempre había soñado que mis restos darían esplendor a un campo de girasoles –confesaba Max.
    - Es raro que no hayan descorrido todavía la lona –se esperanzaba Miles -, tal vez todo sea una falsa alarma.
    - Quizá hayan descubierto a otros polizones, y cuando acaben con ellos proseguirán la investigación –le desesperanzaba su compinche -, ahora estarán disfrutando con el espectáculo de nuestros compañeros de destino.
    - Tampoco hay por qué ser tan pesimistas. Lo mejor sería tratar de investigar que está sucediendo por ahí afuera y dejar de hacer cábalas – razonó Miles.
    - Voy a investigar –aceptó Max, y sacó una mano fuera de la lona, y la casualidad hizo que fuera aplantarse en todo el trasero de doña Lola, que no percibió la maniobra pues se encontraba totalmente extasiada con la desaparición del globo en el celeste espacio, pues cuando llegó a alcanzar una cierta altura, y ser cada vez menor la presión exterior, se hizo añicos dejando pasmado a todo el personal.

    - Alguna novedad? –preguntó Miles.
   - Palpo carne insensible –contestó Max -, buscaré alguna región más apropiada.
    Doña Lola comenzó a sentirse alagada. “Tal vez sea el capitán”, pensaba la mujer con ilusión. “Un hombre con tanta experiencia, como la que debe de tener él, no puede contentarse con cortejar a unas mocosas, por muy apetecible que parezca a primera vista. ¡Pero que pícaro, si me está haciendo cosquillas en el mismo…!”.
   - ¡Un respeto, caballero! –se volvió tan airada como coqueta, y se quedó muy cortada y sorprendida al ver ante sí tan sólo un brazo que salía de entre la verde lona-, ¡ooohoooo! –exclamó asustada.
   - Perdone, señora –musitó una voz al tiempo que se escondía con rapidez el brazo debajo de la lona -, no llame usted la atención, `por favor! –suplicó.
   -  Pero… -dijo ella aturdida todavía.
Unos bellos y temerosos ojos la suplicaban desde la entreabierta lona.
   - Es usted un atrevido –reaccionó ella al fin, pero sin acritud, aún complacida por las caricias precedentes.
   -  Le vuelvo a rogar que me disculpe, señora, ¿a quién han descubierto?
   - A nadie – dijo ella, y dándose cuenta de la estrambótica situación soltó una clara y fresca carcajada que mostró la blancura de sus dientes.
   -  ¿Con quién hablas, mamá?
   - Con nadie, niña, son cosas mías –y doña Lola se sintió confundida, y reaccionó con autoridad-. ¡Volved a la barandilla y dejadme en paz! ¡Ay, qué niñas! – termino por reír.
   Mimi olisqueaba la barcaza y su dueña lo cogió en brazos y calmó su instinto a ponerse a ladrar apretándola contra su exuberante pecho.
    - ¿Qué pasa? –preguntó Tuba a su amiga, extrañada de la conversación.
    - ¿Qué pasa?  -preguntó Miles a su amigo bajo la lona, con temor.
    - Nada, calla y estate quieto –le contuvo Max.
    - Nada, calla y muévete –le excitó Xana -.Deben ser chaladuras que dan cuando se llega a cierta edad –iba explicando a su amiga mientras pasándole un brazo sobre los hombros de vuelta hasta la barandilla donde estaban antes.
    - Gracias, señora, ha sido muy amable no poniéndose a gritar –reconoció Max.
   -  Y, ¿qué hacen hay adentro? –interrogó doña Lola, que había percibido una segunda voz debajo de la lona.
   -    Somos amigos y viajamos de polizones escondidos aquí dentro. No es muy cómodo, ¿sabe? –explicó Max.
   -    Lo imagino, ¿son ustedes muchos? –preguntó la dama.
   -    Tan sólo dos, le aseguro que somos buena gente, ya le explicaré si hay ocasión.
   -    ¿No tienen dinero para el pasaje?
   -    Sí, tenemos más dinero que el que necesitamos…
   -    ¿Entonces?
   -    Precisamente por eso lo tenemos –aclaró Max-, si nos lo gastáramos en cosas innecesarias y baladíes, como son estos viajes turísticos, dejaríamos de tenerlo y no podríamos emplearlo en cuestiones más importantes, el dinero se va como el humo…
    -    Ja,ja,ja –rió doña Lola de buena gana.
   -    No levante usted la voz, por favor, que acabarán por descubrirnos –suplicó Max.
    -    No hay nada que temer por ese lado, toda la gente de la cubierta están bastante atareados contemplando embelesados a mi hija y a su amiga.
    -    ¿Estaría usted dispuesta a echarnos una mano?
    -    Usted no ha dudado en echarmela a mí…
    -    De nuevo le ruego que me perdone…
    -    No hay nada que disculpar, me hago cargo de las circunstancias…
Además este tipo de aventura me distraerá de un viaje que ya empieza a ser un poco aburrido, ¿qué puedo hacer por vosotros?
    - Está lejos la costa? –preguntó a su vez Max.
    -    Según mi apreciación como a unos tres kilómetros, pero no soy muy buena para este tipo de cuestiones…
    -    Si usted fuera tan amable de avisarnos cuando sólo quedaran uns quinientos metros..
    -    ¿Para qué?
    -    Entonces nos tiraremos por la borda y llegaremos con facilidad hasta la costa, somos buenos nadadores y parece que el mar está en calma.
    -    Será muy peligroso, ¿no temen por sus vidas?
    -    Estamos acostumbrados, no es la primera vez…
    -    Está bien, les avisaré –accedió doña Lola.
    -    Muchas gracias, señora. Pero…aún queda un último favor…
    -    Llevamos también los equipajes, no representan mucho bulto, pero hay cosas delicadas que no convendría que se mojasen, ¿sería usted tan amable de procurar que llegaran a puerto en buen estado?
    -    Si no pesan mucho, no olvide que somos débiles mujeres…
    -    Otra vez gracias, bonita la perra, por cierto –le interrumpió Max.
    -    Se llama Mimi –dijo Doña Lola mientras los ojos de Max desaparecían bajo la lona.
    Y la perrilla se puso a ladrar al escuchar su nombre.

UN VERANO EN LA NIEVE - I

I

    La nave se deslizaba sobre una balsa de aceite teñido de azul ultramar purísimo, que estaba festoneado por un encaje de puntillas de hilo blanco que semejaban el revoloteo de la espuma oceánica. Acodadas sobre el tubo de acero que remataba la barandilla de estribor dos jóvenes pasajeras, Xana y Tuba, contemplaban el nítido cielo cobalto claro sobre el que se recortaba la accidentada silueta de la cercana isla. Ambas eran veinteañeras, amigas, saludables y preciosas; a la mencionada en primer lugar la embellecían el óvalo del rostro las ondulaciones de sus largos cabellos castaños y unos grandes ojos del mismo tono de color, la cara de la otra, enmarcada por una abundante melena de rizado ébano, estaba engalanada con unos transparentes iris que semejaban brillantes turmalinas bajo los resplandores del joven sol de la mañana. La nariz de Xana era apenas un bomboncito respingón mientras que sus labios eran rojos y carnosos, en contraste con los de su amiga que eran finos y estilizados en perfecta concordancia con su recta nariz de estatua griega.

      Ellas miraban con ojos soñadores hacia el azul firmamento, y el resto del pasaje y la tripulación toda se entretenían en contemplar a las muchachas, al considerar que ellas constituían una descendida parte de aquel bastante más asequible y abordable, al menos en apariencia. Doña Lola, cuarentona y pelirroja teñida, señora madre de Xana, provista de un aplastamoscas de rejilla, plano y flexible, se divertía aventando con el artilugio aquellas miradas que se aproximaban a las aterciopeladas pieles de la hija y de la amiga de ésta más de lo debido, según unos criterios topológicos establecidos por ella, mientras sujetaba con el otro brazo contra sus abundantes pechos a una preciosa caniche blanca de nombre Mimi.
     - Mira, mamá, que playa tan hermosa –cantaba Xana con su voz cristalina, señalando son el índice hacia la costa cercana-. ¡Qué bien vamos a tomar el sol tendidas sobre sus blancas arenas!
     - Parece como si fuera irreal, comentó la madre.
     - Parece un sueño –afirmaba Tuba emocionada ante la cercana perspectiva de pasearse por aquella arena tan límpida y blanca.
     - En cuanto desembarquemos nos dirigiremos hacia allá –proponía Xana, con entusiasmo-. ¡cuánto deseo darme un buen baño en el mar después de varios días en el barco!
     - Primero deberemos comprobar que no hay bolitas de petróleo en la arena ni el agua, que luego se te pone el cabello pegajoso y hecho un auténtico asco –apuntó la prudente madre sin dejar de utilizar el aplastamoscas, y unos breves ladridos de Mimi remarcaron sus palabras.
      - ¡Cómo eres, mamá!, siempre hablando de cuestiones enojosas.
   - Es que eres tan despreocupada como guapa, cariño, ¡déjame que te abrace! –se exaltó doña Lola en un arrebato de amor maternal soltando a la perrilla y dirigiéndose hacia la muchacha.
    - ¡Qué madre tan empalagosa tengo! –refunfuñaba Xana dejándose abrazar y besuquear por la madre ante la mirada envidiosa de la embarcación toda, y en particular del barbudo capitán de la nave, que olvidando la seriedad que le atribuía su cargo, osó comentar en voz alta:
     - ¡Ay, quién fuera madre!
    Y tras de pronunciarlo, al apercibirse de lo inconveniente que había sido hacer público su loco deseo, sufrió un raudo y progresivo arrebolamiento en sus curtidas mejillas rodeadas por hirsutos y ensortijados vellos brunos, hasta que alcanzaron una fuerte intensidad de un carmesí tan subido de tono como la que poseía el bello globito con el que jugueteaba un tierno infante de dorados cabellos por la cubierta de popa.
    El lacito de fino hilo que unía el bamboleante y frágil aerostato con el índice de la mano derecha del chaval se deslió en aquel preciso momento, y el fuerte y convulso alarido que voceó el niño al ver como ascendía con rapidez su oxigenado juguete hacia el azul infinito, sin poder hacer cosa alguna por retenerlo junto a si, provocó que las obsesas miradas variaran su lugar de destino y recayeran sobre la diminuta figura del infante.
    Se produjo el pequeño y tumultuoso caos de alienados movimientos que suele acompañar a sucesos de esta índole: unos se dirigían hacia el chaval, otros trepaban por la antena y la chimenea del barco en un intento de alcanzar el rojo e inaccesible globo, los más se rascaban la cabeza dando muestras evidentes de impotencia o daban pasos tontos hacia ninguna parte, que por esas cosas del azar en la mayoría de los casos en posiciones más próximas a la que ocupaban las dos bellas muchachas acodadas en la borda, y a todo movimiento le prestaba apoyo el consiguiente acompañamiento de alguna exclamación gutural sin sentido y de necia entonación.